Un boomerang ya vuela en el aire. Le podemos llamar el impeachment demócrata, y ha sido arrojado contra el presidente Donald Trump. La pregunta es si podrá impactar en su objetivo, porque de lo contrario no será difícil suponer lo que pueda ocurrir: el boomerang, inevitablemente, regresará a donde fue lanzado, y entonces…

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El origen de esta historia, cómo casi siempre sucede en cuestiones de alta política, ya sabemos, salió de los labios de un “soplón”. Este desconocido (agente de la CIA, según The New York Times), tuvo acceso a la conversación, aunque no fue testigo directo, e hizo la denuncia anónima a sus superiores el pasado 12 de agosto. Ahora que ya está abierta la caja de Pandora, y destilando riesgo hacia todos lados, solo esperemos que la anarquía no llegue a dispersarse de manera incontrolable.

Se ha dicho de todo sobre lo que ocurrió… que si el Presidente actuó de forma ilegal y arrogante presionando al mandatario ucraniano para que investigara por corrupción a su posible adversario en las elecciones presidenciales, el exvicepresidente Biden; que si la Casa Blanca trató de tapar la llamada entre Trump y Zelenski, que si Biden realmente andaba en malos pasos, que si Trump actúa de esa manera porque Mitch McConnell se lo permite, que si esta es la oportunidad que estaba esperando Nancy Pelosi para hacer caer al gobernante… etc., etc.

Se tensa la cuerda

Lo cierto es que demócratas y republicanos vuelven otra vez a tensar la cuerda del caos político en la Casa Blanca. Pero en estos tiempos que corren no nos extrañe nada, la campaña primaria para las presidenciales de 2020 está muy cerca… ¿alguien dijo caos político?

De acuerdo con el analista republicano Frank Rodríguez, en declaraciones exclusivas para DIARIO LAS AMERICAS, “los demócratas llevaban un proceso de buscar alguna pifia, para poder impugnarlo y sacarlo del poder (al presidente Trump)”. Rodríguez considera que “a pesar de que habrá elecciones el año que viene, no tiene ninguna lógica tratar de sacar al Presidente, si en un año, nosotros los electores, lo pudiéramos sacar. Esto es una continuación del hostigamiento que nunca ha cesado”, puntualiza.

Por su parte, Daniel Álvarez, del Centro de Estudios Islámicos de la Universidad Internacional de la Florida y analista político demócrata, comentó a este medio que no se puede anticipar nada todavía. “Vamos a ser cautelosos. Hay que establecer los hechos, tanto en lo que concierne a Biden, como verificar la alegación del Presidente, que es una acusación muy fuerte, y averiguar qué fue lo que pasó en esa conversación, y si hubo un quid pro quo”.

En este punto Álvarez insiste en que el quid pro quo (locución latina que significa algo a cambio de algo o una cosa por la otra) es la cuestión clave: “Si el Presidente usó su poder, si eso fue parte de esa conversación con el mandatario de Ucrania, me parece que (Trump) estaría en aguas calientes”.

Sin embargo, el resultado final de un proceso de este tipo de juicio político puede ser, no solo engorroso, lento o complejo, sino también muy impredecible.

“Hay dos pasos -explicó Rodríguez-, uno es la acusación. Si la mayoría de la Cámara Baja vota (para acusar formalmente al presidente), se lleva al Senado”. En este caso Rodríguez piensa que no existe una mínima probabilidad de que Donald Trump pueda ser condenado si se considera que los esfuerzos por destituirlo son abiertamente partidistas.

Eso sucedió con el juicio al expresidente Bill Clinton a finales de 1998. “Clinton fue acusado y después el Senado no pudo condenarlo. Más o menos se repetiría esa situación”, anticipó.

Álvarez en cambio estima que la presidenta de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, siempre se ha mostrado muy prudente con impulsar este tipo de movida. “Ella se da cuenta del riesgo político, si de momento se hace una investigación y no hay resultado”, señaló Daniel. Y si luego el Senado, en manos republicanas, opta por no declararlo culpable.

“Así que, en ese sentido, podría ser una victoria tremenda para el Presidente en el 2020, y el precio político que pagarían los demócratas sería muy costoso”, añadió.

Todos menos uno

De todos los juicios políticos encauzados contra presidentes de Estados Unidos, solo el efectuado contra Richard Nixon a fines de julio de 1974 tenía perspectivas de éxito. Se le impugnaron acusaciones por obstrucción de la justicia, abuso de poder y desacato al Congreso por los eventos relacionados con el escándalo Watergate. Empero, nunca se pudo conocer el veredicto final, Nixon renunció antes y con ello evitó que su nombre apareciera como el del primer mandatario estadounidense en ser removido de su cargo por impeachment.

Los otros dos casos fueron el del presidente Andrew Johnson, quien había asumido el cargo en 1865 tras la muerte de Abraham Lincoln. Su proceso se llevó a cabo en 1868, apenas una semana y media después de que destituyera a su secretario de Guerra, Edwin M. Stanton, con quien guardaba serias divergencias en cuanto a sus políticas republicanas radicales. El juicio comenzó el 13 de marzo y se prolongó hasta el 16 de mayo, pero Johnson logró salvarse apenas por un voto.

El último y más reciente intento de destitución de un presidente fue el de Bill Clinton en 1998, quien fue llevado a la picota pública por perjurio y obstrucción de la justicia, tras mentir en cuanto al tipo de relación que sostuvo con la pasante Mónica Lewinsky. La Cámara de Representante aprobó la acusación y ordenó la apertura del proceso en el mes de diciembre. Sin embargo, los republicanos solo pudieron conseguir 50 votos de 67 necesarios. Bill Clinton quedó absuelto por el Senado el 12 de febrero de 1999.

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