Ya ochentona, Phyllis Antonetz se mudó a otro estado y empezó a trabajar como voluntaria en una escuela. A los 90 seguía viviendo sola, tomaba varias clases y salía bastante. Pasados los 100, era la reina de una residencia de ancianos, siempre atildada y contando historias.

Sus nietos la proclamaron “La más grande de todos los tiempos” y decían que no moriría jamás. Era una fuerza de la naturaleza que vivió tanto que experimentó dos grandes pandemias separadas por un siglo.

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Antonetz vivió los tiempos de la pandemia de gripe de 1918 y de la depresión de la década de 1930, pero no sobrevivió la segunda pandemia, la del COVID-19.

“A mami le encantaba contar la historia de su vida”, dice su hija menor Alexa Mullady. “Se sentía bendecida”.

Nació en Nueva York durante la Primera Guerra Mundial, hija de inmigrantes italianos. Se llamaba Phyllis Pirro y se crió en la Pequeña Italia. Sus padres no tenían una educación formal y querían que sus hijos estudiasen y llevasen otra vida.

“La universidad era el sueño americano” de sus padres, cuenta la hija mayor, Ria Battaglia.

Ella estudió en la Universidad de Nueva York e hizo carrera en Macy’s, donde llegó a ser coordinadora de eventos especiales, incluido el famoso Desfile del Día de Acción de Gracias. Battaglia cree que allí conoció a un gerente de operaciones llamado Alexander Antonetz.

Iniciaron un romance y se pasaban notas amorosas en la tienda de la Herald Square. Se casaron en la Catedral de San Pedro, ella con un vestido de encaje cosido a mano de Alencon. La recepción fue en el Waldorf-Astoria.

Cuando llegaron los hijos, ella se dedicó a su hogar y dio prioridad a la educación de sus vástagos.

Anotaba pensamientos y datos interesantes en cuadernos y en tarjetas y se emocionaba con algunas lecturas, con la forma en que el escritor construía una oración o usaba aliteraciones.

Tenía muchos libros de artistas famosos y devoraba biografías. Cuando sus hijas le hacían preguntas, las llevaba a la biblioteca o les pedía que escribiesen a un diario. Todos los días aprendían la capital de un estado o de algún país europeo.

“Mami siempre estaba enseñándonos algo”, dice Mullady.

A los 55 años obtuvo una maestría en educación y empezó a enseñar en escuelas primarias de Long Island. Battaglia dice que a su padre le costó aceptar que ella ya no quisiese ser un ama de casa. Pero cuando se graduó, le regaló un portafolio y a ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

“No tienes idea de lo que esto significa para mí”, le dijo, aludiendo al hecho de que él aceptaba su decisión.

Sus alumnos la adoraban y décadas después le llegaba de vez en cuando una invitación a la boda de un estudiante que todavía recordaba las lecciones que le había dado en primer grado.

Cuando su esposo falleció, ella siguió adelante. Tomó clases de todo, desde genealogía hasta idiomas y jamás perdió la chispa. Mullady recuerda que una vez vio un libro en italiano en la casa de su madre y se enteró de que era de una clase que estaba tomando en un centro para personas de la tercera edad.

“¿Saben que hablas bien italiano?”, le preguntó.

“No necesitan saberlo”, le respondió ella.

Pasó sus últimos años en una residencia de ancianos en Fairfield, Connecticut. Rezaba y disfrutaba las visitas de sus nietos y biznietos. Lucía pantalones y blusas de seda que hacían que pareciese mucho más joven de lo que era.

Falleció el 17 de abril por el coronavirus, a los 103 años de edad.

Su familia dice que vivió una vida plena. De niña fue testigo de la pandemia de gripe de 1918 y de la depresión de la década de 1930.Luego fue enfermera voluntaria durante la Segunda Guerra Mundial y vio el funeral de John F. Kennedy desde un salón a oscuras. Por sobre todo, recuerdan las enseñanzas que les dejó.

“Nunca dejó de aprender”, dice Battaglia.

FUENTE: AP

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