Estados Unidos abre hoy la tradicional temporada navideña con una jornada de compras, conocida como Black Friday (Viernes Negro).
El frenesí por la captura de rebajas y ofertas se convierte en una suerte de ejercicio colectivo que inunda a la nación y deja suculentos dividendos para los negocios. nDesde el punto de vista comercial se trata de un momento de esplendor y festividad.
Nada hay que reprochar a millones de consumidores que salen a convertir los ingresos de su bienestar económico en deseados artículos y regalos para sus amistades y seres queridos.
Pero lo que comienza a resultar preocupante es el rumbo despiadadamente comercialista, invasivo y deshumanizado que va tomando el Viernes Negro entre nosotros, a remolque de los intereses lucrativos de los vendedores. Para no hablar de la violencia desatada a las puertas de los establecimientos comerciales. n
En esta ocasión, poderosas cadenas han decidido adelantar la apertura de la jornada para la noche del jueves de Acción de Gracias, imponiendo la obsesión comercial en una fecha históricamente dedicada al encuentro y la confraternidad familiar puertas adentro. n
La iniciativa no es responsabilidad exclusiva de los negocios que se han lanzado a estar carrera insensible por vender más que sus competidores, sino de la publicidad que la alienta, los medios que la secundan y los propios consumidores obnubilados por este desenfreno injustificado de comprar. n
El tema de las compras de Black Friday y, en general, del sentido de las fiestas navideñas, debería imponernos una reflexión sobre el sentido de nuestras conductas y prioridades durante estas celebraciones.
Comprar, regalar, compartir, son acciones con un sentido de sociabilidad y afecto que el ser humano no debe perder entre los espejismos del consumo.