viernes 2  de  diciembre 2022
OPINIÓN

EEUU: el día más memorable en la historia de América

La "Declaración de Independencia", la "Constitución", los "Papeles Federalistas" y la "Carta de Derechos" son las obras cumbres de la Revolución Americana

Diario las Américas | EDUARDO MORA BASART
Por EDUARDO MORA BASART 20 de julio de 2022 - 11:57

Cuando el 28 de junio de 1776 Thomas Jefferson entregó al Segundo Congreso Continental la primera copia de la Declaración de Independencia, aprobada como “The unanimous declaration of the thirteen United States of America” (La Declaración unánime de los trece Estados Unidos de América), inscribía en la historia el certificado de nacimiento de EE. UU.

La Revolución Americana, como fue conocida, trascendió su condición de conflagración bélica para convertirse en un neurálgico debate ideológico. En ella, los Padres Fundadores nunca aspiraron al poder individual; creyeron en el desarrollo científico, tomando conciencia y frenando a tiempo los excesos del período de los Artículos de la Confederación, ripostados con una Asamblea Constituyente; preámbulo de inveterados debates, aún vigentes, que incluyen la soberanía estatal y unión nacional.

Como expondré más adelante, en modo alguno Jefferson intentó realizar un aporte histórico con la “Declaración de Independencia”; limitándose en su introducción a resumir un grupos de ideas que adujeron los propios ingleses, al deponer a Jacobo II en la Revolución Gloriosa, casi un siglo antes; resumidas en la tesis de un gobierno derivado del consentimiento de los gobernados.

En el período de abril a julio, se libró un importante debate ideológico para justificar la legalidad jurídica de las decisiones del Segundo Congreso Continental; alcanzando el paroxismo político con las resoluciones de Halifax del 12 de abril. A través de ellas, Carolina del Norte se convirtió en la primera colonia en autorizar a sus delegados, explícitamente, a votar por la independencia.

La “Declaración de Independencia” (1776), la “Constitución” (1787), los “Papeles Federalistas” (1788) y la “Carta de Derechos” (1791) son las obras cumbres de la Revolución Americana; allí inició una época y, con virtudes y defectos, su legado sostiene a un país como uno de los monumentos nacionales más importantes de la historia.

Los 13 estados nacientes supieron pasar del idealismo al realismo; pero en EE. UU no hubo guillotina, ni ahorcados o fusilamientos; sólo un perenne intento de construcción democrática.

A través de este artículo, pretendo diseccionar de modo somero aspectos que van desde las causas de la Revolución Americana, la “Declaración de Independencia”, y algunos hechos que matizan este grandioso momento histórico.

Insurrección no, revolución

Massachusetts, Old North Bridge de Concord, 19 de julio de 1775, 11.00 am. Jorge III, El rey Loco de Windsor, apelaba a los últimos estertores militares de Gran Bretaña, carcomida por la Guerra de los Siete Años (1757 – 1763), para no perder a una de sus dos joyas coloniales junto a la India: Nueva Inglaterra. Ni aún los protagonistas de la Revolución Americana poseían la dimensión histórica del proceso que iniciaba, definido por Ralph Waldo Emerson en El Himno de Concord (1837) como “el disparo que se escuchó en todo el mundo”.

Las razones de los colonos para sostener la convicción de separarse definitivamente de Inglaterra se agolparon; confluyendo altos impuestos para paliar la hecatombe económica de la metrópoli, que derivaron en la Ley del Azúcar o Ley de los Ingresos (1764), la Ley del Sello (1765) y las Leyes de Townshend (1767); afianzando la contrariedad en las Trece Colonias, al oponerse a su avance hacia las tierras conquistadas a los franceses (Canadá y la Luisiana).

Los sucesos del 5 de marzo de 1770 significaron un gran punto de giro histórico. Ese día un joven de 17 años, aprendiz de fabricante de pelucas, Edward Garrick, se acercó a un centinela británico en la Casa de Aduanas exigiendo el pago por un encargo. Los inoportunos disparos contra los allí reunidos desencadenaron la muerte de 5 personas.

El hecho fue bautizado por John Adams como el primer capítulo de la independencia y, al decir de Samuel Adams, primo de John, La Masacre de Boston. No podemos responsabilizar a Edward de la independencia de EE. UU, pero su regreso al lugar con varios pobladores que arrojaron palos y apedrearon a los militares aceleró su decursar.

