Orlando López-Selva

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Estábamos en el corazón de una tribu ancestral en Taiwán que se sentía orgullosa de su modus vivendi. Ello nos retrotraía en el tiempo. Dentro de la cultura taiwanesa hay otras culturas ancestrales ―el síndrome de la matrushka, aplicado a la antropología― de las que seguíamos teniendo hoy algunas muestras: performing arts.

Estábamos en una ciudadela-vitrina. O un teatro-museo vivo.

Todo estaba dispuesto en módulos en una montaña, que a la vez era un campamento con covachas donde vivía esta tribu. O eso creíamos. El paisaje extendido en inmensos campos de té y flores en las laderas de colinas y montañas. Una escena neblinosa, fría. (¡Cómo le habría gustado esto a Claude Monet, que llegó a tener tanta influencia de la pintura japonesa!). El paisaje se presentaba con colores de tonos suaves frente a los rayos reveladores de la luz, pero sin perder la fascinación policromática. Y como amo la pintura impresionista francesa ―la inicial hasta la etapa intermedia que es la más suave, a pesar de mi dilección por el pos-impresionista, Paul Gauguin: de mucha fuerza y brillo en sus cuadros en Tahití―, sentí que llevaría en mi memoria, de regreso a casa, estas escenas, recogidas con el mayor solaz.

Bueno; hora de comer. Nos esperaban en un recinto, dentro de la tienda de suvenires, para el almuerzo. La mesa redonda y giratoria (cosa muy común y práctica en Taiwán). En el mismo lugar había muchas fotografías colgadas de los directivos de esa tribu, luciendo sus trajes. Me llamó poderosamente la atención que en una foto les ví posando junto al premier de China Continental, Hu Jin-tao; cuyo slogan político era: “Desarrollo pacífico y sociedad armoniosa”,

Sentí que estábamos muy pegados los unos a los otros. Claro, eso hizo que la conversación fuera más íntima y cálida. Salieron a relucir los comentarios de lo visto; surgieron preguntas. Víctor e Irina hicieron lo mejor para responderles a personas, cuyo oficio, básicamente parte de una premisa: preguntar los más para relatar mejor.

Nos dimos cuenta que los taiwaneses tenían una cerveza lager de gran calidad: Taiwan Beer. Algunos tomaron bebidas gaseosas, y ―luego de los suculentos platos que, básicamente, eran mariscos hervidos, vegetales, palmito, arroz, hongos, y algo de pasta en caldos―, el almuerzo concluyó con el digestivo oo-long shá. El té debe haber sido de muchísima influencia en Portugal, pues en portugués, té se dice chá. En rumano, ceai (las dos lenguas latinas que lo tomaron del mandarín).

Bueno, el asombro es universal. Igual debió sucederle a Marco Polo con los tallarines; y a otros tantos exploradores (o comerciantes) encantados por la seda, la pólvora, el papel, el ábaco.

Proseguimos nuestro recorrido. Volvió a brisar. De inmediato aparecieron los ponchos para la lluvia.

Llegamos a una especie de choza principal. Hecha de troncos y ramas rústicas. Creo que tiene mucho en común con las que uno encuentra en los relatos del antropólogo estructuralista francés Claude Leví-Strauss, que por cierto, sostiene que todos los hombres tribales convergen, sin importar su origen geográfico.

Un aborigen de rasgos mestizos y contextura más fuerte que la de la mayoría de taiwaneses nos explicaba cuáles eran los enseres y sus propósitos, en esa habitación-cocina colectiva. En medio una especie de fogón-estufa. Cocina y calefacción. Sin muebles para sentarse. Y ello es bien evidente hoy en los países de Asia meridional, comenzando por India, y los otros de Indochina. Sentarse en cuclillas o con las piernas cruzadas ―a la manera de Buda―, siempre lo asocio con el Sur-Este asiático. ¿Fue Europa la inventora de la silla?

Pregunté por las otras influencias de los exploradores-piratas neerlandeses y lusitanos en esta tribu. No tuve respuestas satisfactorias. Parece que todo se limitó a discontinuos intercambios comerciales. ¿Pero, por qué ésta tribu no fue navegante?

El piso de tierra. La ropa y los aperos se guindaban en un pedazo de árbol con varias ramificaciones truncas, así como otros utensilios y herramientas. Recuerdo que en mi casa solariega había una columna movible de madera (¡Un mueble en desuso!), que servía para colgar ahí los sombreros y los trajes de los visitantes.

Estos aborígenes usaban unas dagas-machetes que solían llevar desnudas; hechas de hierro adquirido en trueques con los colonizadores holandeses. Supongo que era una herramienta más para la agricultura, pues usaban arcos, ballestas y lanzas. Las ví ahí, puestas a buen recaudo en la entrada del gran aposento. Hechas para cazar ciervos y jabalíes.

Luego de unos 30 minutos pasamos a una especie de pequeño teatro, sin paredes en los flancos, pero con graderías en el fondo. Modernos altavoces nos entretenían con música Yuyupass de ritmos chinos y moderna orquestación.

Miré mi celular; estaba encendido pero sin conexión. Sin embargo, en la pantalla me indicaba la temperatura y el nombre del lugar donde me encontraba. ¡Oh! La tecnología satelital. Se vino a mi mente la frase de un amigo mío que, después de admirarse del GPS, exclamó con ironía: “Y pensar que hasta hace poco nos asombrábamos tanto con la brújula”.

Había una función artística. ¿Se le podría llamar musical, a la manera norteamericana? Los actores eran bailarines y cantantes que interpretaban su propia música, a veces solos, a veces en coro. La bailarinas eran las jóvenes de mediana edad que nos habían atendido en la tiendas de suvenires.

El adjetivo tribal era solo una etiqueta que-se-quita-y-se-pone para el turismo. Algunos bailarines, con sus atuendos muy autóctonos de plumas, pieles y huesos de jabalíes colgados en sus collares, no pudieron ocultar sus relojes digitales. Supongo que ellos iban a la escuela, sabían hablar mandarín e inglés. Ví algunas motocicletas estacionadas cerca de sus chozas. La modernidad tiene la fuerza del mar y es contaminante como un vicio. ¿No?

El espectáculo fue hermoso, colorido, sonoro, festivo. Cualquier baile ejecutado por jóvenes es más grácil y atractivo. Es una vaina que no pudiéramos comprender lo que cantaban. Pero sí disfrutamos mucho de la música que no está hecha para comprenderse sino para disfrutarse.

Continuará…

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