Cuarenta años sin Franco nos parecen suficientes para que los españoles nos olvidemos de él. Este viernes se ha cumplido el aniversario de la muerte del dictador que gobernó España con mano de hierro y voz aflautada durante cuatro décadas. 

En mi caso, no llevo mucho más tiempo vivo que Franco muerto y puedo asegurar que el personaje –más allá del interés de conocer ese periodo en blanco y negro de la historia de mi país- no me acompaña ni en mis recuerdos y ensoñaciones pero tampoco en los odios y resentimientos. Decía la semana pasada en una entrevista, Carmen Franco, la hija del autodenominado generalísimo, que su padre estaba bien como está: muerto. Por él y por sus enemigos. Y en varios retazos de la conversación le retrataba como un padre distante, ausente, con el que casi no tenía relación personal ni afectiva. Franco dejó de lado a su familia y enfocó su vida en dar un abrazo de oso a los españoles que lejos de reconfortarles les partió por la mitad en una división que aún perdura por el interés de algunos. 

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Hablar mal de Franco y realizar gestos groseros contra su figura vende. Sobre todo entre esa nueva suerte de izquierda populista a la que retirar una estatua o cambiar el nombre de una calle relacionada con el franquismo, les hace sentirse ciudadanos del siglo XXI plenos y modernos. 

Otra cosa es el reconocimiento de las víctimas de la dictadura o la eliminación de algunos tics autoritarios que puedan quedar en una minoría de la sociedad española. La otra noche me entretuve viendo un programa de Televisión Española en el que el cantante Bertín Osborne charlaba con el hijo del expresidente español Adolfo Suárez.  Adolfo junior recordaba a su progenitor como el hombre que guió a los españoles desde las tinieblas de una dictadura (en la que ejerció varios cargos importantes) hacia una ilusionante  democracia. Casi todos los españoles de bien, a derecha e izquierda, guardamos hoy un excelente recuerdo del político que salió de las entrañas de la bestia para convertirse en el hombre del dialogo, del centro. Agarró de la mano a ambas Españas y las unió para construir un país en el que el respeto y la convivencia estuvieran sobre todas las cosas. 

Tristemente en la España de 2015 se habla de Franco como si todavía viviera. Zapatero y su mal enfocada “Memoria Histórica” quizás animado por buenas intenciones provocó que los que ni si quiera sufrieron la guerra ni la dictadura hablen alegremente de un conflicto que generó víctimas y dramas en ambos bandos.

Sinceramente, digan lo que digan los historiadores, ni la personalidad política ni su carisma, ni su discurso, ni si quiera su imagen apocada y casi ridícula permiten que Franco tenga hoy ninguna vigencia. Ni para amarle y añorarle ni para promover el odio contra él de forma preventiva sobre un posible resurgimiento de sus ideas.

Hablar de Franco, de sus peligros, acusar los rivales políticos de franquistas no esconde más que una estrategia para avivar el fantasma del miedo. Cuarenta años después, enterremos a Franco para siempre.

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