miércoles 14  de  enero 2026
VISITA A LA CASA BLANCA

Trump y María Corina Machado: el reconocimiento político que redefine la transición venezolana

El magnate republicano recibirá a la líder opositora el 15 de enero en la Casa Blanca, poniendo fin a las narrativas de “mala fe” de la izquierda radical

Por Estefani Brito

MIAMI El encuentro previsto entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la líder venezolana y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, no es un episodio circunstancial ni un gesto protocolar destinado a la galería internacional, sino que marca un punto de inflexión que redefine los márgenes de la transición en Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.

Los malintencionados rumores de la izquierda radical, que intentaron menoscabar el liderazgo de Machado para una transición, quedaron anulados cuando el mandatario republicano anunció que esperaba su visita esta semana en Washington. “Voy a tener que hablar con ella. Podría estar involucrada en algún aspecto. Tendré que hablar con ella. Creo que es muy amable por su parte querer venir”, dijo Trump a la prensa el pasado 9 de enero, horas después de haber anunciado la visita en una entrevista en Fox News.

El magnate republicano recibirá a la líder opositora —que salió de Venezuela a inicios de diciembre pasado tras más de un año en la clandestinidad para recibir el Nobel en Oslo— el 15 de enero en la Casa Blanca, en un encuentro en el que se espera que Machado y el presidente electo Edmundo González Urrutia reafirmen su influencia en Washington para liderar el proceso de transición en Venezuela, hasta ahora en manos de la chavista Delcy Rodríguez, bajo la tutela de la Administración Trump.

Se trataría de un encuentro “esperado y necesario”, tanto por el momento político venezolano como por la reconfiguración del tablero geopolítico global, de acuerdo con el jurista, escritor y académico Asdrúbal Aguiar, secretario general del Grupo IDEA.

Para el exgobernador de Caracas, exministro de gobierno y expresidente encargado de Venezuela, en el caso de Trump, la cita de este jueves responde a una decisión estratégica de mayor alcance: “ha decidido ir a fondo con la cuestión venezolana, más allá de que le sirva para el proceso de reorganización de los poderes geopolíticos en el mundo y con vistas al nuevo orden global que se delinea en abierta confrontación con China, subsidiariamente con Rusia e Irán”.

Venezuela bajo los mandatos chavistas se ha convertido en el enclave de redes criminales de narcotraficantes, terroristas y guerrilleros; además de concentrar una gran influencia rusa, china, iraní y cubana —principales enemigos de Washington—, por lo que representa un riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

En opinión de Aguiar, desde la óptica venezolana, el significado es aún más profundo. Machado no acude a Washington únicamente como líder opositora, sino como “la legítima encarnación de la voluntad de la nación a ser libre”, mientras que Edmundo González Urrutia personifica “al representante legítimo de la república, como presidente electo”.

Esta doble legitimidad —popular y constitucional— configura, a juicio del académico, una realidad política “que no puede despachar sin más la Casa Blanca”, aún cuando Estados Unidos haya mantenido históricamente un control decisivo sobre determinados resortes de poder vinculados a Venezuela.

Narrativa de “mala fe”

Aunque reconoce que Washington ha manejado “unos hilos de poder que ha venido usando como parte de su dinámica política interna”, y que el propio Trump “no puede compartir, y se entiende, siquiera con importantes funcionarios de su administración”, Aguiar advierte que el ejercicio de ese poder requiere de una verdadera gobernabilidad en Venezuela.

“La gobernabilidad del país, pasado el tsunami, transita por el reconocimiento de González y de Machado, pues esta sólo es posible con el acompañamiento de la nación”, sostiene en declaraciones ofrecidas a DIARIO LAS AMÉRICAS.

Aguiar es enfático al cuestionar las narrativas que intentan presentar a Machado como una figura marginada de los planes estadounidenses para Venezuela tras la caída de Maduro. “Afirmar que Trump no ha considerado incorporar a María Corina es una falacia y una narrativa construida de mala fe”, señala, apuntando tanto al régimen aún presente en Caracas como a sectores partidistas que resienten el liderazgo nacional e internacional de la Premio Nobel de la Paz.

Aclara, no obstante, que existe una frontera clara entre la legitimidad política venezolana y las decisiones operativas de seguridad nacional de Estados Unidos. “Ni Machado ni González Urrutia pueden tener en sus manos operaciones que sólo pueden definir y ejecutar los miembros del Pentágono, que sólo miran al interés nacional norteamericano”, afirma, recordando que ninguno de ellos es actor político interno en Estados Unidos.

