El hasta entonces ministro de Relaciones Exteriores Ricardo Alarcón terminó como presidente de la Asamblea Nacional, un enroque que el pueblo percibió como una metida de pata, “Fidel ha puesto a un comemierda de canciller y agarró al canciller, el de verdad, y lo puso a comer mierda”.
Las criticas permearon hasta la pluma de Enrique Núñez Rodríguez, uno de los columnistas genuflexos del periódico Juventud Rebelde, quien aseguró que aquello era como si a él lo designaran mánager de la selección nacional de béisbol por el solo mérito de seguir los partidos en televisión.
Y es que Alarcón era el mejor diplomático con que contaban, había sido capaz de defender las posiciones absurdas de Fidel ante más de tres administraciones de Washington y ante cuanto foro internacional apareciera, “imagínate terminar frente al micrófono del Palacio de las Convenciones para solo decir: los que están a favor, lo que están en contra... aprobado por unanimidad”, se burlaban en las calles.
“La frescura” de Robaina dejó de ser útil cuando hubo que sentarse a negociar el bombo de visas, los pies secos o mojados y el nuevo caos de los balseros cubanos con la administración Clinton: Lejos de convocar al flamante y moderno ministro de relaciones exteriores, Fidel prefirió desempolvar a “cabeza de semilla” como popularmente llamaban a Alarcón y mandarlo al frente de la delegación.
Más tarde, en 1999, Robaina fue sacado por la puerta del fondo acusado de aceptar dinero de la droga para arreglar la cancillería cubana, “edificio que llenó de jaulas de pajaritos y peces de colores, además de creerse el cuento del supuesto heredero”, decía Raúl Castro.
Robertico terminaría expulsado del Partido Comunista y obligado a reconocer errores éticos y políticos. Hoy embadurna lienzos, dizque pintor.
Pero entonces, en lugar de regresar a Alarcón a la cancillería, lo mantuvieron en el circo de la Asamblea Nacional, con la guayabera planchada para cuando hiciera falta, y trajeron de ministro a otro experimento, Felipe Pérez Roque, quien también terminaría defenestrado y arrastrando acusaciones de traición por su apego a “las mieles del poder”.
Traigo a colación toda esta historia de negociadores y embajadas por la aparición en escena de un cangrejo advenedizo como el supuesto elegido del castrismo para negociar una tregua con la administración Trump. Una noticia que, de no ser por la insistencia de medios como Axios y El Nuevo Herald, calificaríamos de tontería absurda.
Raúl Guillermo Rodríguez Castro nunca existió para la prensa oficialista de Cuba, lo que se conoce de él es por las redes sociales donde le presentan como el clásico vacilador del poder, el nieto favorito de Raul Castro, al que le inventaron un cargo y hasta grados militares, al mejor estilo de Corea del Norte.
Un tipo al que le gusta viajar por el mundo con empresarios panameños, que disfruta bailar en las tribunas de los músicos de moda y exhibirse como el príncipe de la dinastía. Según dicen presta su nombre para negocios de la noche en la capital cubana y hasta bota a los inspectores que llegan a supervisar.
No tiene ninguna experiencia en tejes manejes políticos, a diferencia de su tío, Alejandro Castro Espin que se reunió hasta veinte veces con la delegación de la administración Obama para la reapertura de las embajadas y a quien adelantaron a México de inmediato, como señuelo para Marco Rubio.
Entonces, ¿por qué Raul designaría al menos apto de su familia para buscar un acuerdo con Estados Unidos?
Tal vez se trata de un encuentro fortuito, una coincidencia, llegaron sin proponérselo al lugar y al momento que les permitió cruzar llamadas o miradas.
Si fuese así estaríamos solo ante un primer paso y les toca redirigir la conversación hacia personas más capaces.
La otra variable es que Raúl Castro, consciente de lo insalvable de su proyecto, estuviera buscando visibilidad para su favorito y tratando que le reconozcan inmunidad en un futuro incierto, con cuenta de banco y retiro garantizado.
Nadie en Washington debe estar feliz si el interlocutor que han conseguido dentro de Cuba es este muchacho, inepto y malcriado.
O erraron el tiro, y quizás, sin proponérselo, están jugando bajo las premisas de Raúl Castro induciéndoles a tomar el camino más largo, el que, como siempre, conduce hacia ningún lado.
“Ni con un saco de cangrejos se resuelve una conversación seria con Cuba, este tipo no da ni para un enchilado”, me dice una periodista independiente desde La Habana, quien me agrega: “asombra que Raúl abandonara a sus títeres Díaz Canel, Marrero y Rodríguez Parrilla, para llevar esta puesta en escena con aficionados e improvisados de último momento”.
No se debe perder la perspectiva con el régimen de La Habana, son expertos en ganar tiempo y ya respiran nuevamente tras el fallo de la corte suprema de los Estados Unidos que ha obligado a Trump a cancelar los aranceles contra los que suministraran petróleo a la isla. reavivando las esperanzas de que algún petrolero, ruso o mexicano, regrese a los puertos cubanos.
Nunca el castrismo se había visto tan amenazado, pero llevan años preparándose para este evento, engrasando cangrejos, pantallas de entretenimiento y forzando el tiempo para que cambien las condiciones.
Al cangrejo se le debe tratar como el padre trató a Gregorio Samsa en La Metamorfosis de Kafka: sin piedad, a punta de improperios, limitándole el espacio, obligándolo a regresar a su cuarto, recluido en su esquina nauseabunda, sin importar que al intentar atravesar la puerta sangrara por sus costados de enorme escarabajo.
Un analista político, a quien respeto mucho, esquiva responderme qué opina de esta situación con el cangrejo, prefiere cantarme la primera estrofa de Tic Tac, la canción con que la española Marisol se adueñó de las pantallas cubanas a los principios de los 1960 con la película Solo los dos, con Palomo Linares:
“El reloj camina siempre para adelante, el cangrejo, el pobre, siempre par atrás, dime tú pa’ donde tengo yo que andar”
Mal que canta y mal que disimula mi amigo.