La mujer, cuya identidad DIARIO LAS AMÉRICAS protege por razones de seguridad, ha residido desde niña en esa zona de la capital. Allí creció, estudió y se preparó profesionalmente en la Universidad de La Habana (UH). También presenció el deterioro de una ciudad que recuerda muy diferente.
“Conservo recuerdos muy bonitos de cómo era La Habana y de una época en la que no teníamos que enfrentar tantos problemas económicos. Nunca imaginé que Cuba llegaría a la situación en la que se encuentra hoy”, relató.
Treinta y dos años después, todavía le resulta difícil regresar a aquella jornada.
“Cuando me hablas del Maleconazo, se me oprime el corazón. Son tantos los recuerdos que afloran que no sé por dónde comenzar”, confesó.
La movilización surgió en medio de rumores sobre la llegada de embarcaciones que permitirían abandonar el país. Durante las semanas anteriores se habían registrado varios intentos de secuestro de barcos y otras acciones destinadas a escapar por mar.
La espera frente a la costa terminó convertida en una protesta espontánea contra el castrismo. Los reclamos de “libertad”, “abajo Fidel” y “queremos irnos” resonaron alrededor del paseo habanero y se extendieron por puntos cercanos del centro capitalino.
“Recuerdo cuando las personas comenzaron a bajar por Galiano y las calles aledañas. Al principio, nadie entendía qué estaba sucediendo, aunque el malestar ya se percibía”, evocó la testigo.
La isla sufría entonces las consecuencias más severas de la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que durante décadas sostuvo su economía mediante subsidios, intercambios preferenciales y suministros de combustible.
El poder denominó “Período Especial en Tiempo de Paz” a una etapa caracterizada por apagones de hasta 12 horas, falta de alimentos y medicinas, paralización del transporte y una pronunciada pérdida del poder adquisitivo.
Las carencias transformaron la vida cotidiana. Numerosas familias cocinaban con leña o artefactos improvisados, recorrían largas distancias en bicicleta y pasaban buena parte del día buscando algo que llevar a la mesa.
Para la residente de Centro Habana, sin embargo, aquel periodo conservaba una diferencia esencial frente al panorama presente: todavía existía la expectativa de que las dificultades fueran transitorias.
“Era mucho más joven y creía que esto tendría salvación. Pensaba que las promesas serían cumplidas, sin imaginar que, después de los 60 años, continuaría atravesando estas penumbras”, expresó.
Las fuerzas movilizadas por el régimen respondieron al levantamiento con golpes, detenciones y brigadas vestidas de civil. Imágenes de la fecha muestran a policías y partidarios gubernamentales enfrentándose a los manifestantes, mientras algunos vehículos y establecimientos sufrían daños.
Fidel Castro acudió personalmente al lugar cuando las autoridades intentaban recuperar el control. Más tarde responsabilizó a Estados Unidos del flujo migratorio y advirtió que dejarían de contener las salidas si la Casa Blanca no actuaba para detenerlas.
“Si EEUU no toma medidas rápidas y eficientes para que cese el estímulo a las salidas ilegales del país, entonces nosotros nos sentiremos en el deber de darles instrucciones a los guardafronteras de que no obstaculicen ninguna embarcación que quiera salir de Cuba”, declaró el fallecido dictador aquel 5 de agosto.
La amenaza se convirtió poco después en una política de puertas abiertas. El litoral capitalino y el estrecho de Florida comenzaron a llenarse de cámaras de neumáticos, balsas construidas con madera y cualquier objeto capaz de mantenerse a flote.
Cerca de 35.000 cubanos se lanzaron a las aguas durante las semanas siguientes. Estados Unidos interceptó a muchos y los trasladó inicialmente a la Base Naval de Guantánamo. Otros alcanzaron territorio norteamericano, fueron devueltos o desaparecieron durante la travesía.
Desde su hogar, la entrevistada conserva las imágenes de familias enteras marchándose hacia un destino incierto.
“Fueron momentos de mucho dolor y tristeza. Después vimos salir las embarcaciones improvisadas y supimos de las vidas perdidas en el mar. Cuántos padres lloraron a sus hijos; cuántos hijos no volvieron a ver a sus padres; cuántos hermanos y hermanas jamás pudieron abrazarse nuevamente”, recordó.