La Masacre de Boston fue sucedida, el 16 de diciembre de 1773, por el Motín del Té. En él colonos disfrazados de indios lanzaron 46 toneladas de la infusión al agua desde los barcos Eleanor, Dartmouth y Beaver anclados en la bahía de Boston; estaban valoradas en 18.000 libras esterlinas. El historiador Benjamín Carp, en su obra “Defiance of the Patriots: The Boston Tea Party and the Making of America” (Desafío a los patriotas: la fiesta del té de Boston y la creación de EE. UU), asegura, que el suceso es la génesis de las acciones no violentas como método de lucha en la historia y de EE. UU como nación. Fue tal su impacto en las colonias, que el ejemplo fue imitado en Nueva York, Charleston y Georgetown; influyendo en el futuro tránsito del consumo de té a café en Norteamérica.

John Dickinson, en un postrero intento de reconciliación, redacta “The Olive Branch Petition” (Petición de la Rama de Olivo); un documento aprobado por el Segundo Congreso Continental y enviado en el mes de julio a Gran Bretaña; buscaba la paz, la armonía y pedía a Jorge III: “que su autoridad real e influencia puedan ser interpuestas gentilmente para obtener alivio de nuestros miedos y celos afligidos”; pero El Rey Loco de Windsor ni se tomó el trabajo de leer el documento; evidencia de que nunca aprendió la lección; torciéndose el curso de la historia desde un año 1774 en que Benjamín Franklin, asegurara, que ningún americano “ni sobrio ni borracho” quería la separación, a uno de los movimientos sociales más trascendentales de la contemporaneidad.

En carta de John Adams a Thomas Jefferson fechada en 1815 sintetiza la etapa: “¿Qué queremos decir con revolución? ¿La guerra? Esta no formaba parte de la revolución; fue solo una consecuencia, un efecto de ella. La revolución estaba en la mente del pueblo y se hizo efectiva en el transcurso de quince años, de 1760 a 1775, antes de que la primera gota de sangre se derramara en Lexington”.

La simbiosis entre los hechos y las infructuosas negociaciones con la monarquía británica llevaron a Patrick Henry, en la Convención de Virginia el 23 de marzo de 1775, a asegurar: “¡…Oh Dios omnipotente, ignoro el curso que otros han de tomar; pero en lo que a mi me respecta: ¡Dadme la libertad o dadme la muerte¡”, y a Thomas Jefferson a presentar ante el Congreso Continental el documento: “Declaración de las causas y necesidades de empuñar las armas”.

Fue fundamental la aprobación de un Ejército Continental por el Congreso el 14 de junio de 1775 y la entrada en el escenario bélico, un día después, del hombre que rechazó la corona para fundar una república: George Washington; como dijera un historiador "Nada menos que de sus éxitos o fracasos dependía la suerte de la independencia". Era la mente de Washington, al decir de Thomas Jefferson, “grande y poderosa... ”; y en todo momento sostuvo a su tropa sobre la base de la fortaleza, la confianza, una gran destreza, paciencia y la certidumbre del conocimiento de qué hacer ante las más álgidas situaciones en el campo de batalla.

Washington no era un gran estratega militar en guerras regulares, pero impuso un eficaz sistema de guerra de guerrillas, apelando a posiciones defensivas en todo momento; ripostaba ante cada derrota: “la derrota no es más que un motivo para esforzarse; la otra vez lo haremos mejor”. Fue invaluable su brillantez al organizar una tropa que, en los momentos de crisis suprema, pasó de 50.000 a 1000 soldados; integrada en su mayoría por blancos pobres, trabajadores itinerantes, inmigrantes alemanes e irlandeses, sirvientes contratados, nativos americanos, presidiarios y esclavos negros; movidos por un salario de 20 USD, la posibilidad de acceder a la tierra (40 acres), la concesión de la ciudadanía o el derecho a la libertad.

