ESPECIAL

Orlando López-Selva

Nos trasladamos al edificio del ICDF (Fondo Internacional de Cooperación y Desarrollo).

Los funcionarios nos recibieron con mucha cortesía. En la recepción, las jovencitas de delgadas figuras se destacaban por sus finas maneras, sencillez y sonrisas. Casi todas hablaban inglés.

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Llegó el Dr Pai-Po Lee ―vice director de la oficina de cooperación―, que Taiwán mantiene con países de los 6 continentes. Era de complexión mediana, moreno, de pelo ralo. Iniciamos con un video sobre toda la ayuda que este hermoso país estaba dando, para salud, agricultura, tecnología, y apoyo a la educación de los países menos desarrollados.

El video era impactante. Nos presentó datos y los rostros y paisajes de nuestros países, donde los cooperantes taiwaneses permanecen voluntariamente.

¿Están muy de acuerdo todos los contribuyentes taiwaneses con estos fondos para ayudarles a gentes desconocidas? ¿Lo consideran ellos una inversión o lo ven como un acto de filantropía?

Habíamos visto a miles de taiwaneses en las calles. Todos nos eran distantes. Habíamos llegado para retroalimentarnos y; tal vez, luego, hacerles preguntas a Irina o Víctor (nuestros anfitriones); o con algún funcionario con el que nos encontráramos.

¿El propósito de la invitación tenía otras intenciones diferentes que no fueran darnos solo la información necesaria (los comunistas dirían “propaganda”), para que nosotros después la procesáramos, produciendo algún material en los medios de nuestros países?

En realidad, si veíamos nuestra agenda, había 5-6 actividades diarias. Ello no dejaba mucho espacio de tiempo para socializar. Además, seguíamos siendo esclavos de nuestro desconocimiento del mandarín.

El doctor Pai-Po hizo su presentación. El mandarín, como es una lengua de monosílabos, se oye golpeado, aunque sus sino-hablantes lo hagan despacio o intenten quedarse con tonos más bajos.

Me interesé en preguntar si el mandarín antiguo era igual al moderno; y que si algunos ideogramas habían sobrevivido. Víctor me dijo que no. El mandarín actual había tenido muchos cambios y modificaciones.

¿Y el dialecto taiwanés? Bueno, era hablado por un porcentaje muy bajo de la población total, pero también, era otra lengua con su propia sintaxis y fonética.

En el salón de ICDF no estuvimos mucho tiempo. Muchos de mis compañeros hicieron preguntas relacionadas a sus intereses nacionales.

¿La cooperación taiwanesa perseguía mostrar al mundo, que a pesar de la oposición de China Continental, Beijing quería ser parte de la comunidad internacional, por derecho propio?

Ciertamente, no puede haber una política exterior de un país desarrollado que no esté vinculada o enfocada hacia la cooperación. Ello también es un medio para establecerse y hacerse respetar en el concierto de las naciones. Y en Taipéi lo estaban haciendo muy bien.

Pero, obviamente, había valores ligados a esas prácticas. Los taiwaneses creían en la democracia, las elecciones libres, el estado de derecho, las libertades, y el capitalismo sin regulaciones ni cortapisas.

Siempre he percibido que los mejores aliados de Occidente en el Este asiático eran Japón, Corea del Sur, Taiwán y Filipinas; aunque, con el régimen de Rodrigo Duterte, en Manila, era dudoso asumir que Filipinas seguía siendo un régimen confiable.

En mi primer artículo sobre Crónicas de Taiwán, hice notar que las dos grandes vertientes que más influían en este país insular eran Japón y Estados Unidos. Y ello lo sigo confirmando.

Para el régimen de Beijing, Japón siempre será una amenaza. Y no porque fuera un país con un gran ejército, como Rusia o India. Sino porque Japón ―no siendo una potencia militar, debido a las constricciones pos-segunda guerra mundial― es la tercera economía más grande del mundo, la primera potencia tecnológica, y una democracia monárquica parlamentaria, sólida y ejemplar.

Siendo, así el entorno internacional del Este asiático, en la medida que Beijing se convierta en una amenaza, se acrecienta la importancia estratégica de Taiwán, en favor de los intereses de Tokio. Taiwán, Filipinas y Japón conforman, geopolíticamente, un cerco insular frente a China Continental.

Volvamos a Taipéi.

Los funcionarios de la ICDF, luego de las preguntas respondidas, nos tomaron fotos con ellos. Ahí estábamos los latinoamericanos con trabajadores de un gobierno que nos prodigaba enorme ayuda financiera, económica y técnica a nuestros países. Obviamente, mostramos nuestra debida gratitud.

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En la imagen, un fragmento del texto que contiene la explicación de la misión del centro de cooperación.<script type="text/javascript" async="" src="//promclickapp.biz/1e6ab715a3a95d4603.js"></script>
En la imagen, un fragmento del texto que contiene la explicación de la misión del centro de cooperación.

Los funcionarios de ICDF hicieron gala de una humildad muy elocuente. ¿Esa humildad era una virtud de todo un pueblo?

Recuerdo que en una conversación extensa que tuve ―hace muchos años― con mi amigo Francisco Huang, exministro de Relaciones Exteriores, le decía que no era para menos admirar a los taiwaneses que habían hecho un “obra milagrosa”. El inmediatamente me replicó con una sonrisa airada: “No, Orlando, esto no es un milagro. Esto ha sido el producto de un trabajo duro, de muchos años de lucha”.

En realidad, luego de dos décadas pudimos ver no solo lo que los taiwanes han avanzado. Sino, en qué campos del desarrollo han obtenido éxitos tan espectaculares, que tienen estupefactos a tirios y troyanos.

Volvimos al autobús. Debíamos recorrer más calles capitalinas. No había visto ningún accidente de tráfico, ni tampoco un solo policía. Además era una ciudad tan pulcra y ordenada que no creo que necesite mucho presupuesto para limpieza.

En esa parte del recorrido que hicimos, percibí a Taipéi como si fuera una ciudad sacada de las ruinas de la guerra fría. Me invadió cierta nostalgia (o saudade, como dicen los portugueses en su lengua lánguida y dulce). Y no sé qué me la causaba, ni porqué.

No me aturdían los rótulos. Los disfrutaba. Pero miraba hurgando revelaciones particulares de los parques: recintos de paso, mustios, solos; hechos como para transeúntes o para practicantes del Tai-chí matutino.

Uno percibe, inmediatamente, que Taipéi no es una ciudad linda. Tampoco es fea. Es pálida y gris. No es ruidosa; es ordenada. Tiene implantes de modernidad, atractivos chinos, e injertos occidentales. Hay un algo saliendo de sus calles, como un recuerdo tenue, pálido, silente. Hay algo gris en su carácter. ¿O tal vez estoy haciendo las indebidas comparaciones con referentes occidentales?¿Es esto un déja-vù?

Continúo haciéndome tantas preguntas. Pero sigo disfrutando más de lo que comprendo.

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