Todo puede esperar. Hay un montón de gente que está poniendo en marcha un movimiento para que las cosas vayan más despacio. Desde aquí me adhiero. Pero me adhiero con mi pereza a cuestas. O sea que me adhiero poco, y siempre y cuando no tenga que hacer nada más. Yo no quiero que paren el mundo para bajarme. Eso requiere un esfuerzo enorme. Yo quiero quedarme aquí, viendo cómo todo da vueltas sin parar, en algún lugar donde no haya cobertura de móvil, y donde nadie espere encontrarme.
Delirios de verano. Sueño eterno de jubilación. Un jardín y una biblioteca y mil tonos de verde que otear en la montaña. Comunicarnos por señales de humo. Y no tener que compartir el ascensor con nadie. Comer ensalada de la huerta. No tener que dar explicaciones. Y estar a tiro de cualquier restaurante de comida rápida. No sé si existe algún lugar del mundo donde todo esto pueda ocurrir aún.
Vivir más despacio en la época que nos ha hecho esclavos del reloj. Bonita quimera. No molestar y no ser molestado. Tener tiempo para desperdiciar. Vivir con una sola preocupación: la voracidad de la noche. La luna trae el invierno de horas a este lugar del mundo desde el que escribo, en pleno rural gallego, allá en la zona verde y húmeda de España. Pero siempre amanece. Una lluvia fina anticipa el otoño. Las hojas tienen razón: siguen cayendo a su ritmo, como se bebe un champán caro en una noche de calma.
El periodismo ha muerto, el periodismo ha muerto. Lo repite todo el mundo a todas horas. De acuerdo, pues si el periodismo ha muerto, he de guardarle el luto, y llevar con sigilo y sosiego mi renovada viudez. Nada puede esperarme ya con prisa a la vuelta de la esquina si el periodismo ha muerto. Supongo que si no hay nada que contar, tampoco ocurre nada. Si no ocurre nada no es necesario que sigamos esperando a que pasen cosas. Ya podemos replegar esa nariz de sabueso. Todo lo que ocurre no ocurre. Y si ocurre a nadie le importa. Que nadie lo cuenta. Que el periodismo ha muerto.
Me gusta esta nueva corriente, por lo lento. Le dicen slow, creo. Vida sosegada. Fray Luis de León está con nosotros. Muerte al correo electrónico. Muerte a la competición. A menudo me pregunto por qué todo el mundo compite por todo. Ni arrancando el coche en el semáforo, ni estudiando en la universidad, ni buscando novia en la pandilla, ni más tarde en la empresa; sea grande o pequeña. Vivimos en el engaño eterno de la competencia, como si fuéramos animales que necesitan comerse al más pequeño. A todos los que algún día han competido conmigo, en el pasado, en el presente, o en el futuro: que os den. Sin rencor. Que el rencor requiere un esfuerzo incompatible con mi filosofía de vida.
Renuncio hoy públicamente a toda competencia. Me declaro incompetente. Un perfecto cero a la izquierda. Una vía muerta. Diría que también un escritor fracasado sino fuera porque la gente de letras vive obsesionada por competir incluso en el propio fracaso; que a ver quién es el más maldito, el más desafortunado, el que lleva la vida más horrible. Tampoco quiero esa carrera de caballos perdedores: seré razonablemente feliz en mis letras, ora tristes, ora célebres. Seré todo lo que quieran, si me dejen dormir la siesta.
Qué bonito ser un inútil. Que útil ser un inútil con la cantidad de gente que está ahí esperando a hacer cosas. Qué genialidad ser un florero, y que la gente te mire y te riegue, y nadie te exija más allá de lo que la naturaleza te ha dado. Qué bien matar el reloj, abrazar la vida monacal, los anises después de comer, y las canciones sin fecha. Qué bien detener el tiempo, y saludar a las niñas guapas, escapar de los animales feos, contemplar los cuadros bonitos, y enamorarse de los libros viejos. Qué bueno ser veterano. Soñar con soñar. Respirar a fondo como en cualquier anuncio televisivo para chicas, y lanzar el televisor por la ventana. Qué bueno despertar y verte, y fumar un cigarrillo, y volar un rato, y regresar al nido y ver que están todos ahí, como siempre. Pero como nunca. Benditas vacaciones que nos abren los ojos a la vida y nos apartan del ruido; aunque a veces sea solo un sueño. Ya diviso a lo lejos esa deseada y reparadora incompetencia.