Según se han extendido las protestas promovidas por el movimiento Black Lives Matter, estatuas de Cristóbal Colón han sido derribadas, decapitadas y mancilladas en numerosas ciudades del país. Efigies de representantes de la presencia española también fueron atacadas: los exploradores y conquistadores Juan Ponce de León y Juan de Oñate; el misionero y defensor de los indios Fray Junípero Serra. Incluso el busto de Miguel de Cervantes y Saavedra, autor de El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, símbolo de la cultura española y gloria universal de las letras.

Tales hechos han coincidido con agresiones contra representaciones de Padres Fundadores —George Washington, Thomas Jefferson—; del más venerado presidente, Abraham Lincoln; de destacados militares —el jefe del Ejército Confederado, general Robert E. Lee, Williams Carter Wickham y, paradójicamente, de sus adversarios: el jefe del Ejército de la Unión, general Robert Ulysses Grant, David Farragut— e incluso de abolicionistas como Matthias Baldwin o el autor del himno nacional Francis Scott Key.

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Muchos se han preguntado qué puede ligar a españoles, políticos y militares para que se junten en el lodazal del escarnio.

Hugo Cerón-Anaya,

profesor de Sociología y Antropología de la Universidad de Leigh, Pensilvania, interpreta la ola de descontento como expresión del creciente poder de las minorías y signo de un cambio generacional. “Las nuevas generaciones y esas minorías —apunta— no protestan contra el legado iberoamericano o España, protestan contra lo que perciben como símbolos de la blancura o de ser blanco” (subrayado por mí).

He ahí, a mi juicio, la razón que los emparenta y que podría extenderse a todo el legado de la cultura occidental. No en balde el periodista y activista por la justicia social, Shaun King, llamaba a echar abajo las imágenes del Jesús “blanco europeo” en tanto manifestación de la “supremacía blanca”.

Hay una perfecta combinación de, por un lado, protestas pacíficas y declaraciones de activistas, académicos y estudiantes progres que abogan por la “desacralización” y “rectificación de la historia” y, por otro, las acciones de la turbamulta contra la propiedad y los monumentos públicos.

Ese desenfreno destructivo no es nuevo: ya en el 2017 se produjeron actos con idéntico fin, sobre los cuales escribí una serie de tres artículos publicados en este diario (“La conspiración de los necios”).

La vuelta a la iconoclasia

El ataque a la memoria se enmarca dentro del fenómeno de la iconoclasia (del griego eikon, imagen; y klao, romper). En sus inicios este se relacionó con las imágenes religiosas para luego aplicarse a la eliminación, ataque, degradación (censura o silenciamiento) de arte, libros, banderas, símbolos o monumentos de un grupo (tendencia, movimiento, corriente o período histórico) considerado hostil.

Conviene echar una mirada al pasado en busca de referencias para analizar el presente.

En la Roma antigua se construyó la columna de Trajano a fin de glorificar al emperador y, a la vez, inmortalizar su victoria contra la Dacia (actual Rumanía). Concluida en el 114 d. C., la columna de 38 metros de altura estaba coronada con una figura del propio Trajano. Pues bien, en 1588 el papa Sixto V, mediante una reinterpretación cristiana, ordenó que esta fuera reemplazada por una de San Pedro.

Durante la Revolución Francesa se destruyeron obras y edificaciones bajo el pretexto de que resultaban ofensas e insultos a la “moral republicana”. En este sentido, la demolición de la fortaleza de la Bastilla fue emblemática. Curiosamente, más tarde —y como superación del “terror” vinculado a Robespierre— se condenó el vandalismo y fueron preservados, previa selección y purificación, los llamados “símbolos de la opresión” con finalidad pedagógica.

En 1871, durante la Comuna de París, renació brevemente la iconoclasia, lo cual se evidenció en el derribo de la columna Vendôme por, supuestamente, “glorificar la barbarie y el militarismo”. Esta fue erigida, en la Plaza del mismo nombre, por orden de Napoleón Bonaparte, para celebrar su victoria en la batalla de Austerlitz (reemplazó una efigie de la República, que a su vez había sustituido una escultura ecuestre de Luis XIV). Por fortuna, la columna fue restaurada y hoy se yergue en la Plaza del mismo nombre.