A inicios de 1776, el final de la guerra aparentaba ser cuestión de tiempo. Las batallas parecían libradas por la mano de Dios; entre ellas Bunker Hill, Fort Ticonderoga, seguido de un indetenible avance hacia Boston que hacía pensar en la huida de los ingleses de la ciudad; un ejército norteño capturó Montreal y estuvo cerca de tomar Quebec; las victorias en Great Bridge (Virginia) y Moore’s Creek Bridge (Carolina del Norte) sometieron a las fuerzas lealistas en el Sur.

La fe de los patriotas se acrecentaba, precipitando las acciones en el campo de batalla la historia de Norteamérica; el Segundo Congreso Continental no contaba con el futuro despertar de los leones ingleses en el verano de 1776; una escalada que no pudo revertirse hasta 1777, al impedir las milicias de los colonos la caída de Nueva Inglaterra en manos de Gran Bretaña, evitando la división de las 13 colonias en norte – sur y manteniendo el control sobre el valle de Hudson. Ello, unido a la grandeza diplomática de Benjamín Franklin, reconocido como uno de los más grandes sabios de su momento, pudo subvertir el jaque constante al curso de la independencia, expandiendo por Europa la voz de “Los Hijos de la Libertad”.

El año 1776 fue simbólico en la Revolución Americana. Inició en enero con la publicación en Filadelfia del magistral panfleto de Thomas Paine, “Common Sense” (Sentido Común), best seller político de la época. En él no usaba frases en latín, algo usual en la época, aduciendo como única autoridad la Biblia. Paine llegó dos años antes a América imbuido de las ideas igualitarias heredadas de su padre cuáquero; para él esta “era tierra de abundancia e igualdad, donde los méritos individuales y no el rango social ponían los límites de los logros humanos”.

En la obra explicaba que un hombre valía por “todos los rufianes coronados que hayan vivido”, tildaba al rey Jorge III como “la Real Bestia de la Gran Bretaña”, enfatizando en el absurdo de que se gobernara América desde una isla tan lejana.

La suerte está echada*

Filadelfia, 23 de mayo de 1776.El hombre de 33 años, la misma a la que Jesús de Nazaret cambió el curso de la historia, quisquilloso, de inteligencia a prueba del tiempo, asiente a las condiciones de Jacob Graff Jr., el joven albañil de 21 años que había construido su propia casa en la esquina donde confluyen la calle Séptima y Market Street.

El precio de 35 chelines semanales por el alquiler de dos habitaciones en las afueras de la ciudad era excelente. Devenía lujo vivir allí, en tiempos en que a Filadelfia sólo la superaban en bullicio Londres y Dublín.

Thomas Jefferson aún cargaba el luto por la muerte de su madre Jane Randolph Jefferson (31 de marzo); en septiembre del año anterior una hija murió en el momento del parto y su esposa Martha (Martha Wayles Skelton) estaba al acecho de los ingleses; aunque corroído por los avatares su figura de 1.89 metros sostenía al músico, escritor, arquitecto, arqueólogo, políglota y patriota como las raíces a un roble americano.

El 7 de junio Richard Henry Lee, siguiendo las instrucciones de la Convención de Virginia, había presentado una moción ante el Segundo Congreso Continental donde propuso declarar la independencia, condicionando la acción ejecutiva del Congreso: “Se resuelve: Que estas colonias unidas son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes, que están eximidas de toda lealtad a la corona británica, y que la conexión política entre ellas y el estado de Gran Bretaña es, y debe ser, totalmente disuelto”.

Cuatro días después, el 11 de junio, el propio Congreso nombra a Thomas Jefferson, junto a Benjamín Franklin, John Adams, Robert R. Livingston y Roger Sherman, para integrar el equipo de trabajo bautizado como Grupo de los 5. Ellos debían confeccionar una declaración de independencia que acompañara a la resolución de Henry Lee después de ser aprobada. El documento debía rezar como: “Declaración de los representantes de los Estados Unidos de América reunidos en Congreso General”.

El artífice de la elección de Jefferson, John Adams, confesó en sus memorias años después que sentía ciertos recelos en la designación del líder del Grupo de los 5; incluyendo su condición sureña (Virginia) y él norteño (Massachusetts); pero “tenía una gran opinión de la elegancia de su pluma y ninguna de la mía”.

