Lo que ocurre en Chile no debe verse simplemente como un nuevo ciclo, ola o interregno político. Tales etiquetas a menudo reflejan una perspectiva determinista de la historia, característica de quienes subestiman el poder de la acción humana. La narrativa de las sociedades, al igual que la de las vidas personales, no se desarrolla como una tragedia inevitable, sino como un drama abierto. La elección de José Antonio Kast como presidente marca el inicio de un nuevo capítulo biográfico para la nación.
Esta perspectiva biográfica ayuda a dilucidar la trascendencia de la visita del presidente electo a Hungría. Trasciende la mera cortesía diplomática o los gestos ideológicos simbólicos; representa un esfuerzo significativo por emprender una reflexión comparativa en un momento en que muchos supuestos políticos y culturales que dominaron la última década en Occidente se están erosionando visiblemente.
Chile está saliendo de un período marcado por la fatiga intelectual, la tensión social y un creciente desprecio por la dignidad y la libertad personal. En los últimos años, sobre todo durante el gobierno que acaba el 11 de marzo de 2026, se intentó reestructurar la sociedad mediante ambiciosos proyectos de ingeniería social, a menudo obstaculizados por la limitada capacidad administrativa y un fuerte impulso ideológico. La disparidad resultante entre promesas y resultados ha generado considerables costos sociales e institucionales.
En este contexto, el presidente electo ha caracterizado su administración entrante como una de emergencia, priorizando tres áreas centrales: seguridad pública, inmigración y crecimiento económico. Un marco de emergencia requiere una acción rápida y eficaz, pero también coherencia y un uso disciplinado del poder. Este enfoque exige un estricto apego al orden constitucional y al estado de derecho, así como una comprensión sensata del gobierno como un servicio y no como una herramienta para la experimentación ideológica.
Desde esta perspectiva, la visita a Hungría puede considerarse un ejercicio de observación comparativa. Hungría ha enfrentado desafíos que coinciden con las preocupaciones actuales en Chile: seguridad pública, control migratorio, cohesión social y la tensión entre la soberanía nacional y las dinámicas supranacionales. El enfoque debe centrarse en cómo las diferentes comunidades políticas abordan problemas concretos, sopesando los resultados, las compensaciones y las consecuencias institucionales.
Sin embargo, superar un capítulo oscuro de la historia de Chile no puede ser responsabilidad exclusiva del gobierno; requiere la participación de la sociedad en su conjunto y de sus actores clave. Está en juego la recuperación de los bienes humanos fundamentales que configuran la vida social: la vida, la salud, la vivienda, la familia, la educación, el trabajo, la justicia, la cultura y la religión; bienes que dependen de la seguridad y la paz social. Esta labor trasciende un solo mandato presidencial y no puede abordarse mediante cambios electorales ni decretos ejecutivos.
Hay que superar varios desafíos profundamente arraigados:
1. Normalización del odio : El uso del odio como herramienta política se ha vuelto común. Para superarlo, debemos restaurar la amistad cívica: reconocer a los demás como iguales en dignidad, incluso en medio de profundos desacuerdos. Sin esta buena voluntad pública básica, la política se convierte en una confrontación perpetua.
2. Erosión de la confianza en las instituciones : Si bien esta desconfianza tiene sus raíces en abusos reales, se ha visto amplificada por un desmantelamiento simbólico deliberado. Los órganos legislativos, los tribunales y las fuerzas de orden se han visto debilitados no por una reforma responsable, sino por una deslegitimación sostenida. Recuperar la confianza requiere integridad, competencia técnica y un compromiso renovado con el servicio público, reconociendo que las instituciones no son obstáculos para la libertad, sino un sostén necesario.
3. Deterioro de la justicia : La politización del poder judicial y las protecciones legales selectivas han distorsionado el estado de derecho. Restablecer la justicia exige la aplicación equitativa de las normas jurídicas, una auténtica independencia judicial, la protección de los inocentes y la rendición de cuentas por las infracciones.
4. Propagación del individualismo utilitarista : Esta mentalidad reduce las relaciones humanas al mero cálculo y al beneficio inmediato. Una comunidad política sostenible en el tiempo requiere virtudes públicas como la gratitud, la generosidad y la responsabilidad compartida.
5. El desafío de la demagogia : El atractivo de lo imposible y la sustitución de la política genuina por eslóganes vacíos han generado frustración y desilusión. Superarlo exige devolverle a la política su legítima dignidad: como un arte prudencial centrado en el bien común, consciente de sus límites, costos y responsabilidades.
Si estos desafíos se abordan con realismo, fortaleza institucional y un compromiso genuino con el bien común, la nueva etapa para Chile podría ser de aprendizaje y renovación. En este contexto más amplio, la visita del presidente electo a Hungría debe considerarse no como un fin en sí misma, sino como un momento crucial en un proceso más amplio que busca reordenar la vida social y forjar un futuro más humano, justo, libre, seguro y pacífico.
Juan Carlos Aguilera Pérez es un filósofo y ensayista chileno especializado en filosofía política, educación cívica y la tradición clásica occidental. Es doctor en filosofía y realizó sus estudios de posgrado en la Universidad de Navarra gracias a la Beca Presidencia de la República de Chile. Fundador del Club Polites, colabora con la Corporación Acción Republicana, escribe regularmente para medios europeos, estadounidenses y de iberoamérica sobre democracia, cultura y los fundamentos morales de la vida pública. Desde hace algunos años, dirige una Escuela de Formación Cívico Política orientada a la formación de jóvenes con vocación pública y política.