El papa León XIV encontrará un país donde, según el Barómetro sobre Religión y Creencias 2025 de la Fundación Pluralismo y Convivencia, cerca del 42 por ciento de la población ya no se identifica como católica practicante. Un porcentaje impensable hace apenas una generación en uno de los países históricamente más católicos de Europa.
Y, sin embargo, León XIV ha decidido visitar España en su cuarto viaje internacional, tras sus visitas a Turquía y Líbano, Mónaco y África, en tan solo un año de pontificado. Ahora visitará la península ibérica, tal vez como una apuesta deliberada: la de un papa que prefiere ir donde el Evangelio tiene más trabajo que hacer.
Radiografía de un país secularizado
Según las estadísticas de la Iglesia Católica en España y distribuidas este viernes por la sala de prensa vaticana al 31 de diciembre de 2024, el 93,25 por ciento de los 48,6 millones de españoles se declara católico: 45,3 millones de personas. El país cuenta con 71 circunscripciones eclesiásticas, 22.788 parroquias y más de 4.000 centros pastorales. Tiene 18.113 sacerdotes, 32.996 religiosas y más de 80.000 catequistas. La red asistencial de la Iglesia comprende 58 hospitales, 51 ambulatorios, 848 casas para ancianos e inválidos y más de 3.000 instituciones de diverso tipo.
Parece, sobre el papel, una Iglesia robusta. Sin embargo, de esos 93,25% católicos cerca del 42% no son practicantes, cifras que confirman que la identidad católica nominal y la práctica religiosa real están cada vez más disociadas. Es la "tercera oleada de secularización" que analizó Benedicto XVI en sus discursos durante su visita de 2011 y que no se ha detenido: se ha acelerado, especialmente entre los jóvenes. España sigue siendo tierra de procesiones, de Semana Santa sentida hasta la médula, de Corpus Domini, de vírgenes veneradas generación tras generación. Pero también es el país que lleva años debatiendo el aborto, la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo —todo aprobado hace tiempo— y que tiene un gobierno que no ha invitado al papa de forma oficial, aunque la prensa española asegura que Pedro Sánchez lo encontrará al menos tres veces.
El portavoz de la Santa Sede, Matteo Bruni, describió el viaje sin ambigüedad: el pontífice visitará un pueblo “donde claramente hay una fuerte secularización, pero con una radicada histórica presencia cristiana, presente todavía también en los referentes culturales”. No una fe de museo, sino, en palabras de Bruni, “una fe fecunda para el futuro”.
Lo que dice de un pontificado
León XIV ha construido su primer año de pontificado sobre destinos cuidadosamente elegidos que han tenido un denominador común: la periferia, el migrante, el descartado, el frágil. Y España no es la excepción.
El itinerario —Madrid, Barcelona, Gran Canaria, Tenerife— traza un recorrido que va de lo institucional a lo más urgente. El papa se reunirá con el rey Felipe VI, hablará ante el Parlamento, presidirá la misa del Corpus Domini en la Plaza de Cibeles y consagrará la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia —la gran basílica de Gaudí cuya construcción comenzó en 1882 y que en 2026 se completa en el año del centenario de la muerte del arquitecto catalán—. Pero también irá a un centro de atención a personas sin hogar en Madrid, a un penal en Barcelona, al monasterio benedictino de la Virgen de Montserrat, y a los puertos de Gran Canaria y Tenerife, donde cada año llegan miles de migrantes en pateras que atraviesan el Atlántico desde las costas africanas.
Pero hay otro dato que no aparece en los boletines vaticanos y que resulta imposible ignorar: España es hoy el primer destino migratorio latinoamericano de Europa, y tal vez el primero del mundo desde que la administración Trump cerró las puertas de Estados Unidos. Según el Real Instituto Elcano, los migrantes de origen latinoamericano suman más de 4,2 millones de personas —casi la mitad del total de extranjeros en el país—, más que todos los que residen en el resto de la Unión Europea juntos. Colombia y Venezuela encabezan la lista, seguidas de Honduras, Perú, Cuba, Ecuador y Argentina. En 2025, según el Instituto Nacional de Estadística de España, casi 300.000 personas —la mayoría latinoamericanas— obtuvieron la nacionalidad española, la cifra más alta en más de una década.
Cuando el papa pase por el estadio Santiago Bernabéu, cuando hable a los jóvenes en la Plaza de Lima, cuando celebre misa en la Plaza de Cibeles o rece el rosario en Montserrat, habrá cientos de miles de latinoamericanos entre el público. Para ellos, este viaje tiene una carga emocional particular: es el papa que vivió en Perú, que conoce la piedad popular desde adentro, que ama América Latina y que —como aseguró Monseñor Luis Marín San Martín, su nuevo limosnero pontificio— “es latinoamericano".
Además, las Islas Canarias tienen un significado adicional en esta historia. Francisco, el papa fallecido el 21 de abril de 2025, expresó en los últimos meses de su pontificado el deseo de visitar el archipiélago precisamente para estar cerca de la crisis migratoria. No pudo hacerlo. León XIV lo hará en su nombre, y en el de todos los que cruzan el mar. El discurso en el centro de acogida Las Raíces, en Tenerife, será pronunciado en francés —porque la mayoría de los migrantes allí presentes vienen del África francófona—, un detalle que dice más sobre este pontificado que cualquier documento oficial.
Los desafíos
El viaje llega pocas semanas después de la publicación de la encíclica “Magnifica Humanitas”, el primer gran documento doctrinal de León XIV, que aborda el progreso tecnológico, el futuro de la humanidad y la responsabilidad moral ante los cambios que la inteligencia artificial y la biotecnología están introduciendo en la civilización. Bruni anticipó que encontraremos numerosas referencias a sus contenidos en distintos niveles, “desde los momentos más espirituales hasta aquellos en que el papa entra en diálogo con el mundo de la cultura”.
Eso significa que, en el Movistar Arena de Madrid, donde el papa se reunirá con el mundo del arte, la economía y el deporte —lo que la Santa Sede ha llamado "Tessere Reti", tejer redes—, el diálogo no será solo pastoral. Será también intelectual, en la tradición agustiniana de una fe que no teme al pensamiento, sino que lo convoca.
Pero lo más difícil que afrontará León XIV no será hablar en el Parlamento ni presidir una misa multitudinaria. Lo más difícil será encontrar las palabras para los que ya no van a misa, para los jóvenes que crecieron en familias católicas y abandonaron la práctica, para las generaciones que ven en la Iglesia una institución del pasado. Para lograrlo, el papa pronunciará en total de veintidós discursos a lo largo de los siete días. Hablarán al rey, al presidente del gobierno, a los cardenales, a los obispos, a los migrantes, a los más vulnerables, a los jóvenes, en fin, a creyentes y no creyentes.
Y el perfil del papa ayuda. León XIV no es un teórico, es un agustino que pasó décadas en Perú, que conoce la miseria desde la calle, que no ha evitado pronunciarse sobre cuestiones internacionales complejas y que en la Sagrada Familia inaugurará no solo una torre sino el símbolo de una fe que tarda siglos en completarse y no se rinde. El Año Gaudí —centenario de la muerte del arquitecto, el 10 de junio de 2026— añade al viaje una dimensión estética que tampoco es casual: la Sagrada Familia es, entre otras cosas, teología hecha piedra, el testimonio de que lo bello y lo sagrado no se contradicen.