Jefferson trabajó en la redacción del documento hasta extenuarse. Estaba entrenado para hacerlo 15 horas diarias desde los tiempos de juventud, y poseía una voluntad que refrendó su amigo de la universidad, John Page de Rosewell, al decir que “podía despegarse de sus amigos más queridos para volar a sus estudios”. Era su capacidad intelectual inaudita, ilustrada como nadie por John F. Kennedy cuando sentenció en 1962 durante una invitación a la Casa Blanca a 49 premios Nobel: “Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y saber humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca —con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo”.

La redacción de la “Declaración de Independencia”, como después comentaría a Henry Lee, no pretendía visos de originalidad, sino sintetizar las ideas de aquellos pensadores que consideraba paradigmáticos en la historia; rindiendo un solapado homenaje a su profesor William Small, quien le hizo descubrir a John Locke, Francis Bacon e Isaac Newton, definidos por Jefferson como “los tres mejores hombres que el mundo nunca haya creado”.

En la “Declaración de Independencia” aparece la impronta de Aristóteles de Estagira, el gigante del pensamiento antiguo, de quien reprodujo el estilo de redacción en su obra “Lógica y Retórica”, de John Locke, John Milton, Charles Louis de Secondat, el Barón de Montesquieu, etc.; siendo inobjetable la influencia de Platón en la “República” y de la “Política” del estagirita.

Nunca faltó en la mesa de trabajo de Jefferson la “Declaración de los Derechos de Virginia”, escrita por George Mason, y las “Resoluciones del Condado de Fairfax”, de Washington y Mason. La “Declaración de Derechos de Virginia” fue un documento firmado el 12 de junio de 1776; considerado como la primera Declaración de Derechos Humanos de la historia moderna; extrayendo de él fragmentos como “todos los hombres poseen derechos individuales” (Art. 1), “el concepto de soberanía nacional” (Art. 2) y el “derecho de abolir un gobierno” (Art.3).

Durante el trabajo Jefferson divide la futura “Declaración de Independencia” en tres partes fundamentales. Una introducción que define las razones de la ruptura con Gran Bretaña; un segundo segmento exponiendo los derechos fundamentales: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”; y un tercer acápite que defiende un nuevo gobierno que incluya “todos los actos que los estados independientes pueden por derecho efectuar”.

La visión del padre fundador lo condujo a apropiarse del término búsqueda; quizás como expresión de la importancia del sacrificio para la construcción del país; siendo, además, consecuente con dos ideas que priman en el proceso de formación colonial: el amor al trabajo y a Dios.

Es imposible entender la formación, evolución ideológica e identitaria de EE. UU ajenos a una perspectiva religiosa. El “the great awakening” (tres en total), según palabras de Paul Johnson en “A history of the American people” (Una historia del pueblo Americano), es “ el origen o inspiración que se difundirá por todas las colonias, creando un sentimiento de seguridad en los habitantes, los cuales poco a poco se iban convenciendo de que el poder elitista sí se podía derribar”; sin eludir lo expuesto con anterioridad, Jefferson defiende la necesidad de una ruptura estado – iglesia, una de las ideas de mayor brillantez política en la Revolución Americana.

El 28 de junio Thomas Jefferson entregó al Congreso Continental la primera copia de la “Declaración de Independencia”, matizada por someros cambios de John Adams y Benjamín Franklin.

Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo*

Filadelfia, 2 de julio de 1776. Las emulsiones de euforia por la aprobación de la moción de independencia presentada por Richard Henry Lee podían respirarse. Fueron jornadas trascendentes al votar a favor de ella en una sesión de consulta el 1 de julio con la oposición de Delaware, Pensilvania, Carolina del Sur, y la abstención de los delegados de Nueva York, pues se retardaron las instrucciones para definir su voto (esa colonia era la capital de los tories u oposición).

El voto oficial se realizó el 2 de julio. En él cambió el curso de la historia, al pronunciarse las Trece Colonias a favor de la independencia; sobresaliendo la hazaña de Caesar Rodney, delegado de Delaware, quien cabalgó durante toda la noche en un carruaje y a caballo 80 millas desafiando una tormenta, aquejado de un asma intensa y cáncer en la cara, a la postre le causó la muerte, para inclinar la votación de su colonia a favor de la independencia 2-1.

