MIAMI.- “We are the champions, we are the champions”, sonaba la afamada canción cada vez que un paciente salía curado del hospital, y José Molina, convaleciente de coronavirus y profesor de literatura, recuerda como fueron aquellos días duros e inolvidables.

“Escuchaba la canción todo emocionado mientras me sacaban por el pasillo en mi silla de ruedas. La fanfarria de Freddy Mercury sonaba en altavoz entre aplausos y vítores. We are the champions, repetía. Sabía que cada vez que un paciente salía de alta, en el hospital ponían esa canción. Pero una cosa es escucharla y otra cosa bien distinta es vivirla. Máxime cuando 27 días antes pensé que el coronavirus me arrebataría la vida y sería una de esas cifras que aparecen cada jornada en los periódicos”, relató.

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El contagio

“Realmente, yo estuve rehuyendo al COVID durante mucho tiempo”, reconoció Molina, que aquí en Miami trabaja como asesor de seguros médicos y dramaturgo. El hombre quiso compartir su testimonio para “que veamos la parte de los hospitales que muy pocas veces se refleja en los medios”.

Toda la familia de Molina contrajo el coronavirus. “Siempre estuve rodeado de personas que se habían contagiado. Por ejemplo, mi cuñada, que vive con nosotros, dio positivo. La hija de mi cuñada, el esposo y el niño también. Mi hija, su esposo y mis nietos. Y aunque cumplimos con las medidas de distanciamiento y nos lavamos las manos. Se contagiaron todos. Yo fui el último en dar positivo”, relató.

Los síntomas le indicaron al dramaturgo que debía ver a un doctor. “Me comenzó un malestar general. Una tos seca persistente. Tuve escalofríos y fiebre. Me autoengañaba diciéndome que todo se debía a una alergia. Pero, por una cuestión de responsabilidad ante mis colegas del trabajo, me hice el test y resultó que estaba enfermo”, detalló.

En casa

Molina y su esposa regresaron a su casa para aislarse y pasar la enfermedad. “A partir de ese momento, mi sistema respiratorio comenzó a deteriorarse, de manera gradual pero acelerada. Hasta que la falta de aire me impedía respirar. Mi esposa, muy preocupada, me llevó a un centro de emergencias que forma parte del Baptist Hospital, donde casi me desmayé. Tras las pruebas, confirmaron que tenía COVID-19 y una severa neumonía”, aseguró.

La noche del 24 de julio, Molina ingresó en el Regional Hospital de Pembroke Pine, en Broward, al norte de Miami. “Un equipo multidisciplinario de médicos me atendió. Me pusieron una máscara de oxígeno y comenzaron a controlarme la diabetes”, explicó.

“Vi la muerte”

El segundo día en el hospital fue crítico. “Estaba con la máscara de oxígeno a 100%, pero mis pulmones no se llenaban de oxígeno. Me iban a enviar a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) para entubarme (colocarle un respirador). Pero entonces ocurrió lo que considero el toque de un ángel. Una enfermera, de la que nunca voy a olvidar su rostro, me dijo que tenía que respirar y que, por favor, le tomara las manos. Juntos hicimos un ejercicio respiratorio. Ella poco, a poco, me fue sacando de aquel estado de shock. Esa noche pudo suceder cualquier cosa. Recuerdo que, mientras hacía los ejercicios con la enfermera, imaginaba al famoso personaje de La Parca (el augurio de la muerte) en una esquina de mi habitación, mirándome sobre sus espejuelitos y diciendo con sonrisa burlona ‘hoy no te me escapas’. Pero no fue así”, sostuvo.

El personal

Molina considera que en el equipo médico que le atendió hizo con él el trabajo promedio y rutinario que hace cualquier equipo médico en cualquier hospital de Florida. “Ellos se están exponiendo a la enfermedad a diario. Sin embargo, los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza no se limitan simplemente a hacer su trabajo”, enfatizó.

“A pesar de los protocolos que les prohíbe excederse con los pacientes, sientes que te rozan la piel con el dorso de su mano. Te contactan. Ese roce se traduce en humanidad”, aseguró.

Molina describe al personal de limpieza como jovial, risueño y optimista. “Cada mañana entraban a mi habitación y me preguntaban cómo estaba. Me abrían las ventanas y me hablaban de lo bonito que estaba el día. Me hacían mirar al exterior, al cielo y me insuflaban ganas de vivir”, subrayó.

Y precisó: “Uno está muy solo en un hospital. La soledad es aplastante. Lo que uno desea es estar con su familia, con su mujer, en su casa. Anhelaba dormir en mi cama, por eso se agradecen todos estos gestos de humanidad”.

Hospital resort

Uno de los aspectos que más le sorprendieron a Molina del hospital fue la comida. “Yo me sentía en un resort. No exagero. Tenía en mi habitación un cuarto de baño perfectamente limpio, un lavamanos impecable, todo muy aséptico. La ropa de cama la cambiaban todos los días.

En el hospital hay un servicio de comida que llamaban cada mañana y me leían el menú de desayuno, el menú de almuerzo y el menú de comida. Siempre con dos o tres opciones. Tenían diferentes tipos de leche, de yogurt, podía pedir té o gelatina. Los alimentos los presentaban como si fueran un plato de restaurante”.

Luego describió como “la dietista llamaba todos los días y preguntaba qué me había parecido la comida. Indagaba sobre mi estado de salud, mi peso, si tenía alguna intolerancia o si no me gustaba algún tipo de alimento para sustituirlo por otro”.

Aún impresionado, Molina recuerda cómo la asistente le dijo un día: “Le cambié el yogurt que pidió por otro porque usted es diabético y ese le va mejor”.

“Eso fue otro milagro”, reconoció.

Cosas empeoran

Sin embargo, una semana antes de salir del hospital, el dramaturgo tuvo una recaída. Presentó un sangramiento intestinal. La hemoglobina le bajó de 13.7 a 7.4.

“Tenía una gran anemia y se me agudizó la falta de aire. Con una endoscopia detectaron una úlcera perforada que cauterizaron al momento. Después estuve tres días sin poder moverme”, recordó.

A partir del momento en que recibió una transfusión de plasma, su recuperación se aceleró.

We are the champions

El 8 de agosto, la jefa de pulmonología del hospital se acercó a su habitación. Conversó con Molina “y me dijo: estás de alta”.

“No sabía qué hacer. Llamé a mi mujer. Algunas enfermeras se acercaron y me ayudaron a recoger mis cosas. En la puerta de mi habitación apareció la silla de ruedas. Me senté y comencé a escuchar a Freddy Mercury entonando ese himno a la victoria, rostros enmascarados pero sonrientes aplaudían a mi paso. Había logrado no ser una de esas cifras que banalizan en los medios cuando se apaga una vida”, citó.

A la pregunta de si recuerda el nombre de la enfermera que le tomó de las manos y le ayudó a respirar, Molina respondió: “Si te dijera que se llama fulana de tal, estaría dejando fuera el amor, el cariño, la devoción y la entrega del resto del personal. No recuerdo su nombre. Ese es el misterio de las cosas. Pero creo que esa enfermera tiene la cara de todas las enfermeras que enfrentan con tanta valentía este horrible virus. Esas son las campeonas”, recalcó.

cmenendez@diariolasamericas.com
@menendezpryce

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