Han pasado 30 años de uno de los crímenes más espantosos de la ya demasiado larga dictadura cubana. El 24 de febrero de 1996, mientras tres avionetas Cessna de Hermanos al Rescate realizaban una misión humanitaria con el propósito de rescatar balseros, 2 de las aeronaves fueron pulverizadas en espacio aéreo internacional sin previo aviso. No estaban en territorio cubano, no representaban una amenaza porque llevaban años salvando vidas y el régimen de La Habana lo sabía.
Aquel crimen puso fin a las vidas de 4 seres humanos que representaban fielmente al exilio. Dos jóvenes, Mario de la Peña y Carlos Costa, eran hijos de exiliados cubanos, nacidos en territorio norteamericano. Armando Alejandre, nacido en Cuba, vino al exilio y cuando se hizo ciudadano estadounidense, se inscribió en los Marines para pelear en Vietnam porque para luchar contra el comunismo cualquier sitio era bueno. Pablo Morales había sido rescatado por miembros de la organización en medio de su travesía en balsa y se unió a Hermanos al Rescate para ayudar a otros que, como él, no hubiesen llegado con vida de no ser por tan noble y riesgosa labor.
Es difícil recordar aquella tarde en la que entre las 3:21 y las 3:28 cercenaron 4 vidas por órdenes de Fidel y Raúl Castro. El crimen, no contó con la reacción que debió haber tenido la administración del entonces presidente Bill Clinton. De haber despegado los Migs de la fuerza aérea americana podían haberlo evitado. El no hacerlo fue el resultado de una política de apaciguamiento y acercamiento al régimen de La Habana.
Recuerdo el llanto, la confusión y la impotencia. Partí junto a Jorge Mas Canosa a las 6 de la mañana del día siguiente junto a una delegación de la Fundación Nacional Cubano Americana. El protocolo de defensa deja claro que a una amenaza como la de la presencia de Migs tan cerca de las costas de Estados Unidos, la respuesta debe ser inmediata. ¿Porque no sucedió así? Mas Canosa exigía respuestas. Nos reunimos con altos funcionarios de la administración y agencias de Inteligencia.
Cada vez más me sentía como en una de esas series de suspenso donde ninguna respuesta tenía sentido, porque algo más poderoso estaba sucediendo, era el encubrimiento y por ende la complicidad de uno de los crímenes más horrendos que he conocido.
Peor aun fue cuando semanas después se conoció el contenido de la grabación que en ocho minutos demostró el ensañamiento, la vesania y el júbilo que sintieron los agresores al derribar las avionetas. Era el odio predicado por el Che Guevara: “El odio es el elemento central de nuestra lucha! El odio tan violento que impulsa al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una máquina de matar violenta y de sangre fría. Nuestros soldados tienen que ser así.”
¿Concesiones a un régimen criminal? ¿Levantamiento de sanciones? Los que piensan así harían bien en escuchar la grabación original del derribo de las avionetas.
-La tenemos a esta altura. Autoricen. La tenemos a esta altura. ¡Autorízanos! Debe ser la 337. ¡Es esa, esa! ¡Autorízanos cojones! ¡Autorízanos cojones que la tenemos!
-Autorizado a destruir.
-¡Primer disparo! Le dimos cojones, le dimos, ¡le dimos!
El resto de la conversación es una carrera frenética de bestias salvajes buscando otra presa, hasta que encuentra la segunda y piden la autorización, que fue dada rápidamente.
¡Ya la vamos a destruir! ¡Déjennos trabajar! ¡La otra destruida, la otra destruida! ¡Patria o muerte cojones! ¡La otra abajo también!
No hay manera de justificar un cobarde y criminal ataque contra personas indefensas. Mucho menos el regocijo. Ahí radica la naturaleza criminal del legado de Fidel y Raúl Castro. La despiadada crueldad, la falta de principios, la carencia de todo sentimiento humano.
El psiquiatra que atendió a los nazis encausados por crímenes de guerra durante el juicio de Nuremberg creyó haber encontrado la respuesta a una pregunta que todos nos hemos hecho. ¿Qué es el mal? ¿Cómo podemos describirlo? Tras conocer a aquellos hombres cómplices de la maldad, capaces de exterminar millones de seres humanos, creyó haber encontrado la respuesta. Obrar con malicia capaz de destruir a un ser humano es solo posible cuando no existe la compasión. Lo que él describió como falta de empatía. Ese sentimiento que identifica a un ser humano con los sentimientos y sufrimientos de otro ser humano. Solo cuando nos desligamos de ese sentir, somos capaces de cometer crímenes contra la humanidad.
El principal fiscal americano en el juicio de Nuremberg, Robert Jackson, argumentó que el refugio de los acusados era la esperanza en que la ley internacional no supiera interpretar el sentimiento de moral que debe prevalecer en la humanidad. Por eso, cada vez que se acepte que la moral abandone la conducta para así justificar un crimen, debemos oponernos.
Hacen bien, los congresistas Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar al pedir el encausamiento de Raúl Castro, para que nunca más exista la indiferencia. Para despertar conciencias, no solo las nuestras, sino también la de una comunidad internacional y una prensa que han ignorado la barbarie. Llegó la hora de la justicia. ¿Por qué? Para que nunca más. Para que la nueva Cuba que se avecina, no emerja lastrada por la falta de justicia. ¡Para que nunca más!