Especial

MIAMI.- Las oficinas de la jurista Grisel Ybarra resumen su vida personal, profesional y, en cierta medida, la historia el exilio cubano. Cuadros y efigies de santos, la mayor parte de ellos, regalos de sus clientes, diplomas, certificados, fotografías de sus años escolares, cuadernos de estudios, trofeos. Toda una pared muestra portadas de periódicos que recogen su arresto a raíz de las protestas en Miami, en el 2000, por el caso del niño Elián González. Una de ellas es de DIARIO LAS AMÉRICAS.

Cuando terminemos la entrevista y salgamos, casi dos horas después, encontraré el salón lleno de clientes esperando su turno.

Ahora la abogada nos da la bienvenida y de inmediato empezamos a conversar mientras mi colega JJ toma fotografías. Grisel cuenta que procede de una familia cubana acomodada, residente en la barriada de Santos Suárez, en La Habana, y llegó al exilio en 1962, con 8 años. Los primeros años en Nueva York fueron muy difíciles y junto con su hermano recogía botellas y las vendía para ayudar a sus padres. Estudió abogacía en la Universidad de Miami y es tal vez la única abogada en recibir un Emmy Award, en 1987, por un programa especial dedicado a jóvenes nicaragüenses.

Abogada de inmigración

Ybarra abrió su oficina en 1978, así que lleva 40 años ejerciendo. “Al principio se reían de mí; me decían que solamente negros e indios serían mis clientes. Decidí ser abogada de Inmigración cuando nadie quería serlo”.

Es apasionada con su trabajo y lo disfruta mucho. Ybarra combina la erudición legalista con lenguaje popular y salpicaduras de palabrotas. “Me encantan mis clientes, me río mucho con ellos. Pero cuando me empiezan a joder mucho, les digo que, como abogada, tengo dos precios: el del cliente paciente y otro, el del cliente jodedor, que es más caro. Entonces se calman”.

No idealiza su profesión, que se presta para manejos turbios de parte tanto del profesional como del cliente. “En Inmigración están los abogados más ladrones del mundo, pues ellos te venden esperanzas. El cliente paga y paga y, al final, le dicen que lo sienten, pero que no se pudo hacer nada. Yo nunca hice eso”.

Sumamente meticulosa, tiene encuadernados los libros de citas de clientes desde que empezó a ejercer. Son decenas de libros que compendian su carrera. ¿Cuál es el impulso que la lleva a tomar un caso y conducirlo con ardor hasta el final? “Entro a la Corte a pelear por mí; ganaré el caso tuyo por mí. Por mi nombre, mi reputación, mi trabajo. Tú eres el beneficiario de mi orgullo. No le digo a nadie lo que desea a escuchar ni al juez ninguna falsedad”.

Ybarra parece seguir al pie de la letra una profecía que le revelaron hace ya mucho tiempo. “Me dijeron ‘mientras no jodas a nadie, subirás como la espuma; el día en que te dediques a joder a la gente, reventarás como un siquitraque’. Es que en este trabajo se puede hacer dinero sin engañar a nadie. Yo le digo lo que pienso a la gente, sin rodeos”, subraya.

Y para demostrarlo, me relata un caso: “Aquí vino un señor que se ganó $13 millones en la lotería. Malamente sabía leer. Tenía orden de deportación. Lo primero que hicieron, él y su mujer, fue ponerse dentaduras de oro. Quiso que defendiera su caso como inversionista. ‘Mire, señor, con todo respeto —le dije—, tome ese dinero y regrese a su país, porque allí será un cacique, la gente le besará los pies. Pero le aseguro que no podrá obtener la residencia en Estados Unidos. Esa inversión tiene que venir desde fuera y el dinero lo ganó aquí’. Me respondió: ‘Oiga, usted es la única persona que no ha tratado de venderme un negocio”.

Y siguen los casos…

“Vienen a mi oficina y dicen: ‘Doctora, cometí un error’. Mira, llegar a un lugar el lunes si la cita es el miércoles es un error. Pero si te encuentran 5 kilos de cocaína en el maletero de tu auto, eso no es un error: ¡es un delito! En la corte hay que decir la verdad. Nunca he perdido un perdón en casos de droga, porque siempre digo la verdad”.