En los llamados países del “socialismo real” los monumentos fueron utilizados por el estado comunista no solo como propaganda sino para cumplir funciones intimidatorias. La caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y la desaparición del Partido Comunista provocó que las omnipresentes estatuas de Vladimir I. Lenin (70 mil solo en Rusia) fueran derribadas con una mezcla de venganza y liberación en medio de una alborotada fiesta de libertad.

Más recientemente, un tipo particular de iconoclasia terrorista irrumpió en el escenario mundial. En el 2001 los talibanes destruyeron dos imágenes gigantes de Buda en Afganistán; el Estado Islámico (EI) hizo lo mismo en el 2015 con más del 50 por ciento de las ruinas asirias de Nimrud, en Irak; y el grupo del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) hizo volar en el 2017 la mezquita y el minarete de Al Nuri, en Mosul. Estas abominables acciones provocaron la repulsa mundial y las críticas reiteradas de la UNESCO.

¿Colón genocida?

En nuestros días somos testigos de una vuelta a prácticas iconoclastas de carácter violento. Lamentablemente, y como en el pasado, estas se basan en juicios superficiales y erróneos. Analizaré dos ejemplos relevantes.

En el caso del almirante Cristóbal Colón (1451- 1506) se alega que fue un genocida o responsable del genocidio posterior que trajo la conquista y colonización de América, acusación que se inspira en la llamada Leyenda negra española.

El Descubrimiento —encuentro de culturas— fue, desde el punto de vista científico, una hazaña histórica trascendental que cambió el panorama mundial, promovió el comercio y la navegación y creó bases para el desarrollo de diversas ciencias: Astronomía, Náutica, Física y Geografía. Cristóbal Colón y sus marineros exploradores son responsables directos de este gigantesco salto de la humanidad.

No en balde el premio Nóbel Mario Vargas Llosa (1936- ) calificó la llegada de los europeos como “el más importante acontecimiento de la historia para América y Europa y para el resto del mundo”. El escritor hispano-peruano valoró altamente los aportes culturales que trajo la llegada de los españoles. En su opinión, “la lengua española no solo llevó a América un instrumento de comunicación, sino también un sistema de valores”. El idioma español ha sido el puente entre miles de lenguas de pueblos aborígenes y el transmisor de la cultura occidental: filosofía, derecho, ética, arquitectura, arte, literatura.

Por su parte, el premio Cervantes Carlos Fuentes (1928- 2012), al valorar las consecuencias de la Conquista, ha dicho que “fue un hecho cruel, sangriento y criminal”. Al propio tiempo, indicó que de esta “nacimos todos nosotros, los indoamericanos; fuimos inmediatamente mestizos, hablamos mayoritariamente español y, creyentes o no, nos criamos en la cultura del catolicismo, pero de un catolicismo sincrético incomprensible sin sus máscaras, indias primero y negras después”. Y el escritor mexicano agregó: “Nos apropiamos, a través de España, de las culturas helénicas, latinas, musulmanas y hebreas de la cuenca del Mediterráneo”.

Guerra de Secesión

La guerra de secesión o guerra civil (1861-1865) ha sido el evento más importante de la historia de Estados Unidos.

Después de varios años de enfrentamientos sangrientos y heroicos, que tuvieron como escenario mayormente el territorio sureño, el Ejército de la Unión derrotó al Ejército confederado en abril de 1865. El conflicto, que enfrentó a los estados del norte contra los del sur, dejó un saldo de más de 620.000 muertos y una parte considerable del país devastado.

Más del 25 por ciento de los hombres sureños murieron en combate y cada familia sufrió la pérdida de un ser querido. Desde fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, se erigieron muchos monumentos y cientos de estatuas en los estados secesionistas.

No parece que sean objeto de disputa las construcciones que señalan batallas importantes ni tampoco los mausoleos o sepulcros. La discordia se origina en torno lo que se ha dado en llamar la “Causa Perdida” (Lost Cause), un relato, distinto del oficial, acerca de la guerra civil.

A esta se le atribuye haber tejido una mitología falseada y romántica sobre las causas y consecuencias de la contienda, así como de la vida en las plantaciones. Su propósito último, según sus críticos, era fortalecer el supremacismo blanco. Precisamente, organizaciones como la United Daughters of the Confederacy, el Faithful Slave Memorial Committee y otros grupos de veteranos encabezaron los trabajos para honrar la memoria de jefes militares y soldados.

Los memoriales han permanecido en pie siglo y medio y han devenido elemento distintivo del paisaje arquitectónico urbano. Una declaración en el sitio web de la presidencia de la United Daughters of the Confederacy fija su posición sobre el tema:

“Algunos consideran que estas estatuas y señales conmemorativas son divisivas y, por tanto, indignas de permanecer en lugares públicos. Para otros, simplemente representan un monumento a nuestros antepasados que lucharon valientemente durante cuatro años de guerra (…), son parte de nuestra historia estadounidense compartida y deben permanecer en su lugar”.

El propio general Robert Edward Lee aceptó digna y públicamente la derrota y colaboró con la recuperación nacional. Terminada la guerra, el general confederado, quien gozaba de un inmenso respeto e, incluso, devoción entre la población sureña, insistió en el deber de todo ciudadano y, en especial, de sus compañeros de armas, de servir al país.

“Creo que el Sur requiere la ayuda de sus hijos ahora más que en cualquier período de su historia. (...) No necesito decirte que el verdadero patriotismo a veces requiere que los hombres que actúen exactamente en sentido contrario, en un período, a lo que hicieron en otro, y que el motivo que los impele —el deseo de hacer lo correcto— es exactamente el mismo. (Carta al general P. G. T. Beauregard, 3 de octubre de 1865).

Solo por su vocación de paz y reconciliación merecería, no ya un obelisco, sino un sitio destacado en la historia.

Lo que no puede perderse de vista es que, pese a que la defensa de la esclavitud fue el motivo impulsor de la secesión y la guerra, ello no significa que el racismo fuera privativo de los estados sureños. En 1861 la casi totalidad de los norteamericanos creía en la superioridad del hombre blanco y, por ley, no se otorgaba a los negros el tratamiento de ciudadanos de Estados Unidos.

Al inicio de las hostilidades el presidente Abraham Lincoln no se proponía eliminar la esclavitud sino salvar la Unión. La bandera de la emancipación solo fue enarbolada como recurso bélico para desmoralizar y erosionar al Sur. En consecuencia, el fin de la contienda no significó el del racismo en ningún sitio.

En definitiva, un tema tan controvertido cuyos debates y repercusiones sociales llegan hasta nuestros días no puede resumirse en unos pocos párrafos. Baste señalar que, según expertos, existen más de 50 mil títulos dedicados a la guerra civil y la cifra crece cada año. Es el tema por antonomasia de la historiografía estadounidense.

Memoria en disputa

Es sabido que propaganda política ha utilizado las manifestaciones artísticas para difundir ideas y ganar la atención de las masas. Además, todo el arte monumental y estatuario tiene un propósito de glorificación tanto para el objeto del culto como para quien lo propugna. Históricamente ha sido un recurso que busca implantar un relato histórico, étnico o religioso.

Si bien son discutibles las supuestas razones que determinado grupo o movimiento pueda esgrimir para extirpar un símbolo supuestamente ofensivo a su dignidad, resulta inaceptable la manera violenta de conseguirlo.

Refiriéndose a la destrucción de esculturas y monumentos en la época actual, Darío Gamboni, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Ginebra, Suiza, señalaba:

“… la agresión solamente se puede entender como expresión de ignorancia e incomprensión, como regresión a la barbarie” (Darío Gamboni, La destrucción del arte: iconoclasia y vandalismo desde la revolución francesa, Ed. Cátedra, 2014)

Tampoco es admisible justificar el vandalismo actual con la destrucción de estatuas de dictadores (Hitler, Lenin o Stalin), responsables de la muerte de millones de personas.

De nuevo Francia, cuna del Iluminismo, nos trae la luz de su experiencia para enfrentar con firmeza y sabiduría las exigencias populistas. Días atrás su presidente Emmanuel Macron rechazó las manifestaciones de odio proyectadas a reescribir la historia y negar el pasado:

“La República no borrará ninguna huella ni ningún nombre de su historia. No olvidará ninguna de sus obras. No desmontará estatuas. Debemos mirar juntos con lucidez toda nuestra historia, nuestra memoria".

El destino de la memoria

Desde hace años ya se venía produciendo una conversación en torno a los monumentos que, aunque centrada en la prensa y círculos académicos, también abarcaba a la población sureña. Según encuestas, una mayoría de blancos propugnaba su permanencia; en cambio, una mayoría de afroamericanos exigía su retiro.

Comoquiera que este debate no puede ser ignorado sin descartar las ideas y sentimientos de la gente en una sociedad democrática, en cierto momento se consideró que una solución de compromiso sería contextualizarlos, incorporando paneles explicativos y tarjas adicionales.

A la luz de los sucesos actuales, esa posibilidad ha volado por los aires, a juzgar por una reciente declaración de The National Trust for Historic Preservation. La organización, con sede en Washington, D.C. y fundada en 1949, ejerce el liderazgo concerniente a las políticas y lineamientos en torno a la preservación histórica.

El documento, titulado “Declaración sobre los monumentos confederados” se inspira en el “llamado nacional a la justicia racial y la equidad”.

Para la institución, creada por una carta del Congreso con el fin de apoyar la preservación del patrimonio histórico-cultural, muchas de las obras “sirven como puntos de reunión para la intolerancia y el odio en la actualidad. Para muchos afroamericanos, continúan siendo recordatorios constantes y dolorosos de que el racismo está incrustado en la sociedad estadounidense”.

La institución llega incluso a cuestionar la existencia, en ciertos estados, de leyes que prohíben la eliminación de tales memoriales, rechazando “los derechos de las comunidades locales que desean eliminar estos símbolos ofensivos”.

Y concluye: “a menos de que estos monumentos se puedan utilizar para fomentar el reconocimiento de la realidad de nuestro pasado doloroso e invitar a la reconciliación para el presente y el futuro, deben eliminarse de nuestros espacios públicos”.

Llama la atención que el texto no incluya una condena a la opción violenta para llevar a cabo dicha eliminación. ¿Acaso tales actos traerían verdadera reconciliación?

El problema real

Vargas Llosa, además de intelectual honesto, fue visionario al insistir, hace ya treinta años, en que “remontar el río del tiempo en la historia de cualquier pueblo conduce siempre a un espectáculo feroz” (Simposio El descubrimiento de Occidente, Sevilla, 1992).

Reescribir la historia nunca es recomendable. Ante todo, resulta inútil, porque la desaparición (permanente o temporal) de un objeto simbólico no lo destierra de la memoria individual y social. Además, propulsa una reacción en cadena cuyo destino incierto va dejando destrozos a su paso. Otra cosa muy distinta es la reinterpretación de los hechos del pasado, ateniéndose a criterios científicos, sobre la base de los nuevos datos aportados por otras disciplinas.

Nadie pudiera negar la ferocidad de la conquista de América, la muerte de aborígenes en combates sangrientos o su aniquilación como resultado de epidemias. También es cierto que los mismos Padres Fundadores, pese a que trataron de contener o limitar la esclavitud, poseían esclavos.

La humanidad ha ido evolucionando, por una ruta accidentada, y muchas veces con retrocesos, desde la barbarie a la civilización. El racismo era consustancial a la mentalidad de entonces y ello resalta aún más la superioridad espiritual de aquellos que se opusieron resueltamente a la esclavitud. Por la misma razón constituye un pecado de lesa inteligencia juzgar a aquellos hombres con los criterios morales de nuestros días: extrapolar hechos puede no solo confundir sino traer consecuencias irreparables.

El revisionismo histórico tiene el potencial de encender pasiones, exacerbar fanatismos y servir de cauce a agendas radicales. Ni el vandalismo iconoclasta ni la negociación pacífica eliminan el problema ni ayudan a resolverlo; al contrario. Porque la traba no son los símbolos del pasado, sino los conflictos del presente: la persistencia de brechas raciales, pobreza, drogadicción, injusticia, criminalidad. O la ignorancia, tal como evidencia el asalto al patrimonio cultural.

En honor a la verdad, la gravedad del momento merecería un pronunciamiento sereno, reflexivo y fundamentado por parte de las autoridades del país. Esta falta de liderazgo se extiende a políticos de cualesquier tendencia, académicos, historiadores e instituciones de preservación histórica. Hay un silencio que no puede interpretarse sino como resultado del temor a represalias o de un estrecho interés electoral.

En este ambiente de intolerancia se ha visto afectada la libertad de expresión, derecho que salvaguarda la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Según un artículo reciente aparecido en el sitio web The Hill, las pocas personas que a lo largo del país han rechazado estos desmanes o cuestionado algunos fundamentos de las protestas han sufrido repulsas a través de las redes sociales, amenazas y despidos de sus puestos.

Lamentablemente, hay poco margen para el optimismo: rodarán impunemente otras cabezas de mármol.

Periodista, profesor de Nova Southeastern University
emilscj@gmail.com

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