@GrethelDelgadoA

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MIAMI.- Estamos reunidos frente a un edificio de dos plantas en Wynwood. Un enorme mural, en el 427 de la calle 34 del NW, cubre una de sus paredes y muestra el rostro de Carlos, que resalta sobre un colorido horizonte de mar y ciudad. Quienes pasan miran con curiosidad. Otra obra de arte más para Wynwood, podrían pensar. Pero se trata de un homenaje a un amor que comenzó hace años en Bolivia y que terminó, años más tarde, en el mismo lugar.

Es así: Carlos Balcázar y Daniel Kwacz se enamoraron. Sobre todos los obstáculos, los prejuicios y los miedos, prevaleció su amor. Y fue tan fuerte, que una vez juntos no hubo quien los separara. Ni siquiera la muerte, porque cuando dos seres se aman tanto, la muerte es una bochornosa mentira, un pálido intento de opacar algo que, Daniel bien lo sabe, no tiene fin.

Brickell, 2019

Esta historia lleva días dándome vueltas en la cabeza. Escucho Hallelujah en bucle y Leonard Cohen ya tiene los dedos rasgados de tanto tocar la guitarra. Regresan una y otra vez a mi mente la forma en que Daniel ordenaba sus cosas en la mesa, mi café al lado del periódico, y el aleteo de las servilletas por la brisa, servilletas que Daniel usaba, una detrás de otra, detrás de otra, de otra, para secarse las lágrimas.

Fue una entrevista difícil, porque aunque uno quiera contar una historia de manera objetiva, en este caso no valen esas reglas. Las cosas como son.

Daniel me contó en una tarde 20 años de su vida. Me habló de Carlos, de cómo apareció, y también de cómo se fue. Abrió su libro, mostró aquello que más le duele. Yo solo lo acompañé, fui una privilegiada al escuchar una historia de amor tan real, lejos de los instintos banales del like y el deseo vacío.

Este es un relato visceral, pero, sobre todo, una historia de amor. Y con amor la intento contar.

Carlos y Daniel Wynwood,
Carlos y Daniel (@jdanielkh), durante uno de sus viajes a Francia.

Carlos y Daniel (@jdanielkh), durante uno de sus viajes a Francia.

Buenos Aires, 2018

Daniel permite que me acerque a sus recuerdos. I've seen this room and I've walked this floor. Estamos en el Palacio Duhau, en Buenos Aires. I used to live alone before I knew ya. Se escucha Hallelujah. Carlos y Daniel se casan. And love is not a victory march. Ya Carlos está enfermo, pero no hay quien le quite la sonrisa. Está radiante: deseaba mucho casarse con Daniel y hoy disfruta a plenitud el día de la boda. It's a cold and it's a broken, Hallelujah.

Hace tiempo Carlos le había dicho que soñaba con hospedarse en ese famoso hotel bonaerense. Daniel preparó la sorpresa. Irían por un supuesto trabajo y el primer hotel, como estaba planeado, sería un desastre, de modo que tendrían que cambiarse a otro. Al entrar al palacio Carlos no puede contener la emoción al ver las flores, los amigos cercanos, la hermosa voz que canta Hallelujah.

Houston, 2018

“Pocos meses”, le dijeron a Carlos los médicos en Houston; “poco tiempo”, le advirtieron en Chile. El tumor en su cabeza no era nada alentador. Las prioridades se organizaron y el tiempo se convirtió en la palabra más usada. Por eso Daniel siguió haciendo maletas, con el sabor amargo de quien recuerda la infinidad de veces que, juntos, hicieron sus maletas para viajar por el mundo. Carlos continuó su tratamiento en un hospital de Houston, y Daniel a su lado, inseparable, sin perder la fe, entre un desvelo y otro. Los médicos, ya parte de la familia, se maravillaban ante la fuerza de Carlos para romper todos los pronósticos: casi 18 meses.

Carlos siempre pedía estar con Daniel, “solitos”, el mayor tiempo posible. Le rogaban un día más a la vida. Y ese día llegaba, y otro día, y otro, y ambos sabían lo que no querían aceptar, aquello que no entendían y era injusto sobremanera. Estaban listos para partir a Bolivia, despedirse donde comenzó todo.

Bolivia, 2004

Se conocieron en Bolivia porque la empresa donde trabajaba Carlos necesitaba un consultor. Entonces llegó Daniel. A partir de ese momento, todo se fue dando de manera progresiva. No importó que Carlos estuviese divorciado, que tuviera dos hijos. “Me enamoré de una persona, de un ser humano”, relató Daniel. Lo que sentían era tan liberador y verdadero que ambos entendieron, por primera vez, de qué se trata el amor.

“En abril del mismo año me propuso matrimonio”, contó Daniel. Hicieron planes, tenían el mundo a sus pies, una vida por delante. Construyeron juntos un refugio, colgaron sus cuadros, los objetos que habían guardado por tanto tiempo, como si supieran, de algún modo, que les aguardaba este momento. Crearon un hogar de dicha, felicidad, unieron sus pasiones, sus gustos, sus sueños.

Eran felices. Y esa felicidad, esa eterna sonrisa de Carlos, es algo que Daniel siempre recordará. La fuerza y el aliento positivo de Carlos dieron no pocas lecciones de vida a quienes le rodearon en sus últimos momentos.

Para Carlos la vida era una fiesta, y como una fiesta la vivió, aunque la enfermedad y el tiempo atentaron contra él. Para él la muerte no era tal cosa, y hasta que tuvo fuerzas se lo demostró a Daniel. Hoy Daniel plasma esa sonrisa llena de luz en el mural -me atrevo a decirlo- con más amor de Wynwood.

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