“En el pasado, aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando del lomo de un tigre, acabaron dentro de él”. -John F. Kennedy
El jefe del Cartel de los Soles que se adueñó descaradamente de Venezuela, Nicolás Maduro, se encuentra hoy en una cárcel en los Estados Unidos.
“En el pasado, aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando del lomo de un tigre, acabaron dentro de él”. -John F. Kennedy
El jefe del Cartel de los Soles que se adueñó descaradamente de Venezuela, Nicolás Maduro, se encuentra hoy en una cárcel en los Estados Unidos. No llego ahí por voluntad propia. En un espectacular operativo digno de Hollywood, fue capturado, junto a su esposa Cilia Flores. No sucedió mientras caminaba por las calles o en una manifestación pública, pero en su propia guarida, en un fuerte militar, en un bunker construido especialmente para él y custodiado por un batallón elite del G-2 cubano.
Los soldados americanos irrumpieron en medio de la noche y en poco tiempo, la pareja estaba en el buque de guerra USS Iwo Jima. Unas pocas horas antes, Maduro bailaba y cantaba desafiando a Trump, llamándole cobarde mientras le gritaba, venme a buscar! Trump accedió a su reclamo y en corto tiempo viajaba esposado rumbo a una cárcel en Nueva York.
La ironía de esta mediocre opereta es que murieron 32 cubanos defendiéndolo, mientras él, se entregó. Lo debe haber aprendido del Che Guevara, quien después de mandar a otros a morir en estériles guerrillas, en el momento de su captura, un engendro irreconocible de churre y abandono, levanto los brazos y alerto: No disparen, soy el Che Guevara y valgo más vivo que muerto. El Che fue ejecutado como mismo lo hizo el con cientos de hombres. Maduro tendrá la oportunidad que no les dio a sus víctimas. Dispondrá un juicio justo con abogados que lo defiendan y con todas las garantías procesales que él nunca concedió.
Los dictadores son todos iguales, se creen invencibles. Hasta que les llega su día. Manuel Antonio Noriega, el hombre fuerte de Panamá y antiguo socio de Fidel Castro en el narcotráfico, agitaba el machete y juraba que su ejército de saltamontes y batallones de la dignidad vencerían a los yanquis. Un buen día los marines americanos desembarcaron y huyo solo y abandonado, aunque no logro llegar lejos. Termino también ante los tribunales de Estados Unidos
cumpliendo cárcel por narcotráfico. Concluida la sentencia, Francia lo reclamo porque como buen delincuente tuvo la osadía de falsificarles su sagrado champagne. Después de cumplir en Francia, lo reclamo Panamá por crímenes de lesa humanidad hasta que murió en prisión. Los dos fueron capturados en la misma fecha, un tres de enero, con 36 años de por medio. Casualidades de la vida.
El acta del encausamiento del Departamento de Justicia de Estados Unidos, acusa a Maduro de “dirigir un gobierno corrupto e ilegítimo y de
encabezar una extensa operación de narcotráfico que llevo miles de toneladas de cocaína a Estados Unidos. Maduro está acusado junto a su esposa, Cilia Flores, su hijo y tres personas más. Los cargos no son cosa ligera, conspiración de narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína y posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos. Cargos que están pendientes desde el 2020. Cargos por crímenes que, más allá de convertirlos en sumamente ricos, también estaban dirigidos a hacer daño a Estados Unidos. Y ahí es donde la cosa tomo un giro peligroso.
¿Habría que preguntarse qué necesidad tenían Maduro y el resto de los sicarios de enriquecerse mediante el narcotráfico? Venezuela es uno de los países con mayores reservas de petróleo y oro, lo cual le garantiza la prosperidad a sus ciudadanos y al país. Lo legitimo, parece no interesarle al delincuente. Prefieren hacer lo que ha hecho Cuba, destruir el país y vivir del tráfico humano, el narco tráfico y el lavado de dinero para el enriquecimiento de los menos y la miseria de los más.
La captura fue una operación que supera la ficción. Maduro, desligado de la realidad, debió haber intuido que si por 4 meses, una considerable parte de la Flota americana estaba frente a las costas de Venezuela, no sería para aprender a hacer arepas.
Esa noche se fue a dormir siendo el presidente y en la madrugada fue capturado como un delincuente junto a la “primera combatiente” por fuerzas especiales que penetraron su bunker. Se rindió, rápidamente, sin aguaje, ni espada, ni guapería barata. Tanto él, como su esposa Cilia, Flores, la narco tía,
son hoy prisioneros y enfrentarán cargos de narco terrorismo en una corte federal en Nueva York. Los Venezolanos se deshicieron del principal sicario del Cartel de los Soles. Aún quedan otros responsables que siguen aferrados al poder, pero lo que sí ha quedado al descubierto es el estrecho vínculo criminal con La Habana que llevamos tiempo denunciando.
La era de Nicolás Maduro llego a su fin. Curioso con la rapidez que se va de la inmensidad del poder al reducido espacio de una celda en pocas horas.
Los dictadores no aprenden, los delincuentes menos.
Dicen que cuando nace un niño, el mundo sonríe, también cuando se pone fin al reino de crueldad de un genocida, responsable de incalculables muertes. El régimen cubano, ha dicho el Secretario de Estado, Marco Rubio, debe de estar preocupado. Y lo dice con razón.
El régimen cubano apostó equivocadamente porque amarro su destino al de Maduro. Ahora, después de su captura, Abel Prieto y Miguel Díaz-Canel, en un giro novelesco dicen estar
dispuestos de dar hasta su sangre por Venezuela. Ya 32 enviados por ellos, la dieron defendiendo a un narco terrorista.
El día que la cúpula corra hacia refugios seguros donde ya tienen lujosas propiedades y abultadas cuentas bancarias, o, encaren la misma suerte de Maduro, quedaran los cómplices para enfrentar la ira de un pueblo al que han reprimido y humillado o la justicia de un tribunal que dictara sentencia sobre ellos. Harían bien en mirarse en el espejo de Maduro. De la inmensidad del poder absoluto, a absolutamente nada
que poder hacer para salvarse. Ni siquiera una tropa elite debidamente entrenada pudo detener la fuerza de la justicia. El futuro está aún por escribirse. El de algunos puede ser un garabato, el de otros, una página de gloria. Queda aún mucho por ver.