Cuando platica con un cliente se vale del lenguaje popular para hacerse entender. O echa mano de los objetos que le rodean. Como una presilladora, que ahora me enseña.

“Otra vez vino un señor y me dijo que su hijo estaba loco y había violado a una niña de seis años. Si me vienen con un cuento así, lo que hago es darle una presilladora. Si se presilla un testículo, está loco; si no lo hace, es que no está loco: es un sinvergüenza. Por eso no acepté el caso, aunque el señor había puesto sobre la mesa un cheque de $50,000”, indica.

El caso Elián

Este es quizá el episodio más polémico de todos cuantos ha vivido la abogada. Empero, por la gran cobertura que se le dio, le permitió convertirse “de abogada más o menos conocida en una mujer famosa”.

El 25 de abril del 2000, cuando los exiliados convocaron a protestas en todo el Condado por el asalto a la casa de los familiares de Elián González, Ybarra y el comentarista radial Tomás García Fusté decidieron recaudar fondos para ayudar a pagar las fianzas de los cientos de detenidos por las protestas. Mientras Ybarra recogía dinero entre los automovilistas, la Policía de Miami trató de que abandonara la calle y ella forcejeó con una agente.

A resultas de ello, afrontó cargos por resistir el arresto y por desobedecer la orden de un policía. Fue la única, entre los 435 acusados, que fue llevada a juicio. El caso fue sonado y lo ganó.

Abogada mediática

Es tal vez la más mediática entre los abogados del sur de la Florida. Desde fines de los 70 ha estado presente en la radio con Tomás García Fusté, Eduardo González Rubio, Enrique Gratas, Martha Flores; y es invitada habitual en programas de televisión de América TV, Univisión, Mega TV, entre otros.

Su ascendencia en la comunidad hispana la debe al dominio de su profesión y al manejo del idioma. “Cuando llegamos, mis padres pensaban que solo era por unos meses, que aquello se caería. Mi madre se empeñó en que no olvidara el español. Así que todas las noches le leía, desde la primera página hasta la última, el único diario en ese idioma que circulaba: DIARIO LAS AMÉRICAS. ¡Me sabía el nombre de todos los muertos centroamericanos! Así que mi español se lo debo al diario de Horacio Aguirre”.

“Empecé a hacer radio muy joven, con 24 años, y casi por casualidad. Un abogado amigo me preguntó si quería ir a la radio pues él tenía un compromiso. Así empecé con Fusté”. Después del éxito de aquel primer programa, continuó yendo todas las mañanas a contestar preguntas. “Por eso, durante el éxodo del Mariel, estaba ya en la radio. Fue un momento excepcional: la gente se cansaba de llamar”, recuerda.

No obstante, siempre rechazó contratos. “Quise ser libre, ir adonde quisiera”. Tampoco pagó por presentarse en programas. “La gente me escucha”, afirma, de ahí los altos ratings cada vez que aparece en los medios.

Con todo, recuerda especialmente su programa radial con Jaime de Aldeaseca, que se extendió durante 20 años. El exsacerdote capuchino, natural de Salamanca, conducía un programa cuyo título, “Mientras el mundo gira”, era similar al que tuvo en Cuba en los años 50.

“Aldeaseca era un hombre muy difícil, quizás por ser tan inteligente. Con la edad, la gente se torna intransigente con la ignorancia. Le rectifiqué algunas veces y por eso le caí superbién”. En Miami todavía se recuerda aquellas broncas, las noches de los miércoles, entre el erudito y redicho comentarista y la abogada: ella diciéndole que no hablara tan fino, que nadie lo entendería; él, que contuviera su lenguaje, que suprimiera las palabras inadecuadas.

“Jaime fue un gran amigo y me enseñó mucho; todavía lo lloro”. Aldeaseca murió en el 2004. “Fuimos amigos hasta su muerte”, dice la abogada y se le aguan los ojos.

Trump y la política

Ybarra declara que está inscrita como “demócrata”, pero aclara que vota por quien le convenza. Desde luego, caemos en el caso “Trump” quien, entre tuitazos y declaraciones espontáneas, que luego su equipo contradice, va ensartando conmoción tras conmoción.

