El Congreso de los Diputados de España vivió un día que quedará para los libros de historia. El Papa León XIV se convirtió en el primer líder de la Iglesia católica en hablar desde la tribuna del Parlamento español. Quienes esperaban un discurso puramente religioso o lleno de palabras difíciles se equivocaron: el Papa habló claro, directo al grano y tocando los temas que hoy en día preocupan a la gente de a pie.
Recibido por las máximas autoridades del país, el Pontífice se plantó ante los políticos para recordarles cuál es su verdadero trabajo. Para León XIV, hacer leyes no es solo ganar votaciones o ponerse de acuerdo entre partidos; el verdadero fin de la política es cuidar a las personas, especialmente a las que peor lo pasan.
Para ganarse al público, el Papa empezó recordando la gran historia de España. Mencionó a personajes que todos conocemos desde el colegio, como Don Quijote y su amor por la libertad, o las ideas de los sabios de la Universidad de Salamanca de hace cinco siglos. ¿Por qué traer esto a la actualidad? Porque, según el Papa, ya en esa época los pensadores españoles defendían que el poder de los gobernantes tiene un límite moral y que la fuerza o el dinero no pueden pasar por encima de la justicia.
León XIV lanzó una advertencia muy seria a los diputados: que una ley sea aprobada por la mayoría no significa automáticamente que sea buena o justa. El Papa insistió en que los derechos humanos fundamentales no pueden cambiar según la moda política del momento o el partido que esté en el gobierno.
Uno de los momentos más aplaudidos de su intervención fue cuando habló del futuro y de la Inteligencia Artificial. El Papa no se mostró en contra del progreso, pero sí dejó una pregunta en el aire: ¿a quién beneficia realmente tanta tecnología? Advirtió que las máquinas y los algoritmos no tienen corazón, y que detrás de ellos siempre hay intereses económicos. Si no se ponen límites éticos, la tecnología terminará controlando a las personas en lugar de ayudarlas.
Finalmente, el Pontífice utilizó una expresión que caló hondo en el hemiciclo: la "cultura del descarte". Criticó con dureza una sociedad que solo valora a la gente si produce dinero o es útil. En este punto, defendió la vida desde su inicio hasta su final natural, pidiendo a los políticos que no den la espalda a los niños que están por nacer, a los enfermos y, de manera muy especial, a los ancianos que se quedan solos.
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