Nunca se estableció una cifra definitiva de fallecidos durante aquella estampida. La precariedad de los medios utilizados, las corrientes del estrecho y la ausencia de registros sobre todas las partidas impidieron conocer la verdadera magnitud de la tragedia.
La mujer considera que muchos prefirieron exponerse a una muerte casi segura antes que permanecer bajo el sistema impuesto en la nación.
“La gente perdió el miedo. Prefirió, literalmente, convertirse en carne para los tiburones antes que continuar sometida a esta mal llamada Revolución, que durante 67 años solo ha traído desgracia, tristeza y pobreza a nuestro país y que aún siguen aferrados al poder sin darse cuenta que La Habana y toda Cuba no aguanta más”, afirmó.
El éxodo funcionó como una válvula de escape para la inconformidad que había desafiado al poder en las calles. Las negociaciones posteriores entre Washington y La Habana condujeron a los acuerdos migratorios de septiembre de 1994 y mayo de 1995.
De ese nuevo escenario surgió la política conocida como “pies secos, pies mojados”, implementada por la administración del entonces presidente Bill Clinton, como una práctica aplicada al amparo de la Ley de Ajuste Cubano, promulgada en 1966 durante el Gobierno de Lyndon B. Johnson. Los ciudadanos de la mayor de las Antillas interceptados antes de llegar eran generalmente devueltos, mientras aquellos que conseguían tocar suelo estadounidense podían permanecer.
Esa disposición no concedía directamente la residencia. Quienes eran admitidos o recibían un permiso de permanencia tenían la posibilidad de acogerse posteriormente a la Ley de Ajuste Cubano y solicitar la tarjeta verde después de cumplir un año y un día en el paí, siempre que reunieran los requisitos legales.
Barack Obama eliminó “pies secos, pies mojados” el 12 de enero de 2017, apenas ocho días antes de concluir su segundo mandato y abandonar la oficina oval. Desde ese momento, los nacionales de la isla que ingresaran irregularmente y no calificaran para alguna protección humanitaria quedaron sujetos a deportación, como los migrantes de otras procedencias.
La legislación aprobada por el Congreso en 1966 no fue derogada y continúa vigente. La decisión de Obama, tras estrecharse la mano con Raul Castro puso fin al mecanismo que facilitaba la admisión de quienes llegaban sin visa y su posterior acceso a ese beneficio.
Tres décadas más tarde, las balsas pertenecen al archivo histórico, pero varias de las razones que impulsaron aquellas partidas continúan presentes.
La economía acumula seis años de retroceso. El Programa Mundial de Alimentos calcula que el producto interno bruto disminuyó 15% durante ese lapso, en medio de una recesión prolongada, inflación persistente, falta de divisas y escasez de combustible.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe incluye a la Mayor de las Antillas entre las pocas naciones de la región que volverán a contraerse en 2026. La caída ocurre después de que las propias autoridades reconocieran retrocesos en la agricultura, la industria, la producción ganadera y los ingresos en moneda extranjera.
La libreta de abastecimiento ya no garantiza la entrega puntual de productos básicos. Numerosos hogares dependen de establecimientos privados cuyos precios superan ampliamente los salarios y las pensiones; solo pueden adquirirlo quienes reciben ayuda desde el exterior.
A esa realidad se suma el deterioro del Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Las roturas de las termoeléctricas, la falta de mantenimiento y las dificultades para adquirir petróleo provocan interrupciones prolongadas, incluso los reportes actuales superan hasta más de 72 horas en la mayoría del territorio nacional. A comienzos de agosto, la red sufrió otro colapso total y volvió a desconectarse mientras los técnicos intentaban restablecerla y Miguel Díaz-Canel seguía pidiendo resistencia.
El daño trasciende la oscuridad en las viviendas. Los cortes afectan el bombeo de agua, la conservación de comida y fármacos, las comunicaciones, las escuelas, los hospitales y el transporte.
“Vivimos a oscuras no solo por la falta constante de electricidad, sino también por la desolación y la pérdida de esperanza. Sentimos el abandono de un poder que usurpó nuestra tierra y que, pese a mantenernos en las tinieblas, continúa idealizando, a su conveniencia, un modelo que ya no ofrece soluciones”, denunció.