“Entiendo cómo habla el Presidente: dice las cosas y sigue caminando. Pero tiene bastante razón: la inmigración ha deteriorado al país de una manera increíble. Cuando llegué, en los años 60, era un bochorno recibir la ayuda del gobierno. Los cubanos no queríamos nada, solo habíamos venido a trabajar. El refugiado viene temporalmente y sueña con regresar”.

Con una frase, Ybarra puede desentenderse de lo “políticamente correcto”. “El inmigrante del siglo pasado vino a construir; el de ahora, viene a destruir”, dictamina. Luego, a lo largo de la entrevista, matizará.

Las diferencias generacionales son muy marcadas. Aquel exilio de los 60 en nada se parece a este.

“Muchos llegan con una actitud desafiante, buscando lo que el país les puede dar. Los veo en la oficina y me dan una lástima enorme. Piden asilo, refugio, les dan todo tipo de ayuda —dinero, food stamps, servicios médicos gratuitos— y lo primero que hacen, una vez que obtienen la residencia, es volver a su país. La mayoría viene buscando un porvenir, pero muchos lo hacen de la manera incorrecta. Somos la capital del fraude en Estados Unidos: en seguros, Medicare, Real Estate”.

“Se han cometido muchos abusos. Y la bomba atómica para acabar con estos se llama Donald Trump”, afirma convencida.

Reforma migratoria

Ybarra augura, basándose en su experiencia y en las tendencias que observa en la política del gobierno, que se acercan tiempos difíciles en materia de inmigración.

“Se acaba todo: la lotería de visas, la ley de ajuste, la reunificación familiar. Anunciaron la suspensión del TPS para Nicaragua y del programa de Menores Centroamericanos (CAM, en inglés) que permitía a niños de El Salvador, Guatemala y Honduras pedir el estatus de refugiados”.

La abogada también pronostica el fin de la ayuda a las madres solteras. “Es muy cómodo tener un marido, no casarte con él, y que yo, el contribuyente, mantenga a tus hijos. Esas mujeres, algunas con 7 y 8 hijos, alegan que Dios se los manda. Mira, yo soy católica, apostólica. ¡y hasta santera, va! Dios le mandó hijos a la Virgen María. Es la única. Las demás hicieron el pedido. Si vas por la calle Dios no te hace barrigas. Eso no existe”, apunta.

En general, la tasa de natalidad en Estados Unidos ha estado disminuyendo en los últimos años en relación con el debilitamiento de la economía. Así y todo, hay ciertamente casos que acusan una forma de corrupción privada: parir para cobrar.

“Cruzas la frontera, el gobierno te da ayuda para tus hijos y con ese dinero también mantienes a tu familia en tu país de origen”.

Dreamers Will Be Ok

La abogada estima que los dreamers conseguirán el sueño por el que han clamado. “Es imposible deportar a tantos: son 800 mil personas”. Sin embargo, insiste en que no se puede “pedir limosna con escopeta; no puedes exigir algo a lo que no tienes derecho”.

Con todo, las negociaciones se anuncian complicadas. La Casa Blanca ha puesto condiciones y entre los republicanos existe el temor de que, al legalizar a tantos jóvenes, esto pudiera incentivar la inmigración ilegal. La abogada considera que no sucederá. “Sin poner un ladrillo, Trump ha rebajado la inmigración ilegal a casi la mitad. Él mismo es la pared”, afirma.

A propósito del adjetivo “ilegal”, es casi un acuerdo tácito que no debe decirse inmigrante “ilegal” sino “indocumentado”. “Los únicos indocumentados que he visto son aquellos que estuvieron en los campos de concentración nazis. A ellos les quemaron todos los documentos, por eso venían con affidavits para asegurar que eran familia. Pero cuando tienes pasaporte o cédula de nacimiento, no eres indocumentado”, señala Ybarra. “Tienes documentos, lo que ocurre es que no te sirven en este país. Por tanto, eres ilegal. Se les denomina por eso illegal aliens”, o sea, extranjeros ilegales”.

La discusión, sin embargo, no esconde el hecho de que son cerca de 11 millones de indocumentados o ilegales, por lo bajo, y que el problema debe resolverse de alguna manera. Otros intentos por resolverlo, como parte de una reforma inmigratoria, fracasaron.