Ello no significa, agrega, que sus visiones hayan sido excluidas del debate sobre el futuro venezolano. “Que se les pregunte sobre el futuro, sobre qué hacer en Venezuela una vez que sea finalmente liberada de la invasión narcocriminal y de las fuerzas cubanas, rusas, iraníes y chinas que ha sufrido, es algo que ocurre y sobre lo cual han sido consultados”, precisa Aguiar, subrayando el carácter político —no militar— de ese diálogo.

“Estamos aleccionados”

El trasfondo de este proceso es la caída de Maduro, un hecho que, si bien no implica el colapso automático del sistema que lo sostuvo, envía un mensaje contundente. “La caída de Maduro, que en modo alguno significa la caída de su satrapía, pues restan en Venezuela los causahabientes de su obra de mal absoluto, no obstante, envía un claro mensaje en doble banda a Occidente y al mundo”, afirma. Ese mensaje interpela directamente a sociedades que, durante años, toleraron —bajo el influjo de “dineros corruptos distribuidos a discreción desde Venezuela”— el silencio cómplice y la relativización moral frente a crímenes vinculados al terrorismo y al narcotráfico.

Aguiar sitúa el caso venezolano dentro de un fenómeno sin precedentes en la historia reciente: “Esta vez es el crimen transnacional, no que corrompe a funcionarios, sino que toma a Estados y gobiernos como andamiajes a su servicio”. Se trata, advierte, de una realidad no prevista por el derecho internacional clásico, “derogado en los hechos desde 1989”, que permitió a redes criminales parapetarse tras el principio de soberanía.

En este escenario, la discusión sobre gobernabilidad resulta crucial. Para el académico, los modelos basados exclusivamente en la fuerza o en el asistencialismo están condenados al fracaso. “La gobernabilidad que sólo se mira en las armas o en las espadas es la gobernabilidad de la represión y de los cementerios”, sostiene.

Añade que la estabilidad fundada en la distribución de recursos —“panes o barriles petroleros”— es estructuralmente débil, pues reduce al ciudadano a una víctima pasiva, indiferente al valor de la libertad. “Esta última tesis, la paz mediante el control de la pobreza, es de estirpe bolivariana, y es la que hemos padecido los venezolanos durante 25 años. Estamos aleccionados”, subraya.

Destaca que la reunión entre Trump y Machado expresa un reconocimiento mutuo de intereses estratégicos y de legitimidades políticas. “Así como Venezuela necesita de su alianza histórica con USA para asegurar su bienestar y su paz, también USA requiere de un aliado confiable en Occidente”, concluye Aguiar. Un aliado que no sea retaguardia de los enemigos del orden democrático, sino un pilar de su reconstrucción en el hemisferio.

“No hay paz sin democracia”

En paralelo al eje Washington–Caracas, Aguiar destaca el valor simbólico y pedagógico del encuentro de Machado con el papa León XIV el pasado 12 de enero. Días antes, el Sumo Pontífice había reconocido al narcotráfico como una de las causas de la crisis venezolana y pidió respeto a la voluntad popular. “Es, a mi juicio, lo más relevante como pedagogía para Venezuela y los venezolanos”, afirma, subrayando su coherencia con el ideario de la dirigente y con el sentido del Premio Nobel de la Paz que acaba de recibir.

Roma, recuerda, “es el hito y el reservorio de la tradición judeocristiana, que eleva como principio rector el respeto a la dignidad humana”, precisamente el valor más erosionado desde la posguerra fría. Tras la caída del Muro de Berlín, advierte, se ha producido una deriva moral en Occidente: “El globalismo progresista predica derechos acabando con el Estado de Derecho que es su garantía fundamental y destruyendo la cultura democrática”.

En ese contexto, el mensaje emanado desde Oslo con la concesión del Nobel a Machado y reafirmado ahora desde el Vaticano es inequívoco: “No hay paz posible sin democracia ni respeto a la libertad de toda persona. Lo demás, como el petróleo, vendrá por añadidura”.

En ese marco, el rol de la Iglesia Católica —advierte— debe ser inequívoco: “Su presencia y activismo ha de ser solidario con las víctimas, con los torturados, con los presos políticos civiles y militares, evitando cualquier gesto que pueda interpretarse como colusión de algunos prelados con los victimarios”.

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