sábado 31  de  octubre 2026
OPINIÓN

Cuando gobernar significa adular al pueblo

Sócrates sostiene que persuadir no equivale necesariamente a enseñar. Un auditorio puede quedar convencido sin haber comprendido aquello sobre lo que debe pronunciarse

Diario las Américas | JUAN CARLOS AGUILERA P
Por JUAN CARLOS AGUILERA P

Hay una forma de corrupción política difícil de reconocer porque se presenta como una virtud democrática: la disposición del gobernante a satisfacer permanentemente los deseos del pueblo. Quien procede así puede parecer cercano y respetuoso de la voluntad ciudadana. Sin embargo, cuando la política renuncia a distinguir entre aquello que los hombres desean y lo que verdaderamente conviene al país, deja de ordenarse al bien común y se convierte en una técnica de adulación. Platón examinó este problema en el Gorgias, donde la discusión sobre la retórica conduce a una pregunta fundamental: ¿qué significa realmente saber gobernar?

El diálogo reúne a Sócrates con tres interlocutores. Gorgias considera la persuasión una fuente extraordinaria de poder; Polo admira la autoridad que proporciona y Calicles defiende la superioridad de los fuertes y su derecho a satisfacer sus deseos. Platón conduce progresivamente al lector desde la cuestión de la eficacia del discurso hasta el problema moral de la autoridad. No basta saber convencer. Es necesario preguntarse qué se pretende conseguir mediante la persuasión y si aquello que se propone es verdaderamente justo.

Sócrates sostiene que persuadir no equivale necesariamente a enseñar. Un auditorio puede quedar convencido sin haber comprendido aquello sobre lo que debe pronunciarse.

Las democracias disponen de instrumentos cada vez más sofisticados para conocer las preferencias ciudadanas, medir reacciones y elaborar mensajes destinados a producir adhesión. Sin embargo, la eficacia comunicativa no garantiza la verdad de lo comunicado. Una sociedad puede conocer perfectamente aquello que sus dirigentes desean que piense y comprender cada vez menos los problemas que enfrenta.

La crítica platónica adquiere especial fuerza cuando Sócrates compara la retórica aduladora con la cocina. El cocinero procura alimentos agradables sin atender necesariamente a sus consecuencias para la salud; el médico, en cambio, debe procurar aquello que beneficia al cuerpo, aunque resulte desagradable. Si ambos comparecieran ante un tribunal de niños, probablemente triunfaría el cocinero. La comparación revela la diferencia entre proporcionar satisfacción y procurar un bien. Una política dedicada exclusivamente a agradar puede conquistar adhesiones y, sin embargo, perjudicar a quienes pretende beneficiar.

Esta lógica se advierte cuando los programas electorales se elaboran únicamente para responder a demandas previamente identificadas y los discursos se ajustan a las reacciones del público. Escuchar a los ciudadanos es indispensable, el problema comienza cuando escuchar significa confirmar sus preferencias sin ofrecer razones para examinarlas. Entonces el gobernante deja de comportarse como responsable de una comunidad y comienza a actuar como proveedor de satisfacciones. No procura formar un juicio compartido acerca de lo justo, sino conservar la aprobación de quienes pueden mantenerlo en el poder.

La responsabilidad corresponde también a los gobernados. Una comunidad política no está formada por espectadores que solamente expresan preferencias y exigen resultados. Está constituida por personas capaces de deliberar, reconocer límites y comprender que el bien común exige sacrificios. Cuando la democracia se reduce a una relación entre dirigentes que prometen y ciudadanos que reclaman, ambas partes se empobrecen. Los primeros evitan las verdades incómodas; los segundos consideran injusta cualquier decisión contraria a sus deseos, entonces la política pierde su dimensión educativa.

Calicles lleva el problema hasta sus consecuencias antropológicas, sostiene que las convenciones morales limitan injustamente a los fuertes y que la vida lograda consiste en satisfacer los deseos sin restricciones. Sócrates cuestiona esta identificación entre libertad, placer y ausencia de límites. Quien no sabe gobernarse a sí mismo difícilmente puede considerarse libre. Algo semejante ocurre con una comunidad que confunde los derechos legítimos con la satisfacción indefinida de intereses particulares. La libertad política necesita ciudadanos capaces de ejercer dominio sobre sí mismos y reconocer obligaciones compartidas.

Josef Pieper recuperó esta crítica platónica en Abuso de lenguaje, abuso de poder. Su reflexión muestra que el lenguaje se corrompe cuando deja de comunicar aquello que se considera verdadero y se utiliza para provocar una reacción conveniente. El adulador no necesita mentir constantemente. Puede seleccionar los hechos, omitir lo incómodo y presentar la realidad de manera que su interlocutor escuche precisamente aquello que desea escuchar. La adulación política no constituye, por tanto, una forma superior de respeto al pueblo, sino una manera refinada de instrumentalizarlo.

Conviene advertir que la crítica de Platón no autoriza a despreciar la participación ciudadana ni a convertir al gobernante en un médico infalible. Precisamente porque las personas poseen razón y libertad, gobernar exige explicar las decisiones, aceptar objeciones y procurar que los ciudadanos comprendan las razones de los sacrificios solicitados. La autoridad no queda dispensada de persuadir; está obligada a hacerlo sin abandonar la verdad.

Hacia el final del Gorgias, Sócrates afirma que intenta practicar el verdadero arte político porque procura mejorar a sus conciudadanos en lugar de limitarse a complacerlos. No posee cargos ni mayorías. Su autoridad nace de interrogar, refutar y ayudar a reconocer la ignorancia. Platón introduce así un criterio exigente: el verdadero político no es necesariamente quien conquista el gobierno, sino quien contribuye a la madurez de la comunidad.

Una democracia no se corrompe solamente cuando sus gobernantes desprecian al pueblo; también puede deteriorarse cuando lo adulan hasta privarlo de las exigencias de su madurez. Gobernar no consiste en satisfacer todos los deseos, como educar tampoco significa evitar toda dificultad. Un pueblo verdaderamente libre necesita gobernantes capaces de decirle la verdad y ayudarlo a reconocer, incluso cuando resulte difícil, aquello que merece ser querido.

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