“Si eres ilegal, no puedes exigir nada; ahora bien, sí puedes demostrar que eres merecedor de lo que pides. Los estadounidenses son muy generosos y pueden apoyar una justa demanda. Fui testigo de la lucha por los derechos civiles. Martin Luther King Jr. y decenas más se paraban en una esquina en silencio, correctamente vestidos, y hacían su protesta. Había que respetarlos. Y ganaron; no hubiera sido ese el resultado, si la protesta hubiera sido escandalizando y vandalizando”.

Desde luego, ha pasado medio siglo y muchas cosas no son como antes. No solo ha cambiado la manera de vestirse sino también de comportarse, lo cual no excluye la forma civilizada de protestar pacíficamente.

Abusos y abusos

En las agencias que atendían hasta hace poco el incesante flujo de cubanos recién llegados, sorprendía lo bien informados que estaban acerca de sus beneficios y derechos como refugiados. Algunos traían un papel con todos los pasos, direcciones y hasta lo que debían decir. Toda una sabiduría popular concentrada para empezar su vida nueva en “Yuma”.

Mucho se ha hablado sobre el abuso de la generosidad estadounidense. Pocos reparan que la falta de educación cívica y moral es un déficit del Hombre Nuevo. Es muy probable que sus representantes ni siquiera se hayan dado cuenta de dónde está la falta y no entiendan las críticas. Ybarra lo explica claramente:

“La Ley de Ajuste fue concebida para los refugiados. Se supone que un refugiado no regresa al país donde aún sigue el mismo gobierno del cual pidió refugio. Si en la frontera dices que vienes huyendo de la represión comunista, recibes los beneficios de un refugiado, y al año regresas a Cuba, te has burlado del país que te acogió”, señala.

Y continúa: “A los cubanos les dan beneficios de refugiados aun sin tener el estatus. En la frontera dicen que habían sido perseguidos en la isla y ya antes del año, cuando solicitan la residencia, piden el permiso para ir a Cuba. Así que han mentido y la prueba es que viajaron a Cuba. Le tomaron el pelo al funcionario americano”, enfatiza. “Los dejaron entrar con un Parole humanitario y fueron derechitos a la 27 y la calle 8 a solicitar la ayuda para los refugiados”.

En los 60, los que abandonaban la isla eran considerados apátridas, traidores. Ahora hasta el propio gobierno alienta la emigración por la necesidad de divisas. Antes hacían mítines de repudio; hoy celebran la partida en el centro de trabajo. Son, más bien, emigrantes económicos. ¿Qué hay de censurable en regresar para ver a la familia? Si alegaste persecución, estima Ybarra, todo.

“En mi caso, nunca he regresado a Cuba. ¿Cómo voy a hacerlo si tiraron una lata de gusanos al jardín de mi casa? Me acuerdo de la pecera en el aeropuerto; nos desnudaban y hacían saltar a los viejos para ver si escondían algo. No lo perdono. Cuando Cuba sea libre quizás regrese”, enfatiza.

Otro ejemplo de abuso es el que se manifiesta cuando se solicita la residencia como persona de bajos recursos para conseguir una rebaja en la tarifa. El dinero, en cambio¸ sí aparece para viajar.

“Mientras la solicitud para la residencia está pendiente, esas personas piden autorización para viajar a Cuba (Rentry Permit, que vale $400). ¡Hay que ser caradura! Los americanos deben estar hartos”.

Ybarra está convencida de que hay que prestar ayuda a los que lo necesitan, y eso es un principio que ha puesto en práctica en su vida personal y profesional. Hay casos que, sin embargo, la sacan de quicio.

“Aquí vino una persona, con un salario de $300.000 anuales, que deseaba reclamar a su anciana madre y me preguntó si a su llegada le darían ayuda. Le sugerí que preparara un affidavit, pero se negó. Como la señora tiene pasaporte español, al llegar al aeropuerto pidió acogerse a la ley de ajuste. Entiendo que la gente quiera tener a sus familiares cerca, pero deben hacerlo con sus recursos, no con el de los contribuyentes”, sostiene.

