viernes 27  de  marzo 2026
RELATO

Bienvenido Mister Marshall

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

A Lidia le toca cambiarle las baterías al marcapaso en Cuba, pero ha decidido arriesgarse y esperar, “por si llegan los yonis y traen tecnología nueva, que aquí todo es reciclado”.

Lidia le ha puesto nombre al aparato, lo llama Pancho el resucitado; porque lo heredó el 2024, luego de sufrir por meses, pendiente de la funeraria de Calzada y K, donde recuperan todos los marcapasos que llegan con los cadáveres y los mandan de vuelta a los hospitales.

“Sabrá Dios de cuantos pechos habrán sacado a Pancho antes de llegar a mí. Y no te quepan dudas que igual me lo sacarán de un tajo cuando llegue bocarriba a la funeraria”, comenta con un morboso sentido del humor.

“Ya no entran al país, como los bisturí con que te abren y las jeringuillas plásticas con que te inyectan, que también son recicladas, aunque la hierven un poquito nada más, para que no se deformen con el calor”. Según explica de vez en cuando aparecen marcapasos nuevos que llegan como donaciones, pero la demanda es mucha, “primero las familias de los pinchos, luego los que pueden pagarlos por la izquierda y al final unos pocos para la rifa”.

Lidia sueña con un cambio inmediato en la isla, una llegada tempestiva de Trump y su tropa. De paso supone que los boinas verdes no vendrán solo con drones y armas de ultrasonido: ella imagina a cada marine o paracaidista yuma con sus bolsillos llenos de cajitas de baterías para marcapasos, paquetes de chicles y hasta antibióticos.

Su hermana la interrumpe asegurando que Lidia es una suicida y que ha disfrazado su intención de morirse con el cuento de la llegada de los americanos, “si esa mierda se para por falta de baterías, habrás firmado tu sentencia de muerte”.

Otro vecino da por sentado que Lidia sabe algo especial, que tiene información clasificada, y lejos de preocuparse por la absurda decisión, la interroga, “¿cuándo crees que nos tomamos el café entonces?”, dice ansioso, “espero que se los lleven a todos, no nos vayan a dejar al singao de regalito aquí”.

La hermana vuelve a interrumpir: “Cheo deja de meter el dedo, que hablamos de Pancho no de Trump, además ¿qué coño va a saber Lidia compadre?

Lidia arremete contra su hermana, “la pobre, esta frustrada ni putear puede, ya no vienen italianos, ni canadienses. Y si de verdad llegan los yumas la encontrarán vieja, gastada y sin hablar inglés”

“Vieja tu madre y gastado el aparato de mierda ese”, contraataca la hermana, “yo al menos soy técnico medio en contabilidad”.

Lidia se ríe, dice que la contabilidad de su hermana está oxidada por falta de uso. “Mejor ponte a fregarle los camiones o lavarle las ropas, ¡que esos gringos sudan una barbaridad!”.

La incrédula hermana también ha elaborado planes para cuando lleguen los invasores.

“Nunca me pude ir, aunque más de una vez estuve por casarme con un turista, pero al final me dejaban quemada”, cuenta mientras se aleja por el pasillo de la cuartería, y volteando la cabeza asegura, “pero desde que pasó lo de Maduro he vuelto a sacar las libretas del técnico medio y estoy repasando, por si acaso”.

Cheo, el vecino metiche, pregunta en voz alta qué podría hacer si llegan los “libertadores”, así les llama, “quizás me proponga de cocinero, pero en dólares claro”.

La hermana regresa al cuarto de Lidia, pero ya no viene como contadora, “mi’ja, deja el miedo y lleva a recargar a Pancho que, aunque recicladas, las baterías del hospital te dan para tirar hasta que llegue el enemigo, si es que llegan, porque creo que la cosa se está desinflando”

El vecino nervioso desmiente, dice conocer a alguien que mira las noticias internacionales y que todo está por suceder, que en cualquier momento Raúl se rinde.

“O se muere” dice Lidia y canta en tono de burla, “que no es lo mismo, pero es igual”.

Se ríen con la parodia a la canción de Silvio Rodríguez que ha improvisado. “El viejo de mierda ese ahora anda pidiendo escopetas, déjalo que siga provocando, que se la van a meter en el culo”.

Mientras suelta una sonora carcajada, instintivamente, Lidia sostiene con la mano derecha, el bulto que tiene en la parte alta del pecho izquierdo, la protuberancia que se alcanza a distinguir entre los tirantes de la bata de casa. “Eso, aguántate a Pancho”, le dice la hermana, “con tanto que lo has cuidado y ahora quieres desconectarlo”.

Lidia suspira, “total, si el tiempo que debo esperar para que el cardiovascular me pongan la batería es más o menos lo mismo que deben demorar los amiguitos del norte”.

La hermana tiene esperanzas, dicen que las donaciones están a la orden del día y quien quita que manden pilitas para Pancho o hasta un Panchito nuevo. “Mi hermana... no te nos puedes morir... que nos quedamos sin la dieta reforzada y ahí sí que nos entierran a todos”.

Ellas ríen, el vecino no, el tipo insiste, quiere datos de la dieta reforzada: ¿en qué consiste?, ¿dónde se pide?, porque se siente muy mal en estos días, quizás también este enfermo y pudiera reclamar el alimento extra.

“Asere que te apuntas en todo”, dice Lidia, “total, para lo que dan, no vale la pena ni filmar de paciente”.

Aquí en Miami, mientras el amigo recién llegado me reproduce la estampa de la que fue testigo en el solar, me recuerdo de la película española de los años 1950 en que todo un pueblo se preparaba para la llegada de los americanos: ensayaban coplas, bailes típicos y hasta elaboraron listas de lo que cada vecino le pediría a Mister Marshall. “un artículo por persona”, exigía el alcalde, quien había gastado días en compilar pedidos.

Finalmente, la caravana de los americanos pasó de largo: una fila de autos que cruzó el pueblo a toda carrera. Los vecinos, reacios a darse por derrotados, intentaba reiniciar el recibimiento ante cada vehículo, hasta ver el Good bye que el último auto llevaba pintado en el cristal de atrás.

Así están Lucy, su hermana y Cheo en Centro Habana, esperando nuevamente la llegada de los americanos de la película de García Berlanga, sin otra esperanza que su imaginación, pero con las listas preparadas.

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