MIAMI.- La memoria es un laberinto que guarda a su antojo fragmentos de los recuerdos que se pueden desvanecer con el tiempo, pero cuando se viven de cerca hechos como los ocurridos en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, los recuerdos se encapsulan casi intactos y a pesar de los años se pueden traer al presente como si acabaran de ocurrir.

Cynthia y Ricardo Ramírez, una pareja de profesionales que vivía en Long Island en 2001, recién habían regresado, junto a los padres de ellas, de un viaje de placer a Houston. Pero la mañana de ese martes ella debía estar en una de las sedes de su empresa para reuniones comerciales y justo le tocó la de Manhattan, ubicada a pocas calles de World Trade Center.

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Antes de las 8 de la mañana tomó el tren para llegar al Financial District y al salir del subway saboreó el cielo en un respiro. “Septiembre es uno de los meses más bonitos en esta ciudad. No hace calor, ni frío y casi no llueve. El clima es perfecto. El cielo estaba hermoso y pensé: `Éste es mi mes favorito en Nueva York”.

A las 8:46 de la mañana, mientras se reunía por teléfono con uno de sus asociados, sintió un estruendo en los vidrios de su oficina que la hizo recordar su niñez cuando vivía en una casa cerca del aeropuerto de Guayaquil, donde las paredes retumbaban cada vez que aterriza un avión.

Sin percatarse de lo que ocurría comenzó a escuchar una algarabía y desde su ventana vio cómo volaban miles de hojas de papel.

“Salí a preguntar y me informaron que era un avión que se había estrellado en una de las torres, pero jamás pensábamos que era un ataque. Esa oficina no tenía un servicio de televisión por cable, por lo que nos enteramos de lo que estaba pasando durante las llamadas telefónicas de los de afuera”.

Relata que mientras intentaban entender lo ocurrido, la gente entaba presa del pánico. “Pero, a dónde íbamos. No había ninguna calle abierta para salir. En ese momento de emergencia era más seguro estar encerrados en la oficina y esperar. No obligamos a nadie a quedarse, pero sí los convencimos”.

Mientras Cynthia evitaba que el caos se apoderara del personal de la oficina, a varias millas de distancia, estaban su esposo y sus padres sumergidos en una profunda angustia. No sabían ni dónde, ni cómo estaba; por lo que no cesaban de llamar al celular y a los teléfonos locales, pero ninguno funcionaba.

“Cuando mi suegro vio la noticia del primer avión dijo lleno de pánico: "Mi hija está allí”. En ese momento su mamá se quedó sin habla y creo que como por media hora no parpadeó. Había celulares, pero las líneas estaban caídas. Los teléfonos fijos tampoco funcionaban".

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Cynthia Ramírez durante un paseo por Nueva York. Al fondo se observa el World Trace Center, caido en el ataque terrorista del 9 de septiembre de 2001.

Cynthia Ramírez durante un paseo por Nueva York. Al fondo se observa el World Trace Center, caido en el ataque terrorista del 9 de septiembre de 2001.

Ricardo asegura que le tocó decirles a sus suegros que ella trabajaba lejos del lugar del desastre, cuando él sabía que era mentira y que esa oficina quedaba muy cerca de donde habían estado erigidas las torres gemelas hasta el momento del atentado.

“Antes de las 9 de la mañana sonó el teléfono de la casa, y era ella. Por fin supimos que estaba bien. Mis suegros se tranquilizaron y como era imposible llamarla acordamos que ella lo haría cada 15 minutos, y mientras nos despedíamos se estrelló el segundo avión. Eran las 09:03 de la mañana”.

Con este segundo impacto no cabía duda: era un atentado terrorista. Cynthia recuerda una hora más tarde todo se volvió negro. La segunda torre impactada había colapsado. No veían ni siquiera los edificios del otro lado de la calle, todo era una nube de cenizas que los envolvió en una inesperada noche.

“El miedo se apoderó de todos. Mantuve la calma porque tengo la virtud de que en los momentos de más presión pienso con cabeza fría. Mis compañeros se querían ir, pero a dónde. No se veía y seguramente era imposible respirar dentro de esa nube negra. Los encargados del edificio cerraron los ductos del aire para que el humo no entrara y allí estuvimos esperando a que se pudiera salir”.

Después de las 3 de la tarde, ya la nube de polvo había bajado y Cynthia decidió irse caminando hasta la estación que sabía estaba abierta para llegar hasta Queen, donde se encontraría con sus familiares.

“No se me olvidan las imágenes. Todo tenía una capa de ceniza gris. Calles, carros, techos de comercios. Todo. En medio de la calle los carros abandonados en un profundo caos. La escena era surrealista. Era evidente que la gente salió corriendo, atrapados por el miedo y la desesperación”.

“Salí del edificio. Habían dicho que la estación Canal Street estaba abierta y la única manera de llegar era caminando con mis zapatos altos, muy altos; y con esa cartera tan hermosa como incómoda. La solidaridad se había activado. En un momento me uní a un grupo de mujeres que iba a Queen. En los postes, la gente pegaba avisos de las estaciones abiertas y por dónde se podía salir. Vi a algunos policías. Su expresión era de niños asustados. Ellos que tienen fama por ser los más rudos, pero ese día le habían quitado la inocencia”.

Asegura que en una de las intersecciones desde donde se veían las torres, la gente volteaba con temor. “Las torres dejaron un enorme vacío, el ataque dejó a la ciudad en un luto que le duró varios años”.

Los esposos Ramírez lograron encontrarse casi 10 horas después del ataque. Aseguran que desde ese momento se sintieron más identificados con la ciudad, con el espíritu de superación que el neoyorquino mostró para salir de la paralización que un grupo terrorista les quiso imponer.

"Hubo mucha gente que falleció en el ataque, pero también afectó a aquellos que trabajaron en el rescate, la limpieza y la reconstrucción. Algunos han muerto de cáncer por haber inhalado el asbesto con que se construyen los edificios, esas muertes también son víctimas del 9-11”, apunta Ricardo.

“Los neoyorquinos como subcultura son gente fuerte, luchadora, echada hacia adelante. Vivir en Nueva York es duro, no es fácil. El orgullo de ser de Nueva York se amplificó. Los ataques no pudieron doblegarlo”, acota Cynthia.

Para Cynthia nada volvió a ser como antes. Ahora no le gustan las aglomeraciones. Cuando el metro se accidenta piensa lo peor. Si sale con sus sobrinos e hijos les coloca en los bolsillos papeles con los datos de direcciones y de celulares. Y dejó de usar zapatos de tacón tan alto, y carteras incómodas. “Debo estar siempre cómoda, porque uno no sabe cuándo hay que salir corriendo”.

@ElkisBejarano

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