“Millones de personas se fueron a dormir conociendo a un solo país y se despertaron en diferentes estados, transformándose en las minorías étnicas de las antiguas repúblicas soviéticas, así es como los rusos se convirtieron –al colapsar la URSS- en la nación más grande del mundo, separada por fronteras”; con tales palabras Vladimir Putin justifica la anexión de Crimea y su actual política expansionista.

La llegada de Putin a la presidencia, de la caótica Rusia del año 1999, constituye un ejemplo de coyuntura crítica. El mandatario pudo fortalecer la democracia y las reformas liberales, sin embargo, prefirió llevar a cabo la idea de nación, dibujada en su primer discurso: “una Rusia libre, próspera y fuerte, respetada en todo el mundo de la que los rusos se sientan orgullosos”.

Putin identificó los males que asfixiaba a la occidentaliza Rusia de Yeltsin: la violencia chechenomafiosa, el saqueo impune de los oligarcas, la corrupción institucional y el caos social.

Para evitar ser víctima de la anarquía, Putin debía buscar un modelo de régimen que le permitiera afianzarse en el poder. Retroceder hacia el totalitarismo comunista habría sido un suicidio político. La solución sería viajar más atrás, en el tiempo, hasta la idealizada era de la grandeza zarista, donde tendría a su favor el orgullo ruso y la sorpresa de Occidente; y así lo hizo.

Como “zar” sofocó cruelmente la rebeldía chechena y persiguió a los oligarcas que no quisieron acogerse a su modelo de estado. Como “zar” maniató las instituciones liberales de Yeltsin y construyó instituciones paralelas subordinadas a él. Estas medidas detuvieron la caída libre de la economía, controlaron la violencia y, lo más importante, rescataron el orgullo nacional.

Entonces, Putin se convirtió en el salvador de la patria, el hombre más poderoso y popular de Rusia, amado por el pueblo y las nuevas élites. Había nacido el poder autocrático, que trocó la violencia caótica de la sociedad en violencia organizada del Estado.

Putin, que sin duda, irá por su cuarto mandato, insistió ante los 450 aforados de la actual Duma: “Rusia tiene que ser fuerte”. En un parlamento dominado por el partido oficialista Rusia Unida, con 343 diputados, esa afirmación estimula la obediencia de la oposición sistémica y justifica la ola de violencia y el desprestigio desplegado contra la verdadera oposición.

El pasado año, Boris Nemtsov, líder del partido liberal PARNAS, fue asesinado a tiros junto al Kremlin. Meses después, en plena campaña electoral, la televisión oficialista mostró a Mijail Kasyanov, actual cabeza de la organización, manteniendo relaciones sexuales con una colaboradora y criticando a sus compañeros de partido. La desaparecida agencia soviética de inteligencia KGB no lo hubiera hecho mejor.

Las actuales fronteras de Rusia, Putin las percibe como un corsé que deja fuera a 25 millones de compatriotas. Fidelizar a la diáspora bajo la idea de la “Otechestvo” –Patria-, es su cometido. Por eso se convierte en el guardián de la fe, la lengua y la cultura rusas, desarrolla políticas de “pasportización” y ayudas económicas. Llegado el momento, incita a esa diáspora a transformarse en tropas de ocupación, como hizo en Donetsk y Lugansk, al sureste de Ucrania, en 2014.

Los mensajeros del “zar” en la arena internacional a veces presentan un rostro más amable, se camuflan en los pasillos de la iglesia Ortodoxa, en las televisoras internacionales, en la red de redes, donde, con algún éxito, venden al mundo la idea de una Rusia sitiada, batiéndose desesperadamente por la supervivencia. En estos circuitos los derechos de los rusos a la libertad de prensa y expresión son mostrados como ardides occidentales para dinamitar la gran nación euroasiática.

A Rusia le acechan claros peligros, dice la doctrina militar de Moscú: la OTAN, por cercar a Rusia con sus bases; la Unión Europea, por acoger a países de la antigua Europa del este pro-soviética; las revoluciones de colores, por derrocar falsas democracias, y el terrorismo internacional. Bajo esa lógica la doctrina en cuestión plantea los medidas para enfrentarlos: la utilización de las minorías rusas, la propaganda pro-Putin, la amenaza atómica, la guerra cibernética y desarrollar el contrapeso militar a los Estados Unidos.

Con una economía en recesión (-3.8%) y unos niveles de pobrezas sobre el 14%, el líder ruso definió en un programa de televisión su participación en Siria como un impostergable asunto de seguridad nacional y reflexionó: “Si Siria cae en manos de los terrorista de Fath al-Sham o Daesh, ¿qué hará Occidente con toda esa gente armada? ¿cuál será su próximo paso?”

Hoy Rusia amplía su base militar en Tartús, en Siria, y demuestra el carácter incondicional de su ayuda a Bashar al- Asad. Los aviones rusos bombardean las zonas civiles controladas por los rebeldes facilitando el avance de las fuerzas del régimen sirio. Al poner sus alfiles en posición de ataque, Putin lleva a la práctica su teoría de reordenamiento geopolítico, con la que sueña equilibrar el orden mundial.

Putin desconfía de los países occidentales y hace suyas las palabras del zar Alejandro III expresadas en su lecho de muerte en 1894: “Nos temen por nuestra inmensidad; Rusia sólo tiene dos aliados: nuestro Ejército y nuestra Armada”.

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