La noche aún estaba nueva. Por estrenar. Brillos infinitos y parpadeantes. De las luces navideñas a los cristales. De los escaparates al suelo mojado de las calles. Bruma, vahos y el cielo rosa de la gran ciudad. Paseaba aquel Madrid de comienzos del 2018, camino a la vieja casa, tiempo de tránsito, días de cambios. En el horizonte, el calendario impoluto de un año que esperaba a los autores y a la historia, a los caprichos del reloj, los hombres y la naturaleza, para ir completando su diario de euforias. Mis pasos ya no eran los cansados de diciembre sino los animosos de un enero que, pese al frío, tiene siempre un alma primaveral.

Recuerdo bien aquel caminar de los inicios porque no he podido olvidar las desilusiones que inevitablemente fueron más tarde emborronando el almanaque de sueños. Al abrirse un año nos fijamos en la belleza de los pétalos de sus flores, que ya imaginamos enormes y deslumbrantes. Al cerrarse, reparamos en la tristeza de sus ramas marchitas, de las heridas que sus espinas nos han dejado en la piel, y de la ausencia gélida que el otoño impone a la cima de las macetas más floridas.

Ahora recibo y envío mensajes repletos de buenos deseos, porque a este 2019 no le conocemos más que la virtud y la belleza, como a una novia reciente de los primeros veranos de universidad. Frente a lo liviano y jovial del año nuevo, el que se marcha es una losa sobre nuestra espalda que el buen Dios tiene a bien quitarnos y archivarla en nuestra memoria. Las garras retorcidas de sus demonios aún nos perseguirán algún tiempo, sí, pero de algún modo confiamos siempre en que tras la Nochevieja quedaremos inmunizados contra la mala fortuna, el dolor, la injusticia o la enfermedad.

Una de las grandes razones del éxito universal del cristianismo es su ausencia de apasionamiento, su carácter contrario a la placidez. Si a tu Dios lo han torturado desde niño, si a tu Salvador lo han condenado injustamente, si a tu Rey solo lo han coronado de espinas en lo alto de un madero, cualquiera puede imaginar que los cristianos estamos vacunados contra la euforia. No así contra la esperanza, que al fin hubo resurrección, pero no fue antes de que se consumasen en grado extremo todos los dolores físicos y psíquicos que puede padecer el hombre. Esto nos invita a contemplar las Nocheviejas con cierta desconfianza: humanamente sabemos que todo año es susceptible de ser aún peor que el anterior, aunque espiritualmente nos abrazamos a la esperanza de que el arbitrio de las alturas pueda hacer soplar el viento de cara por un tiempo.

Recorro otras calles, la misma Navidad, doce meses después. De un tiempo a esta parte, cada cambio de año me obliga a estrenar cama, avión, despacho, columna, amigos, o medicación –sean bienvenidos los antigripales-. Así que identifico cada fin de año con un barrio, con un puñado de rostros familiares, con un montón diferente de papeles sobre la mesa, con las luces de algunos bares y las cruces de un par de iglesias, y con algún medio de transporte de larga distancia y sus ocupantes en viaje oscilatorio periódico como el mío. Tampoco estoy seguro de cuál es la función de los recuerdos situacionales, esa manía humana de estremecerse siempre ante el contexto -un perfume, un color, un objeto- y pasar de largo ante la esencia, las personas, el presente.

Desde esta esquina, sopla frío y desangelado el viento del mar. Hielo y salitre. Asciende un Santa Claus lleno de polvo por el balcón de un vecino y fuma en un portal, ajeno a la Navidad, el dueño del restaurante chino de la esquina. Hay fuego de mentira en un escaparte, hay recuerdos aterradores de juventud en una acera cercana, y huele a pastelería francesa cada día desde la madrugada. Supongo que a todos nos pasa algo parecido. Contemplado desde este escenario, el año que parte será despedido con vagas lágrimas y sonoras voces de alegría, por todas las cosas buenas que se lleva, la añoranza, por los sinsabores que también enterrará en la fosa común de sus memorias, la esperanza.

Por suerte, la Nochevieja también oculta el secreto para hacer más llevadero el trámite de arrancar el calendario y arrojarlo a la basura, de contar entre las sillas las ausencias durante la última cena de año, de descubrir en nuestras manos nuevos e inéditos temblores al alzar las copas: la niñez. Así es. Con los ojos del niño ilusionado que siempre somos, el año nuevo tiene al fin derecho y razones suficientes como para ser recibido con una gran fiesta. Bendita sea la infancia que perdura.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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