Los venezolanos de mi tiempo nos divertimos mucho con la película “Thunderball” de la saga del Agente 007. El cronista era niño, cuando se estrenó en 1965. Por consiguiente, excusas, por alguna mala jugada de la memoria. O por cualquier venablo, expresión áspera, dura. No ha sido, coincidencia, ni producto de la casualidad.

La escena, constituye un clásico. Ernst Stavro Blofeld, jefe de “Spectre”, a quien James Bond enfrenta en el film, les informa a sus compinches lo que se trae entre manos.

- Acabo de robarles dos bombas atómicas a los pelmazos de la OTAN y ya les he enviado un ultimátum: O le pagan a “Spectre” el equivalente a 100 millones de dólares en moneda dura, es decir, en francos suizos o en Venezuelan bolivars, o vamos a detonar esos megatones, en ciudad importante de Estados Unidos o Europa … ¡y que conste – Blofeld se puso de pie para enfatizar que el asunto iba en serio- …los niños y ancianos que nos llevemos en los cachos, me importan un mismísimo … [beep-beep-beep]!

Que los implacables malhechores de “Spectre”, exigiesen todo o parte del botín, en “bolívares de Venezuela y que a Ian Fleming, le hubiese dado por fantasearlo en su novela y la correspondiente adaptación al cine no fue condescendencia. Negocios son negocios. O busisness is busisness. En particular en el bajo mundo del crimen. Impensable, semejante exigencia – ni siquiera figurarla- de haber estado Venezuela desgobernada, en aquella época, por un lisiado moral y mental, capaz de echárselas de bailarín de salsa, fresca todavía en sus manos y patas, la sangre mártir de nuestros jóvenes libertarios. No hubiesen existido –como no existen ahora- ni bolívares, ni especies amonedadas. Ni siquiera país. Como ha dejado de serlo, Venezuela, en las circunstancias actuales. Devastada, borrada del mapa por una traílla de perros rabiosos internacionales.

“Maestro Ortega” era un operario consentidor. Cada vez que los habitués del cine “Plaza”, espontáneos, inocentones, aplaudíamos alguna escena chistosa o heroica, “Maestro Ortega” detenía el proyector de la sala de exhibición, lo retrocedía y volvía a proyectar las tomas que nos habían emocionado. El “Plaza” estaba en La Pastora, centro de Caracas, pero era un cine pueblerino.

¡Cómo cambian las circunstancias! Desgobernados, en la actualidad, por un cucuteño, felón, cleptómano, depravado, oprobio del honroso gentilicio colombiano.

A ningún operador, ni de sala de cine o de un prostíbulo, se le ocurriría, hoy, retroceder y darle “replay”, al espectáculo de contemplarlo, ahí, baboso, en decúbito ventral, ante castrocubanos, chinos, rusos o de chulos redomados, al estilo de Maradona, Evo, Daniel Ortega, Piedad Córdoba.

O en un arranque de “dignidad”, rechazando la oferta de sus pares de “Spectra” de incorporarse al complot de las bombas atómicas:

-¿ 100 millones de dólares?¡Qué va, oh! Este que está aquí, no recibe limosnas. Por esa migaja, no detono ni un triquitraque.

“Águila no caza moscas”, según el legado de inmoralidades de su mentor, el supuesto “¡Gigante!”.

Para que se constate que la voracidad, la picazón, la comezón, la urticaria, el furor de Mesalina de los supuestos próceres de la llamada Robolución, por arrasar con la Tesorería Pública no son desmesuras de este humilde cronista, nos remitimos a un episodio reciente. En específico, al escándalo de la semana pasada, desvelado en una Corte Federal del Sureste de Florida, Estados Unidos. Un solo expolio, uno solo, conforme a las recíprocas delaciones de sus propios participantes – el cronista sabe de lo que habla- sumó 1.200 millones de dólares. Para el “papi” o “primero de a bordo” y para sus hijastros o narcohijastros. En un solo latrocinio 1.200 millones ¿A cuánto ascenderá el saqueo, de 20 años sin solución de continuidad?

Con licencia para matar. Narcotraficar. Traficar mujeres, porque también son proxenetas. Para lucrarse con las bolsas CLAP y hacer más hambrientos a los hambrientos. Con licencia para comprar con sobreprecio medicinas vencidas. Licencia para la caída y mesa limpia, con los recursos para el mantenimiento del sistema de electricidad y dejar al país a oscuras. Con licencia para lo peor.

Los archimalvados de “Spectra”, gente sana, comparados con la calaña que se hace llamar “bolivariana”.

¡Dígalo, ahí, James Bond!

@omarestacio

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario