En esta travesía por grandes mares, un emigrante como yo ha tenido la bendición de encontrarse con seres humanos excepcionales. Uno de esos faros de luz es el compositor, escritor, profesor, productor discográfico y empresario Reynaldo Fernández Pavón.
Las redes sociales propiciaron nuestro encuentro a raíz de una publicación polémica que hice hace algún tiempo. A partir de entonces comenzó una relación de admiración y amistad que ha crecido con los años. Durante mis estudios en la Escuela Nacional de Arte compartí aulas con su hijo Hassam, un gran amigo, pero nunca imaginé que, tiempo después, conocería a su padre, Reynaldo.
Como tantos emigrantes que vuelven a empezar, Pavón recorrió los claustros académicos de Estados Unidos y convirtió el magisterio en una de sus grandes pasiones. Mientras tanto, su creación literaria continuó creciendo: escribió novelas, poesía y nuevas partituras. También ha realizado una importante labor de recuperación de la memoria histórica cubana mediante pódcast en YouTube y publicaciones en su página web. A esto se suma algo que merece destacarse: su disposición para ayudar a otros a dar a conocer sus trabajos.
Esta voluntad de servir no es común en la industria del entretenimiento. Me consta que Pavón lleva años promoviendo la cultura cubana fuera de Cuba y apoyando, además, a creadores que permanecen dentro de la isla. Su empatía con el prójimo y su grandeza espiritual rompen muchos moldes preestablecidos.
Pavón fue ganador del Premio de Música «13 de Marzo» de la Universidad de La Habana. Sus obras sinfónicas y orquestales han sido interpretadas por agrupaciones como la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, la Orquesta Sinfónica de Matanzas, la Orquesta de Cámara de La Habana, la Orquesta de Cámara Brindis de Salas, la Orquesta Filarmónica de la Federación Rusa y, recientemente, la Guerra String Orchestra en California.
Tuve el privilegio de dirigir una de sus composiciones, el Adagio para flauta y orquesta de cuerdas, durante su estreno en Estados Unidos. Una parte considerable de la obra de Pavón quedó en Cuba: atrapada, perdida, suspendida en una pausa cuyo paradero desconocemos. ¿Dónde está? ¿Quién la conserva? No lo sabemos. Al salir del país, dejó un catálogo que abarcaba el cine, la música de concierto y la música popular. Algunas de esas piezas todavía pueden escucharse, según él mismo me cuenta.
Conversando con el escritor, profesor y guitarrista Antonio Rodríguez Delgado, me dijo: «Reynaldo Fernández Pavón es la encarnación del hombre renacentista en este siglo». Al contemplar la amplitud de su obra, doy fe de ello.
En 1982 y 1983 fue reconocido como «Mejor Productor Musical» de Cuba. En 1980 obtuvo el Primer Premio del Concurso David de Poesía de la UNEAC con el libro Cruzando mares. También destaca su música para la obra teatral Cuentos negros, de Lydia Cabrera, estrenada por Repertorio Español en Nueva York y galardonada por la Asociación de Cronistas de Espectáculos de Nueva York (ACE). Ha sido profesor adjunto de Temple University, en Filadelfia, y docente en Trenton Central High School, en Nueva Jersey.
Entre sus obras literarias recomiendo Imaginario poético, Cruzando mares, El lirio del Prado, El repatriado y La Cuba de hoy: algunas preguntas y otros ensayos, entre muchas otras. El escritor cubano Manuel Gayol Mecías acaba de publicar el libro Reynaldo Fernández Pavón, un humanista de nuestro tiempo, y se encuentra trabajando en el segundo volumen del mismo.
Nuestra querida Cuba —sus instituciones, sus gobiernos, el presente y los que vendrán— tendrá algún día el deber de reconocer la obra de Reynaldo Fernández Pavón y devolverle el lugar que le corresponde en nuestra historia cultural. Porque una nación no debe olvidar a quienes han dedicado la vida a preservar su memoria, a engrandecer su arte y a tender la mano a otros creadores, incluso desde la distancia.
Mientras llega ese día, Pavón continúa escribiendo, componiendo, enseñando y rescatando fragmentos de una Cuba que nunca ha dejado de vivir en él. La distancia podrá haberlo alejado de la isla, pero jamás ha conseguido arrancar la isla de su ser. Reynaldo lleva nuestra tierra anclada en el corazón y, tatuado en el alma, un poema de cuatro letras: CUBA.