martes 3  de  marzo 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

El regalo de Evo

Evo Morales es tan gracioso como meter los dedos en un enchufe. Su cuidadosamente asesorada bienvenida al Papa Francisco ha resultado igual que si lo recibiera a tiros; si bien encañonar al Santo Padre habría sido más educado que regalarle un objeto a todas luces blasfemo, incluso para el más ateo de la clase

 

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Evo Morales es tan gracioso como meter los dedos en un enchufe. Y tan inocente como un zorro con un montón de plumas de gallina en el hocico. Su cuidadosamente asesorada bienvenida al Papa Francisco ha resultado igual que si lo recibiera a tiros; si bien encañonar al Santo Padre habría sido más educado que regalarle un objeto a todas luces blasfemo, incluso para el más ateo de la clase. Y a pesar de todo no es verdad que Evo se haya comportado como un “comecuras”. No alcanza tal categoría. Evo tan solo ha hecho una innecesaria exhibición mundial de su exquisita educación y de su ponderado sentido del ridículo. Creo que se le está juzgando con excesiva dureza. Evo es un intelectual de su tiempo maleado por la vida, que le ha situado en la mala fortuna de vivir rodeado de coca.

El catolicismo es la religión sobre la que opinan todos menos los católicos. Nadie parece saber más sobre lo que tienen que hacer los católicos que cualquiera que no lo es. De modo que en esta ocasión, no han tardado en salir los miles de expertos a detallar lo que Francisco tendría que haber hecho ante el obsequio bomba de Morales. Como si uno, por el mero hecho de ser el sustituto de San Pedro, tuviera que saber reaccionar a las excentricidades del enano guasón del final del aula, que necesita urgentemente llamar la atención. Y lo necesita, sobre todo, para evitar que su gente se de cuenta de que, en efecto, su presidente es exactamente lo que parece. Y lo que es seguro es que los bolivianos no merecen algo así.

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No sé qué habría dicho Juan Pablo II. Tampoco creo, como aventuran algunos, que Benedicto XVI le hubiera atizado a Evo con el armatoste en la cabeza. Ni considero que el Papa Francisco haya reaccionado tan mal, como dicen todos esos teólogos de recientísimo cuño que invaden estos días radios y televisiones. El protocolo institucional exige que el presidente que te da la bienvenida lo haga disimulando lo mucho que te odia, y que a cambio tu no utilices su libro sobre la salida de Bolivia al mar para avivar el fuego de la chimenea. Esto funciona así. Es verdad que cuando una de las partes rompe las normas puede ocurrir cualquier cosa, pero el Papa reaccionó con toda la naturalidad que se espera de él: informando educadamente al besugo que tiene delante de que lo que lleva entre las manos “no está bien”. A Evo le habría encantado un show en el que el Papa Francisco arrojara por la ventana el regalo, porque habría salido aún en más periódicos, y lo único que el presidente no soporta es que haya alguien el mundo que convoque más bolivianos –libremente, no a punta de pistola- que él.

El regalo de Evo estaba lleno de trampas. Porque detrás se agazapaba la historia de un jesuita mártir, que presuntamente habría diseñado el crucifijo comunista; se entiende que antes de su martirio. Lo que Evo no sabe es que, por su condición de mártir, ese buen hombre estará en el cielo a pesar del crucifijo comunista y no gracias a él. Pero toda esta historia la desconocía el Santo Padre, porque Francisco se presenta en los países a escuchar, a predicar las cosas de Dios, y a querer a la gente, sin encargarle a cien asesores que busquen la manera de meterle el dedo en el ojo al anfitrión.

A la luz de la historia, no hay nada más opuesto al mensaje de Cristo que el comunismo, porque no hay nada tan criminal, abusivo, y violento como lo que representa la hoz y el martillo. Así que bien pensado, no descarto que Morales eligiera este regalo con la sana intención de recordarle al Papa los millones de mártires que sus amigos de la hoz y el martillo han arrojado a las cunetas de la historia. Pero tratar de meterse en la mente de Evo Morales es como intentar pinchar un microbio con la punta de un paraguas. Y suponer que un hombre que presume de que “no le gusta leer” dispone de los mecanismos intelectuales elementales como para sentir alguna inquietud por conocer la historia, resulta casi una falta de respeto hacia la puntera vertiente política del indigenismo; que es esa corriente ideológica según la cual Marx era un gran tipo y mascaba coca a todas horas.

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