Uno siempre añora lo que no tiene y el debate sobre el supuesto frío que estos días disfrutamos/sufrimos en Miami es una clara prueba de ello. Muchos de los que defienden esta ola de aire fresco han nacido en el sur de la Florida o viven aquí desde hace años y son procedentes de países cálidos. “Que rico este frío”, repiten mientras se ajustan una gorra rescatada del baúl de los recuerdos o se ajustan una chaqueta que llevaba años durmiendo en el armario. “¡Qué delicia, tomar un chocolate con churros a tan baja temperatura!”, recitaba un conocido locutor radiofónico matutino de origen dominicano.
En el otro bando, donde me posiciono, estamos los que venimos de países en los que hace “un frío que pela” en invierno. Recuerdo los gélidos días de diciembre, enero o febrero en Madrid como una declaración de guerra al espíritu infantil y juvenil. Las bajas temperaturas, el viento y la lluvia eran enemigos de quienes disfrutábamos viviendo en la calle. Jugar al fútbol de niños o buscar un rincón para arrancar un beso de nuestra novia adolescente eran actividades que necesitaban unas buenas condiciones climáticas que no siempre disfrutábamos.
Así que, en lo personal, no me gusta nada este simulacro de invierno que vivimos en Miami. No me gusta el frío, y la mayoría de las casas y locales de por aquí no están muy preparados para paliar esta ola. Quizás ya agoté mi cupo de tolerancia vital al frío. Puedo resistir sin chocolate con churros o, si me antoja uno, puedo prender el aire acondicionado para crear ambiente. Lo que sí me engancha de este rincón del mundo es nadar en la piscina, disfrutar del mar, caminar bajo el sol. Actividades que estos días he suspendido mientras hago ansioso seguimiento de la información meteorológica.
Cuando era niño, durante once meses al año soñaba con el mar y la playa. Uno sólo iba a la playa un mes al año. Preferentemente, agosto. El 31 de julio, toda la familia se embutía en un auto SEAT 124 blanco y emprendía camino a Benidorm (Alicante) y años después, a Fuengirola (Málaga) ya con un carro más amplio y moderno de la marca Chrysler.
Con muchos menos kilómetros de autopista que ahora y bajo un sol de justicia, el trayecto se hacía interminable. Comíamos bocadillos con mucho pan y poco jamón, incrustando mutuamente el codo en la cara del hermano. Siempre algunos de nosotros vomitaba por el mareo –con la correspondiente parada limpieza- y era un día muy propicio para violentas discusiones familiares por los asuntos más intrascendentes.
Pero nada de eso importaba, a las 12 horas de salir del centro de Madrid, cuando intuías a lo lejos el mar y el ruido de las olas, todo había merecido la pena. El mes de agosto era sinónimo de felicidad, sol, playa, amigos y primeros amores. Ahora mis hijos, que disfrutan de playa casi 365 días al año, me gritan “no me gusta la playa, es aburrido, me molesta la arena”. Está claro que deseamos lo que no tenemos y no valoramos lo cercano. ¡Qué vuelva ya el calorcito!