El gozo alcanzó dimensiones tales, que Johns Adams escribió un día después a su esposa Abigail Adams: “Pero el día ha pasado. El Segundo día de julio de 1776, será la época más memorable en la historia de América”. Adams se anticipó en su vaticinio sin imaginar que ese honor recaería en el 4 de julio.

Los acuerdos de esa jornada fueron concluyentes: presentar un documento de “Declaración de Independencia”, el llamamiento a formar alianzas con potencias extranjeras y un plan para crear un nuevo estado bajo la forma de una república confederal.

Filadelfia, 4 de julio de 1776. La temperatura no era alta. El detallado Diario Meteorológico de Jefferson señala que a las 6.00 a.m. el termómetro marcaba 68 grados Fahrenheit (20 grados Celsius), a las 9.00 a.m. de 72 grados (22 grados Celsius) y de 76 (24 grados Celsius) a la 1.00 p.m.

Los delegados fueron acompañados por la impertinencia de un enjambre de tábanos provenientes de una cuadra aledaña; pero Jefferson no lo percibió como un problema, obligando a intervenciones certeras y exentas de cualquier atisbo de divagación.

Él debió acatar a regañadientes las 86 enmiendas realizadas al documento; contrarias a las críticas del iluminista a la monarquía de Jorge III; al ataque a la trata de esclavos, culpando a las colonias de Carolina del Sur y Georgia de oponerse a su tesis, aunque la propuesta se eliminó para obtener un apoyo unánime de la “Declaración de Independencia” en el Congreso.

Es recurrente que siempre se aduzca la dotación de esclavos (600) que poseía Jefferson; pero hasta en esa dimensión su pensamiento fue avanzado; no soslayemos que a algunos les dio la oportunidad de aprender a leer y a escribir, poseían libertad religiosa, inclinándose por la práctica del cristianismo o las religiones de sus ancestros, recibiendo algunos hasta remuneración por realizar algunos trabajos.

Las críticas a los ingleses se centraron en el rey y sus ministros; trasponiendo la idea que aparece en el documento original de la “Declaración de Independencia” donde aseguró: los "derechos inherentes e inalienables" de que "todos los hombres están dotados" por "ciertos derechos inalienables".

Jefferson hizo, una tras otra, infructuosas copias con el objetivo de ganar adeptos a las ideas censuradas. Richard Henry Lee, quien originalmente había propuesto la resolución para la independencia, comentó que el manuscrito de Jefferson había sido "destrozado". Una frase que sonó desproporcionada, propia del mundo político, donde hasta el batir de las alas de una mariposa augura un cisma.

El texto escrito por Thomas Jefferson era síntesis de lo más avanzado del pensamiento universal; permeado de una profunda vocación iluminista e inspiró a James Madison al escribir la Constitución (1787) y la Carta de Derechos (The Bill of Rights) (1791); esta última de pleno espíritu jeffersoniano.

En la noche del 4 de julio, John Dunlap, impresor oficial del Congreso Continental, produjo 200 copias de la “Declaración de Independencia” conocidas como “volantes de Dunlap” (un volante es una hoja impresa por una sola cara); enviados al siguiente día a los periódicos y funcionarios de las colonias. Las copias no poseían la firma de los delegados del Congreso Continental, sólo incluían al pie las palabras: “Firmado por orden y en nombre del Congreso, John Hancock, presidente. Doy fe. Charles Thompson, secretario”.

La entrega del documento en la ciudad fue acompañado por el tañer de campanas, hileras de fogatas y llamados a las iglesias para dar gracias a Dios por tan importante momento. Llegando la euforia a niveles tales que, en Nueva York, fue fundida una estatua de Jorge III para hacer balas.

El 8 de julio de 1776 se leyó públicamente la “Declaración de Independencia” en Filadelfia. La Campana de la Libertad, llegada allí en 1753, repicó para convocar a los pobladores a congregarse. Era evidente el tránsito desde una insurrección armada a un proceso revolucionario, donde las ideas trascendían a las balas; la guerra alcanzó una dimensión internacional, no faltaban periódicos exaltando a las principales figuras de la Revolución Americana, como aquel inglés que se refirió a Washington en estos términos: “No hay rey de Europa que no parezca un paje a su lado”.