“Trump es el que ha dicho: ‘¡Nos están jodiendo!’. La gente no se da cuenta de que este es un país for the people by the people. Si un ilegal se enferma y el tratamiento cuesta dos millones, ¡somos nosotros quienes tenemos que pagarlo!”.

Cubanos: ¡residencia en peligro!

Se hablado de la revocación de la residencia permanente o ciudadanía a cubanos que, amparados bajo un asilo o refugio político, visitan Cuba. ¿Cuán cierto es esto?

“He sabido ya de siete casos a quienes les negaron la residencia por lo que se denomina ‘intención preconcebida’. Si le dices al cónsul que vienes a visitar a una amiga, no puede ser que en el mismo aeropuerto reclames la ley de ajuste y la ayuda. Al parecer, en la entrevista para la residencia han salido a relucir las declaraciones en La Habana, comprobando que le mentiste al cónsul, que es un funcionario del gobierno americano”.

“Hasta ahora, al solicitar la ciudadanía o residencia nunca se remontaban a atrás. Nadie sabe si eso cambie y descubran los viajes que hiciste. La base de tu residencia es lo que dijiste al llegar; si dijiste en la frontera que te hostigaban y, sin embargo, has viajado a la isla, pudieras tener problemas”, asegura.

Venezolanos: ¡allí fumé!

Ybarra ha dicho en otra ocasión que mientras a los venezolanos, sometidos a persecución y “donde matan a la gente en las calles”, se les detenía en la frontera y se les retenía durante 6 y 8 meses, a los cubanos les dejaban pasar. “No era justo”, dice. Tal situación quedó atrás. Sin embargo, surgen nuevos problemas.

“Al principio del exilio venezolano, todo el mundo quería asilo político, pero también poder regresar a la boda, bautizo u otra celebración de familia. Si hubieran adoptado la decisión de no regresar, no tendrían el problema de credibilidad que afrontan ahora. Lo mismo que ocurre con los cubanos”, argumenta.

También hay soluciones, si se sabe hallar el camino.

“Muchos de ellos tienen casos bien sólidos, pero ahora exigen pruebas. No puedes alegar que la cosa está difícil, que no hay trabajo, alimentos o medicinas. Hay que demostrar que sufres persecución o que hay temor cierto de que te persigan. Tienes que tener una base y estar dispuesto a no regresar”, indica.

“Ahora bien, algunos llevan más de 15 años aquí, hijos nacidos en este país o que están en las Fuerzas Armadas o son ciudadanos de Estados Unidos. Entonces, si tienen orden de deportación, pueden pedir que se revise su caso”, recomienda.

Ybarra conoce muy bien a los venezolanos, con quienes viene trabajando desde 1980. “Atendí muchísimos casos en una oficina de Caracas”, dice. “Fueron los primeros en emigrar cuando la primera devaluación del bolívar. El venezolano ha tenido mucho éxito en Estados Unidos: cuentan un alcalde, estaciones de radio y TV y diarios. En ese sentido, se parece al cubano; otros países no pudieron lograr eso”.

Una vida magnífica

Grisel Ybarra confiesa que se siente satisfecha con la vida que le ha tocado. Por sucederle, le ha sucedido todo: hasta anunciaron su muerte, en abril de 1989, cuando tuvo un accidente. “Ya habían preparado misa para el descanso de mi alma”. Reitera que “no cambiaría nada en su vida”. “Mi hija es arquitecto y tengo tres nietos”.

Nunca le ha preocupado su apariencia, porque” lo más importante es lo que se lleva por dentro; lo de afuera es pasajero”, pero me asegura que todo en ella es natural. “Nada de siliconas”, advierte.

Cuando una persona viene a consultarla, se pregunta si quisiera tenerlo como vecino. En caso negativo, no acepta el caso. “Porque este país es mi casa. Me ha dado tantas oportunidades, que no le haré daño. Agradezco mucho a Dios y a mis santos por todo lo que me han dado. Y no quisiera pararme ante Dios con una mala acción en mi pasado”, afirma.

“No soy santa”, aclara. “Me siento en el último banco de la iglesia, porque no me creo con derecho a sentarme en primera fila. Pero en cuanto a mi carrera, I am happy. It’s a good life. Este país me ha dado tremenda vida. Soy cubana de nacimiento, pero I am American by choice. I love United States.

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