sábado 25  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

El cielo no ha cambiado

MADRID.- Cerca de la ciudad, las últimas hojas vivas del otoño danzan en la carretera al son del primer gran temporal del invierno. Encuentro exótico y emocionante entre la juventud y la vejez. Hacen espirales, arroyos de hojarasca que apenas llevan ya caudal a estas alturas del hielo. Pero ahí están. 

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

MADRID.- Todavía queda algo romántico en el placer de viajar en coche. He atravesado del frío a la lluvia pasando por la calma. Y a la altura del mar de la tranquilidad, se han abierto en el cielo, como inmensos abanicos negros, miles de aves dibujando sombras de flechas en la carretera. Cruzan el mundo cada año. Incansable rutina sobre nuestra cabeza, que rara vez tenemos tiempo de contemplar. En realidad, no estoy seguro de que en estos días tan digitales, tan conectados al mundo entero, tengamos ocasión de contemplar nada que se extienda más allá de nuestra nariz. Por eso lo de hoy, más que un cielo azul y una bandada de pájaros, me parece un milagro, un pequeño regalo de Dios.

Cerca de la ciudad, las últimas hojas vivas del otoño danzan en la carretera al son del primer gran temporal del invierno. Encuentro exótico y emocionante entre la juventud y la vejez. Hacen espirales, arroyos de hojarasca que apenas llevan ya caudal a estas alturas del hielo. Pero ahí están. Enredándose, muertas y ennegrecidas, entre el tráfico del salida de la ciudad.

Más tarde se apaga el azul del cielo y el viaje se vuelve odisea. Garbanzos de hielo caen del más allá, una cortina blanca y resbaladiza que nos obliga a sobrevivir, aferrados a la pintura del asfalto, oteando luces rojas, y preguntándonos si el ruido que nos atruena cesará algún día. Relámpagos. Parece que el cielo se ha llenado de lunáticos fotografiando las dunas de granizo. Ni rastro de la serenidad de los pájaros viajeros. Ni de las hojas huérfanas de su otoño. Al fin, como del interior de una ballena, asoma tibia la luz del sol, y se deshace el hielo en las cunetas.

Un descanso. Café a pie de carretera. Lo tengo entre las manos. Un foco de calor entre el frío. Fluye desde el vaso un humo blanco. Llueven sin descanso los coches. Son manchas alargadas de colores difusos, que adivino tras la humareda del vaho y el vapor del café. Silban los grandes camiones. Truenan motos salpicadas entre la masa. Y el goteo incesante de los viajeros. Con sus historias y sus vidas amordazadas de urgencia en pequeños cubículos con ruedas. Supongo que, como a mí, víctima del siglo de la prisa, no les queda más remedio que correr, perder el aliento, ya en la puerta de una estación, ya en la salida de una gran ciudad. Porque en algún lugar hay algo esperándonos, y no hay ninguna posibilidad de que lleguemos tarde sin que la tierra no se abra bajo nuestros pies y nos engulla en su lava, con sus inexorables urgencias.

Divago sobre la calma, el café, el tráfico, y el vaho, y suena el teléfono en mi bolsillo. No me sorprende. Alguien ha detectado que tengo la mirada perdida, desenfocada en la paz del observador ajeno, y que disfruto de un instante de ausencia, en la extraña libertad condicional de la que aún gozamos los viajeros. Alguien lo ha sentido en su corazón y se apresura a llamarme. Problemas. Casi todas las llamadas lo son. Hace décadas que la gente no llama para regalarte un viaje a la luna. Hace décadas que cada timbrazo oculta en alguna esquina un poquito de prisa, un asunto espinoso preparado para estallar a la hora del silencio laboral, cuando parece que todo está listo para irse a casa.

Sigo en ruta. Amalgama de verdes en las montañas. La carretera es un tajo imposible allá donde dicen que mi tierra se une con el resto del mundo. Un cirujano loco. Un arquitecto genial. Volamos sobre precipicios, saltamos ríos en asombrosos puentes colgantes. En túneles de negra boca, atravesamos montañas que antes de esta oscuridad se me perdían entre las nubes, vestidas con faldas de nieve.

Mi destino cada vez más cerca, y la noche descansando suavemente sobre el día, abandonado, solitario y muerto de frío. Así claudican los días en invierno. Bajando primero la cabeza, y de pronto, como heridos en el reloj de su corazón, al doblar la esquina de la tarde, se desploman inertes. Y nieva. Nieva suave y silenciosamente. Nieva sobre el coche y abro todas las ventanas. Sigo encontrando una enigmática calma en navegar una nevada en la noche. Quizá porque la nieve que cae, copiosa y sorda, como esos estorninos que surcan el más lejano de los azules, y como esos ciclos que el tiempo desata encima de nuestras cabezas en cada viaje, nos unen de alguna forma con los días viajeros de los abuelos de nuestros abuelos. Allá atrás, cuando aún era más urgente fumar un cigarrillo que responder una llamada telefónica desde la cuneta, el cielo enseñaba los mismos dientes de hielo, el frío también nos hacía llorar los ojos, encontrábamos el consuelo al tedio en el aroma de un café, y las hojas muertas del otoño buscaban el mismo cobijo, cruzando con su histérico torbellino las arterias que hoy nos permiten escapar de la ciudad. El cielo, al fin, no ha cambiado. Eso todavía no nos lo han podido robar.

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