Es indudable que la política estadounidense produce mejores resultados, cuando opera negociando las diferencias en aras del bien común.

La búsqueda de la unidad, que no es prohibir las discrepancias, debería ser un ejercicio político continuo. Pero la percepción general es que Estados Unidos está más dividido, política y culturalmente, que nunca.

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Sin embargo, en la biblioteca del Congreso se encuentra abundante material que ilustra cómo las actuales divisiones palidecen en comparación con las de del siglo XVIII.

El llamado Gran Compromiso en 1787 surgió como respuesta a las grandes tensiones durante la Convención Constitucional, cuando los estados con poblaciones más grandes querían una representación legislativa proporcional, mientras que los estados más pequeños exigían una representación equitativa.

La solución fue entonces crear dos legislaturas en un Congreso bicameral. Los miembros de la Cámara de Representantes, elegidos por el pueblo, se asignaron de acuerdo con la población estatal y el Senado, con dos representantes por estado, independientemente del tamaño, elegidos por las legislaturas estatales.

“Desde la aprobación de la ley de Seguro Social en 1935, hasta la creación de un nuevo orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, bajo el presidente Harry Truman; desde las carreteras interestatales y las inversiones en educación científica, en los años de Dwight Eisenhower, hasta la legislación de derechos civiles y del sufragio, bajo John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson; desde los Acuerdos de Camp David, como marco para la paz en el Oriente Medio, en 1979, durante la era de Jimmy Carter, hasta la diplomacia de Ronald Reagan hacia la Unión Soviética y el Plan de Emergencia del presidente George W. Bush para el alivio global del SIDA, la política estadounidense, con espasmos de unidad, ha producido buenos resultados”, sostiene un artículo de Samar Ali, Bill Haslam y Jon Meacham en la revista TIME.

Es cierto que los primeros 100 días del presidente Joe Biden han sido un torbellino de promesas y proyectos de billones de dólares, para lograr un revolucionario cambio social, pero la pregunta sigue siendo ¿ayudarán a unir o dividir aún más al país?

El propio Biden señaló lo afortunado que era tener el apoyo bicameral para impulsar sus proyectos, pero su mayoría en el Senado es tan pequeña que, si no fuera por los dos senadores de Georgia que ganaron en las últimas elecciones de 2021, estaría en problemas.

Fue la misma suerte que corrió el presidente Barack Obama.

En 2008, los demócratas controlaban ambas cámaras. En el Senado había 49 demócratas y 49 republicanos, pero dos independientes votaban del lado demócrata, dándole a Obama una escasa mayoría de 51-49.

Dos años más tarde, perdió el control de la Cámara ante los republicanos.

El Senado de hoy está dividido 50-50. Biden solo disfruta de una mayoría porque la vicepresidenta Kamala Harris tiene el voto decisivo que inclina la balanza en caso de empate.

Para las elecciones de mitad de mandato en noviembre de 2022, los 435 escaños de la Cámara y 34 del Senado se someterán a reelección.

El control legislativo será crucial para la Casa Blanca que espera avanzar su multimillonario plan de trabajo e infraestructura y el Plan de la Familia Estadounidense, que impulsará pagos federales para el cuidado infantil y otros beneficios de bienestar social. La cantidad total ronda los 4 billones de dólares.

Los republicanos han estado distraídos elaborando estrategias para recuperar la mayoría en el Congreso y resolviendo la posibilidad de que el expresidente Donald Trump se presente a la reelección en 2024.

Biden, por su parte, busca un cambio social fundamental comparable con las reformas del New Deal, que introdujo el presidente Franklin D. Roosevelt, en la década de 1930.

Un emotivo discurso del senador por Carolina del Sur, Tim Scott, puso en relieve el sentir republicano: las propuestas de Biden no unirían al país, sino que lo separarían aún más.

Durante el gobierno del presidente Bill Clinton, en 1996, el Congreso aprobó una ley que dio paso a uno de los cambios más radicales en el sistema de bienestar social, considerado una amarga línea divisoria entre liberales y conservadores.

Clinton luego dijo "fui ampliamente criticado por liberales que pensaban que los requisitos laborales eran demasiado duros y por conservadores que pensaban que los incentivos laborales eran demasiado generosos, pero a veces de eso se trata convenir entre partes”.

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