España es una nación de relevancia moderada, pero con notable proyección en el mundo hispano.  Al vínculo idiomático, cultural y, en ocasiones, económico, se suma un poderosísimo elemento sentimental en el caso de Cuba a la que todavía en los años cincuenta iban a trabajar millares de españoles; de Venezuela y México, donde acudieron exiliados tras la guerra civil española y, por supuesto, de Argentina que atrajo a no pocos inmigrantes.

Precisamente por esas razones, lo lógico sería que la política española fuera cercana a estas naciones y, precisamente por ello, resulta tan lamentable la actuación del actual gobierno español presidido por Mariano Rajoy. 

El PP de Rajoy es, en teoría, un partido ubicado en el centroderecha, pero su acción se halla extraordinariamente escorada a la izquierda.  El actual ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha elevado tanto los impuestos en los últimos cuatro años que ha rebasado holgadamente lo que en 2011 proponía en su programa el Partido Comunista Español. 

Montoro es también causante directo de que España tenga una deuda pública de más de un trillón de euros, superior al 100 por 100 del PIB y que necesitaría, según los expertos, dos décadas para reducirse hasta el sesenta por ciento – la cifra máxima permitida por la Unión Europea – siempre que las circunstancias económicas sean constantes y mejores que las actuales. 

Igualmente, resulta dramáticamente escandaloso su comportamiento en el plano internacional.  Antes de la actual doctrina Obama, en noviembre de 2014, el ministro español de asuntos exteriores García Margallo viajó a Cuba.  Raúl Castro no lo recibió seguramente consciente de que podía tratar con desconsideración al representante de un gobierno no caracterizado precisamente por su fidelidad a principios políticos y morales.  Gracias a Rajoy y Margallo, quedó claro que en las relaciones entre España y Cuba predominaba no la democracia sino la dictadura.   

A mediados de mayo de este año, Margallo voló de nuevo a La Habana, esta vez acompañado de Ana Pastor, la ministra española de Fomento. Hasta el final del viaje, Raúl Castro no dejó claro si los recibiría. ¡¡Todo ello a pesar de que Rajoy había perdonado la deuda a la dictadura castrista y había abandonado la política común hacia Cuba de la Unión Europea siguiendo no la senda de su compañero de partido Aznar sino la del socialista Rodríguez Zapatero!!   

Como manera de abandonar a los disidentes, a los exiliados y, especialmente, al pueblo cubano, resultaba difícil ir más lejos.  Esta benevolencia hacia las dictaduras de izquierdas ha dado un salto hace apenas unos días cuando, de manera expresa, Margallo ha respaldado que el enviado especial de la Unión Europea ante Maduro sea nada más y nada menos que Rodríguez Zapatero, un indiscutible amigo del chavismo.  En contra de otros presidentes españoles como Aznar o González, Rodríguez Zapatero incluso ha intentado convencer a la oposición venezolana para que renuncie al referéndum revocatorio a cambio de algún gesto del chavismo como la liberación de presos políticos. 

En otras palabras, el mayor valedor – sólo por detrás del papa Francisco – del régimen chavista es Rodríguez Zapatero.  Ahora, si Dios no lo remedia, gracias a Rajoy y a Margallo, la Unión Europea tendrá como representante ante el chavismo a un Zapatero que, a buen seguro, intentará destejer la posición antichavista que hace unos meses asumió el parlamento europeo.  Al Gobierno español, quizá le parezca una genialidad, pero es sólo un deplorable camino de perdición.

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