jueves 1  de  diciembre 2022
Brigada 2506

Carlos de Varona: "Mi patria no me la quita nadie"

En una silla en el centro del salón principal de la Brigada 2506, en Miami, Carlos cuenta quién era ese muchachito que regresó de su exilio en Estados Unidos para rescatar "la Cuba de antes"

Diario las Américas | GRETHEL DELGADO
Por GRETHEL DELGADO 16 de abril de 2021 - 14:20

Cuando en abril de 1961 Carlos de Varona se lanzó con un paracaídas sobre Bahía de Cochinos, no temía a la muerte. Estaba a punto de tocar suelo cubano, la patria de la que tuvo que exiliarse después de que la revolución de Fidel Castro comenzó a cambiar el mapa político de la isla.

En una silla en el centro del salón principal de la Brigada 2506, en Miami, Carlos cuenta quién era ese muchachito que regresó de su exilio en Estados Unidos para rescatar “la Cuba de antes”, donde había crecido.

Recuerda con nostalgia su casa de la infancia en el Vedado habanero, “la Navidad, el arbolito, los Reyes”. Poco después, cuando la niñez se despojó de inocencia, conoció la marca de las dictaduras en su familia.

“Mamá estuvo presa cuando [Gerardo] Machado, en Isla de Pinos; mi papá estuvo preso también cuando Machado en el [Castillo del] Príncipe. Mi familia estuvo contra Machado, después contra [Fulgencio] Batista. Yo estuve exiliado también, cuando Batista, me mandaron a un colegio aquí [en EEUU] para que no me fuera a meter en un problema en Cuba, porque siempre demostraba estar contra los dictadores”.

Una vez en el exilio, en una primera etapa, Carlos de Varona esperaba regresar a Cuba. “Oía los partes de la Sierra Maestra, ‘vamos a ganar’, ‘estamos ya en Santa Clara’. Parte era verdad y parte era mentira. Un día le pregunto a mi padre: ‘¿qué crees de Fidel Castro?’ Y me dijo: ‘¿Fidel Castro? ¡Mil veces más hp que Batista!’”

Por eso, cuando regresó a la isla, “sabía que Castro era estimado como un individuo que no era bueno para Cuba, por su carácter, porque tenía fama de haber asesinado a un estudiante de la Universidad de La Habana”.

“Cuando vino el desastre cubano, estuve preso una semana”, recuenta Carlos, quien imprimió un documento anticastrista y comenzó a difundirlo por las calles. “Se lo tiré una noche al chofer de Ramiro Valdés. Al otro día aparece la Policía en mi casa. Mi mamá me dijo ‘brinca el muro’, y yo dije ‘si brinco el muro soy un fugitivo. Total, por papeles no me van a fusilar’. Estuve preso en el [Castillo del] Príncipe”.

Entonces, tomó la decisión de irse a Estados Unidos, pues “había escuchado que aquí se estaba preparando algo contra el régimen de Castro. Vine y me enrolé en lo que era el principio de la Brigada”.

“Salimos vivos por casualidad”, dice sobre la invasión. “Murió un 10%, que en cualquier guerrita sucede eso. Todos arriesgamos la vida porque creíamos que lo que había en Cuba antes era como vivir en Miami, vivir en libertad. Aun cuando Batista. Y sí, fue una dictadura, pero tu vida podía seguir”, revela De Varona, quien estuvo preso dos años en la isla antes de llegar a Miami.

Su primer trabajo en el exilio “fue como mesero en un restaurante en Biscayne Boulevard; y me largué de ahí. Después repartí periódicos para el DIARIO LAS AMÉRICAS, por cierto. Yo conocía a [Horacio] Aguirre, [fundador del periódico]. Luego trabajé en Nueva York planchando vestidos. El que me consigue el trabajo era un chino, Emilio Ham Lara, un brigadista amigo mío”.

De Varona estudió Economía y Finanzas en la Universidad de Miami, y en los veranos de descanso “iba de camarero en la feria mundial, para ganar un poquito más. En Miami no había esa cantidad de trabajo. Entonces dije ‘quiero ir a Nueva York, donde están los bancos grandes’. Mi papá vivía en Nueva York en esa época, era abogado y político en Cuba, pero allí trabajaba para la escuela Berlitz, de idiomas. No hablaba inglés, pero enseñaba español”.

Una vez que consiguió un puesto en Irving Trust (luego Bank of New York), “al fin tenía un trabajo, podía ir a desayunar en Rockefeller Center una vez al mes. Ahí estuve como cuatro años”. Más tarde trabajó en una compañía que realizaba las aspirinas Bayer, y regresó a Miami.

“Logré algo”, dice con orgullo. “Eduqué a mis hijos. Mi hija es enfermera, la chiquita estudiaba como una condenada y sacaba buenas notas. El varón tiene un negocio de videografía. Hemos podido realizarnos aquí, en un mundo de libertad”, agrega, seguro de que “cuando uno pasa lo que pasó en Cuba, y aquí haces lo que quieras hacer, tienes una vida”.

Muchos les dicen mercenarios. Pero Carlos no se considera como tal. “Nosotros éramos unos teenagers que no queríamos perder lo que sabíamos que nuestras familias habían logrado en Cuba”, responde con firmeza. “Fuimos a rescatar la libertad. Mi patria no me la quita nadie”.

Si pudiera hablarle al pueblo de Cuba, le diría “que tienen un futuro, si continúan el trabajo de conciencia, de repudio al sistema. Si creyeron en eso, fue una idea utópica y eso no existe. Pero sí existe la libertad, que da chance a que tus hijos se hagan ricos, o hagan tremenda carrera, o vivan tranquilos sin matarse trabajando”, constata De Varona.

“El cubano tiene un futuro, si todos continúan desmintiendo el absurdo”. Y acude a un recuerdo que le dejó una huella imborrable: “Hace 20 años me escribe una carta una amiga que se quedó en Cuba, y me dice ‘me miro en el espejo y sé que mi vida no pasa del momento de hoy. Vivir aquí es como que la vida está parada’. El drama cubano debería servir para que al ser humano nunca se le ocurra inventar semejante absurdo”.

Lo que debe hacer la juventud en Cuba, recomienda Carlos, “es entender que el sistema no es para el progreso de nadie, es antihumano. Necesitan hacer conciencia, y que más cubanos lleguen a la conclusión de que están conscientes de que viven bajo la tutela de una finca donde hay dueños. Porque, ¿quién responde por mi vida? ¿quién me da el chance de vivir?”

“El castrocomunismo tiene para todo una explicación para atropellar a un pueblo. La familia Castro son los dueños de Cuba. Le dio la pataleta de ser dueña de un país. Fidel Castro pudo haber sido el demócrata más grande de América. No le dio la gana. Quería abusar de los demás para él tener permanencia hasta que se muriera, como hizo, siendo dueño de una isla”, asevera Carlos.

¿Tiene alguna herida de guerra? “Lo que tengo es la satisfacción de haber tratado de evitarle el desastre a mi patria. Me arriesgué”.

Cuando se lanzó a su tierra de nuevo, en abril de 1961, “cuando aterrizamos dije: ‘estoy en tierra cubana’. Increíble”, dice, intentando contener las lágrimas. Y no ha regresado. “No. Pero cuando toqué tierra dije: ‘estoy en mi país’.

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