Por otro lado, José Martí, figura central del pensamiento independentista cubano, escribe Lucía Jerez en 1885 durante su exilio en Nueva York. Esta novela, menos conocida que sus ensayos y poemas, explora los conflictos internos de sus personajes, especialmente los femeninos, en el cuadro de una familia compleja. Martí nunca le dio demasiada importancia a esa novela, y sin embargo la tiene. Fue publicada por su amigo Gonzalo de Quesada, que escribió lo siguiente: “Sea su novela Amistad funesta el décimo volumen de las obras del Maestro.
Es milagro que ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido. Se publicó en 1885, en varias entregas, en El Latino Americano, periódico bimensual, de vida efímera -órgano de la Compañía Hecktograph, de New York- que no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna. Además, no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo de «Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aún más difícil su hallazgo.
Afortunadamente, un día en que arreglábamos papeles en su modesta oficina de trabajo, en 120 Front Street -convertida, en aquel entonces, en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y administración de Patria- di con unas páginas sueltas de El Latino Americano, aquí y allá corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué es esto Maestro?» «Nada -contestóme cariñosamente- recuerdos de épocas de luchas y tristezas; pero guárdelas para otra ocasión. En este momento debemos solo pensar en la obra magna, la única digna; la de hacer la independencia»… José Martí pospuso su trabajo literario como lo pospuso todo, en pos de situar a Cuba en el pedestal que le correspondía.
Escribió Román Vélez en Notas de Arte de Colombia, en agosto de 1910:
“Sobre Cuba exclamaba:
«Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la cumbre inaccesible.
»En mi tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo, y una bandera: yo.
»A ellos los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos han dejado solos.”
De ahí que también Martí escribiera: “Lo imposible es posible. Los locos somos cuerdos”. Que además de Quijotesco, estaría citando 2 Corintios 5:13: “Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros.”
Resulta curioso que, en 1857, Gustave Flaubert publicara su novela Madame Bovary, y declarara cuando le preguntaron quién era Madame Bovary: “Madame Bovary, c’est moi”, y décadas más tarde, en el XX, la novelista belga Marguerite Yourcenar dedicara una obra magna al emperador Adriano, titulada Memorias de Adriano (escrita en 1948 y publicada en 1951, traducida al español por Julio Cortázar), metiéndose en la piel del romano, narrada en primera persona. Martí también expresó sentirse identificado con el personaje femenino de Lucía Jerez, y Gertrudis Gómez de Avellaneda con Sab, tal como se reencontró Yourcenar en el interior de Adriano. Como notan, dos novelas en lengua española, de dos grandes monumentos de la literatura hispana recorrieron un camino bastante parecido con relación a la forma tan libre y preclara de asumir sus personajes.
En Sab, la Avellaneda denuncia con audacias de contenido y lingüística la esclavitud y la desigualdad de clases en la Cuba española. Sab, el protagonista, es un esclavo mulato que, a pesar de su nobleza y sensibilidad, está señalado por su condición social y -según se ha dicho, racial. La autora utiliza la historia de amor imposible entre Sab y Carlota para mostrar la brutalidad del sistema hoy llamado esclavista permitido y asimilado por la sociedad criolla. El personaje de Sab es una crítica al estatismo más que al racismo -no hubo racismo, la prueba es que los españoles se mezclaron con indios y después con los esclavos africanos-, aunque también a la falta de libertad de las mujeres, representada por Carlota, quien tampoco puede elegir definitivamente su destino, por una condición per se, o sea, su decisión individual.
En Lucía Jerez, Martí se enfoca más en la opresión emocional y psicológica que sufren sus personajes, en particular las mujeres. Lucía, la protagonista, es una joven llena de pasiones reprimidas y conflictos internos, atrapada entre las convenciones sociales y sus deseos más profundos. Ama a un hombre al que debe renunciar dado que ha sido destinado a otra mujer por la que ella también daría la vida. Martí utiliza la figura de la mujer -vista y sentida a través de su prisma- para simbolizar la lucha por la autenticidad y libertad individual en una sociedad que reprime los sentimientos y condiciona la espontaneidad y la creatividad.
Ambas novelas ofrecen una visión crítica del papel de la mujer en el siglo XIX. En Sab, Carlota es víctima de un sistema dominante que la obliga a casarse por conveniencia, sin considerar sus verdaderos sentimientos. La Avellaneda denuncia la falta de autonomía femenina y la equipara, en cierto modo, a la esclavitud, a la dependencia impuesta.
En Lucía Jerez, Martí retrata a Lucía como una mujer compleja, intelectual y apasionada, en lucha constante con sus emociones y con la presión social. A través de Lucía, Martí reivindica la capacidad intelectual y emocional de la mujer, anticipando debates no necesariamente feministas, es más, de ninguna forma feministas, desde luego, que cobrarían fuerza décadas después. De modo que todo intento de borrar al Martí caballero para travestirlo en feminista es otra manipulación burda.
