El fin de semana pasado, Estados Unidos se vio sacudido por la peor matanza acontecida en su suelo desde los atentados del 11-S.  El autor, un joven llamado Omar Mir Sediq Mateen,  se había declarado leal al ISIS, era vigilado por el FBI por conversaciones en que defendía el terrorismo islámico y tenía un padre que ha apoyado repetidas veces por televisión a los talibanes afganos. 

A pesar de la clara identificación ideológica y de los indicios más que inquietantes, sobrecoge la manera en que políticos y medios de medio mundo se han esforzado por ocultarla, e incluso por intentar sacar beneficio partidista del drama. Que Garzón, factótum del Partido Comunista Español, caiga en la colosal majadería de atribuir las muertes al heteropatriarcado o que el  alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra'ad Al Hussein, o el primer ministro palestino, Rami Hamdala, no hayan mencionado el terrorismo islámico ya resulta grave. 

Sin embargo, que en ese mismo silencio hayan incurrido el secretario general del Consejo de Europa, Thorbjorn Jagland, o el presidente israelí, Reuvén Rivlin parece más inquietante si cabe.  Que además se haya intentado reducir el problema al control de armas (Hillary Clinton), a la inexistencia de una lista de musulmanes (Trump) o a un supuesto auge de la homofobia todavía inquieta más si cabe.  Porque cuando se analizan los hechos fría y objetivamente, las conclusiones son obvias:

1.  Cualquier matanza resulta odiosa porque la vida humana es sagrada. 

2. Un prudente control de cierto tipo de armas resulta sensato, pero los asesinatos no derivaron de esa circunstancia sino de una ideología concreta. Por añadidura, en algunas naciones europeas el número de armas por ciudadano es mayor que en Estados Unidos y no se cometen crímenes de este tipo. 

3.  Aprovechar los crímenes para acusar de homófobos a los que no están dispuestos a doblegarse ante la agenda del lobby gay constituye una miserable e interesada falacia.  En estos momentos, en Estados Unidos, se libra una batalla para que los transexuales utilicen baños distintos a los que les corresponde por su sexo lo que ha provocado la repulsa comprensible de infinidad de padres. Aprovechar estas muertes para avanzar en ese objetivo que, seamos sinceros, desafía el sentido común más elemental constituye una conducta de muy difícil defensa. 

4.  La presencia en Occidente de centenares de miles de personas que simpatizan con el terrorismo islámico y que incluso forman parte activa del mismo no puede seguir siendo pasada por alto.  Por supuesto, no puede etiquetarse a todos los musulmanes de terroristas o de filoterroristas, pero tampoco es sensato no adoptar una serie de medidas desde las distintas autoridades que vayan más allá de esconder la cabeza bajo tierra o calificar a los atentados islámicos con cualquier nombre salvo ése. 

5. Una sociedad siempre se verá mejor servida cuando le dicen la verdad, que cuando le colocan por delante las mentiras ideologizadas que benefician a determinados grupos.  No tengo la menor duda de que habrá sujetos que aprovecharán para intentar avanzar sus agendas con mayor o menor razón, pero semejante conducta es totalmente inaceptable y más cuando pretende aprovecharse de medio centenar de cadáveres. 

Si queremos evitar tragedias como la de Orlando – y tenemos que desearlo así – debemos empezar a llamar a las cosas por su nombre, antes de que la próxima matanza, cuya identidad se niega obcecadamente, tenga lugar entre nosotros.

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