MADRID.- Los ojos bien cerrados. Los puños apretados. Son 12 años de vida, como 12 rosas con espinas. No ha sido fácil pero, al cabo del tiempo, la guerra ha terminado, porque la guerra siempre ha terminado para ellos. Y ahora viste un uniforme verde, camisa blanca, corbata, y pantalón gris, y acude regularmente a la escuela. Aprende las mismas cosas que los demás chicos de su edad en otros países. Tiene amigos, un futuro prometedor, y está decidido a olvidar los horrores de una niñez ensombrecida por el odio y la negra losa del terrorismo. Su sueño es ser como ellos, como los niños que pueden vivir en paz. En paz.
Pero ahora, sin saber por qué, está tirado en el suelo. Las rodillas manchadas por los charcos de sangre de las heridas de sus propios amigos. Y unos hombres armados, en nombre de su mismo Alá, matan a sus amigos y profesores ante sus ojos, desgarrando a cada disparo un poco de su esperanza. Dos balas van a parar a sus rodillas, que asomaban tras el banco. Y no grita. Y se hace el muerto. Y se salva. Pero ya da igual. Nunca será igual. Nunca nada será igual.
Es 16 de diciembre. Un día especial. Hay simulacro en la escuela con los militares, celebraciones, y también clase normal. El alegre bullicio colegial, suena más alto que otros días. La primera columna de humo en la puerta de la escuela les llama la atención. Por un instante creen que sería emocionante un incendio, y que se suspendan las clases, y tener que salir por la ventana. Pero no es un fuego cualquiera. Son las llamas de la ira, prendidas en la entrada por unos terroristas, para convertir la escuela militar de Peshawar en una ratonera. En un infierno sin salida. No sólo quieren matar a inocentes, no sólo quieren fusilar a decenas de niños. Además quieren hacerles sufrir todo lo posible.
Hay que ser muy poco hombre para disparar a alguien desarmado. Hay que ser muy perro para matar conscientemente a inocentes bajo la bandera de cualquier delirio. Pero hay que ser escoria, maldad fuera de sí, para disparar a niños. Y no están satisfechos con eso. Antes de perpetrar su vomitivo asalto, ese nido de gusanos que son los talibán dicen que sería divertido prender fuego a algunos profesores y obligar a los alumnos a contemplar la lenta muerte entre las brasas.
Fuera de la propia familia, nada hay más admirable, más digno, y más importante en la vida de un niño que su maestro. Los ojos de la sabiduría, de la exigencia, y del reproche, las miles de horas compartidas, la autoridad ejercida con disciplina y respeto, con inevitable distancia, y todas aquellas cosas que hacen que el alumno vea en su profesor a un ser inmortal, noble, puro, alejado de todo mal. Y de pronto, la mayor de las humillaciones. Gasolina y fuego al maestro en su propia silla. La misma en la que los niños se sientan entre clase y clase para imitarlo, para jugar a ser mayores. Y ya no. Tanta proyección, tanta humanidad ilustrada, tanta sabiduría por derrochar, son ahora un montón de cenizas, sangre, y humo, entre las risas más siniestras de los terroristas.
No hay tiempo para lamentarse. Los AK-47 siguen repartiendo proyectiles y, quemado el profesor, los niños son abatidos uno a uno, con disparos en el pecho y en la cabeza. Algunos agonizan durante largos minutos. Son tantos, y son tan sucios los terroristas, que olvidan rematar a los moribundos, porque eso tal vez sería un leve gesto de humanidad en medio de esa onerosa manifestación del poder de satanás en sus almas; yacentes y ausentes. Con un alma aún viva no se masacra a escolares, no se admite la sangría de inocentes, no se traspasan las líneas rojas de la guerra. Bajo ninguna ley, bajo ninguna moral, bajo ninguna idea.
Tampoco la locura es excusa. Nuestro siglo tiende a convertir en lunáticos a los asesinos y con eso sólo se consigue un tratamiento de honor catedralicio para quien no es más que una rata. No merece ni una línea más. Sí en cambio esos chicos. Uniforme ensangrentado, comportamiento ejemplar y paciente, y el corazón lleno de preguntas sin respuesta, a su credo, a la vida de su vida. Amor de padres a los que les han arrancado el corazón, ausencia en pupitres de sangre, cuadernos de amores adolescentes diluidos para siempre en el dolor, en las huellas del atentado del 16-D. Y una voz suave y sonriente, desde el cielo de los inocentes, para que hoy, después de avergonzarnos de pertenecer a la raza humana, no perdamos la esperanza. Frente a tanto odio aún quedan personas, credos, y corazones, dispuestos a blanquearlo todo con la lluvia fina y penetrante del amor, la caridad, y el buen humor. Disparadle a eso, si podéis.