Mientras que Sab se centra en la cuestión racial y la identidad del esclavo, Lucía Jerez refleja el sentimiento de alienación y desarraigo de la renuncia, de la fuga. Martí, al escribir desde Nueva York, impregna su novela de una nostalgia por la tierra natal y una reflexión sobre la construcción de una identidad cubana en el exterior. La novela es también una meditación sobre la amistad, la lealtad y la traición.
En Sab la Avellaneda pudo afirmar que Sab c’est moi, y en Amistad Funesta, Martí pudo reafirmar que Lucía Jerez c’est moi.
Sab es una novela romántica, con abundantes descripciones de la naturaleza y el uso de la sensibilidad como forma de denuncia social. La prosa de Avellaneda es emotiva y directa; busca conmover al lector y despertar su conciencia moral, lo consigue.
Lucía Jerez, en cambio, muestra la influencia del modernismo y del simbolismo. Martí utiliza un lenguaje poético, cargado de metáforas y símbolos, para explorar el mundo interior de sus personajes. La estructura de la novela es más fragmentaria, reflejando la complejidad psicológica de sus protagonistas -ajustándose a la novelística francesa de la época.
Sab y Lucía Jerez son dos novelas fundamentales para entender la evolución de la literatura cubana e iberoamericana y los debates sociales del siglo XIX. Ambas denuncian la opresión, ya sea identitaria, clasista, en el alma femenina, y recuperan la capacidad de las mujeres para desenvolverse, pensar y sentir por sí mismas. Mientras Avellaneda se adelanta a su tiempo al abordar la esclavitud y las libertades femeninas, Martí explora los conflictos internos y la búsqueda de la autenticidad en el alma femenina.
Martí cayó herido mortalmente por una bala que -se supone provenía del fusil de un joven que entonces se hallaba en el bando contrario a los independentistas, Ángel Castro, padre de Fidel Castro-; de modo que muere a los 42 años en Dos Ríos -aquí en la calle del Desengaño número 10, vivió también desterrado, herido por el grillete que llevó desde la cintura al tobillo muy joven, cuando con dieciséis años fue encarcelado. Su obra literaria es monumental, asombrosa, patriota, de una sensibilidad universal. Todavía algunos lo llaman loco, o lo usan políticamente a su capricho.
Gertrudis Gómez de Avellaneda murió en Madrid a los 59 años, con una obra extraordinaria, preciosa, vitalísima, de una fineza que ya quisieran Flaubert y la Yourcenar -sin ánimos de comparación. En el año 2004 fui a ver el Salto en El Rocío de La Divina Pastora, la Virgen del Rocío, corría el mes de abril, y terminamos en Almonte, de ahí acudimos a una plaza pintada de blanco, en el centro una especie de monumento enlosado con la imagen de La Tula del cuadro que representa su Coronación en La Habana. Las ventanas y los visillos se hallaban cerrados, pedí al pintor Jorge Camacho, que me hiciera una foto junto a la obra. En el momento en que Camacho capturaba la imagen, un visillo se abrió, y oímos una voz que clamó airada: “¡Ahí están otra vez con la puta del pueblo!”. Se referían a los amoríos de La Tula con Don Ignacio de Cepeda. De modo, quiéralo o no, la novelista sigue metida -con calzador y a la fuerza- en la piel del personaje de Sab.
O sea, de loco a puta, de tal manera se aprecia todavía en ciertos ambientes a lo mejor de nuestra literatura; me refiero por fuera de los círculos literarios y universitarios. Ellos estarían contentísimos, digo yo.
Volvamos a Lucía Jerez y Sab. A través de estas obras, la literatura cubana se afirma finalmente como un espacio sólido y de construcción de nuevas identidades. Si Sab es mejor novela que Amistad Funesta, no sabría decirlo. Las he leído y releído siempre con el mismo amor por ambos autores, porque ambos partieron de Cuba de una forma bastante parecida, y en eso también compartimos dolor, el del éxodo. Esa última mirada de Cuba que podemos apreciar en el poema Al Partir de La Tula, así como Martí saborea su presencia de nuevo en la patria en el Diario de Campaña, de Cabo Haitiano a Dos Ríos, donde halló la muerte, fue experimentada por mí cuando el avión alzaba vuelo y el paisaje cubano fue perdiéndose en el océano hasta convertirse en un punto verde en medio del azul intenso, todavía inalcanzable.
Ambos regresaron de sus exilios a su amada Cuba: una a recibir una corona de laurel sobre su frente en premio a su magnífica obra; el otro a recibir un balazo en la frente, también por su majestuosa obra.