La cúpula gobernante culpa de gran parte de las penurias al embargo, las sanciones y las restricciones para acceder a financiamiento internacional mientras no padecen lo que el cubano de a pie. Sus críticos señalan además la improductividad del modelo estatal, la ausencia de reformas estructurales, el control sobre la iniciativa privada y décadas de decisiones fallidas.
A diferencia de 1994, existen hoy pequeños negocios particulares, acceso limitado a internet, teléfonos móviles y una mayor circulación de información. Sin embargo, la infraestructura está más envejecida, la población se ha reducido por la emigración y los servicios públicos soportan un desgaste acumulado.
Las protestas del 11 de julio de 2021 demostraron que el malestar no había desaparecido. Mientras el Maleconazo se concentró principalmente en La Habana, el 11J comenzó en San Antonio de los Baños y se propagó por decenas de localidades. Las redes sociales permitieron que las imágenes llegaran al exterior casi de inmediato.
La respuesta oficial volvió a incluir arrestos, procesos penales y largas condenas. Cientos de participantes permanecen encarcelados o sometidos a diferentes medidas de control.
También cambió la geografía del escape. En la primera oleada como mismo en el Mariel, la imagen dominante fue una embarcación o una balsa alejándose de la costa. Después del 11J, miles abordaron vuelos hacia Nicaragua, territorio que eliminó el requisito de visa para los ciudadanos cubanos en noviembre de 2021, lo cual para muchos se traduce en un acuerdo entre ambos gobiernos que les dejaba ganancias sustanciales y emprendieron desde allí una extensa ruta terrestre hasta la frontera sur estadounidense.
Otros partieron hacia Sudamérica, España, Rusia, Serbia o cualquier destino donde pudieran rehacer sus vidas. La vía dejó de ser exclusivamente marítima, pero la decisión de marcharse continuó separando familias y vaciando comunidades.
La fuente interpreta esas estampidas como una estrategia recurrente para reducir la presión interna.
“El Maleconazo es, para mí, otro de los crímenes más atroces que Fidel Castro y su Gobierno escribieron en la verdadera historia de Cuba. Se repite la fórmula, aunque con distintos ingredientes: abrir una vía de escape para aliviar la presión social y continuar perpetuándose en el poder”, sostuvo.
“En 1994 fue por mar. Después del 11 de julio, la ruta comenzó con un avión hacia Nicaragua y continuó por tierra hasta Estados Unidos”, agregó.
La comparación entre ambos periodos no significa que la historia se reproduzca exactamente. El contexto internacional es distinto, el fundador del sistema fallido ya no está y la sociedad ha experimentado profundas transformaciones. Tampoco puede anticiparse si el agotamiento colectivo desencadenará otro levantamiento, lo cual es perfectamente probable e incluso podría ser a mayor escala.
Pero las condiciones que precedieron a la jornada del 5 de agosto vuelven a reconocerse en los hogares antillanos: apagones extensos, dificultad para conseguir alimentos, deterioro del transporte, falta de medicinas y una creciente sensación de abandono.
La diferencia más profunda puede encontrarse en las expectativas. En aquel momento, muchos pensaban que el colapso soviético obligaría al castrismo a cambiar o que las privaciones terminarían cuando pasara la emergencia. Transcurridos 32 años, una generación completa ha envejecido aguardando esa transformación.
“Atravesábamos el Período Especial, pero, a mi juicio, aquello no se compara con lo que vivimos actualmente. Esto es más difícil, más duro. Ya no tiene explicación ni existen palabras capaces de describirlo”, aseguró.
La habanera continúa residiendo cerca de las calles por las que vio avanzar a los manifestantes del Maleconazo. Superó los 60 años y recuerda una urbe que, para ella, parece cada vez más distante, aunque es de los miles se cubanos que ponen que ponen sus esperanzas me dice, “primero en el todopoderoso y luego en Marco Rubio y Donald Trump.”
En 1994 observó a sus compatriotas caminar hacia el Malecón y luego internarse en las aguas. Hoy contempla otra clase de naufragio: el de una nación donde la oscuridad ya no procede únicamente de la falta de electricidad.