Los tories pasaron a ser traidores a la revolución, desbordando la ingeniosidad del autor de preceptos morales inscritos en el patrimonio universal como “El tiempo es oro”, “Al que se ayuda, Dios lo ayuda”, Benjamín Franklin, haciendo populares frases como “hang together” (estar unidos) o “We must all hang together, or assuredly we shall all hang separately” (Todos tenemos que permanecer unidos o ciertamente nos ahorcarán uno por uno).

Si merece la pena hacerse, es mejor hacerlo bien*

La “Declaración de Independencia” de EE. UU es uno de los documentos históricos más importantes de la contemporaneidad; un período que se inicia con él y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789).

El excepcionalismo americano permea la “Declaración de Independencia”. Una condición que plaga de grandeza a los documentos escritos desde la visión republicana que defendió John Adams. Durante la Guerra Civil, Abraham Lincoln, sintetiza la idea: “EE. UU es una nación concebida en la libertad, y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”, y, por tanto, la misión estadounidense es que el “gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo no perezca de la faz de la tierra”.

Si me pidieran resumir los principales aportes de Jefferson en la “Declaración de Independencia”, señalaría la defensa de las bases ciudadanas de la sociedad, la proyección más importante de la historia política moderna; y la capacidad del “sabio de Monticello” para trascender el derecho natural desde una perspectiva social y ubicarlo en una dimensión individual, reafirmando el deber de dotar a cada ciudadano de los medios para la búsqueda de la felicidad.

Jefferson, además, traduce con magistralidad la tesis de Locke sobre el derecho a la propiedad y posesión: condición natural vetada en el siglo XVIII; apropiándose de sus aportes a un modelo democrático donde debe primar la separación de poderes (poderes y contrapoderes, separación de poderes); una idea definida con magistralidad por el Barón de Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748).

Thomas Jefferson estaba convencido de que las pasiones humanas eran un obstáculo para el ejercicio del gobierno, pues mutan secuestrando los derechos de los ciudadanos convirtiéndolo en un aparato represor. Él confiaba en lograr el equilibrio desde una base educacional como preámbulo de la libertad de expresión, de prensa, religiosa y de comercio (idea adquirida del pensamiento iluminista).

Los aportes del pensamiento de Jefferson dejaron a un lado cualquier viso de futuro estado monárquico, encauzando a EE. UU por la vía de la democracia y el republicanismo.

De la firma a la primera celebración de la Declaración de Independencia

La Declaración de Independencia fue firmada por los 56 integrantes del Segundo Congreso Continental el 2 de agosto de 1776. Encabezaba las firmas su presidente John Hancock, haciéndolo de una manera extravagante para la época por su tamaño, imponiéndose como moda.

Thomas Jefferson, John Adams y Benjamín Franklin, aseguraron, que el documento fue rubricado el 4 de julio; pero uno de los más acérrimos estudiosos de la Revolución Americana, John Hazelton, dice que ese día muchos de los futuros firmantes estuvieron ausentes y hasta algunos lo rubricaron después del 2 de agosto.

No faltan teóricos que vaticinan la pérdida del documento original; siendo probable un acuerdo del Congreso el 19 de julio de solicitar otra copia a Jefferson. El documento original de la “Declaración de Independencia” no existe, responsabilizando algunos estudiosos a Jefferson de quedarse con él.

En la actualidad se conserva la “Declaración de Independencia” corregida por John Adams y Benjamín Franklin con notas adicionales de Thomas Jefferson, que está en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C y la copia firmada por todos los miembros del Congreso de Filadelfia guardada en los Archivos Nacionales.

De los “volantes de Dunlap” existen 25. De ellos 20 son propiedad de instituciones estadounidenses, dos están en poder de los británicos y tres de particulares. En 1981 una persona compró una pintura antigua en un mercado de Filadelfia por 4 dólares y contenía doblado en su interior un volante. Fue vendido en 1991 por 2 millones de dólares. Otra copia fue encontrada en los Archivos Nacionales del Reino Unido en 2009.

Uno de los principales misterios es desatado por las huellas de manos en la esquina inferior izquierda del documento; pero más allá del misticismo que puede acompañarlas pudieran obedecer a la manipulación de que fue objeto y al paso de un lugar a otro.

La primera celebración de un 4 de julio fue en la Casa Blanca en 1801 durante la presidencia de Thomas Jefferson (1801 – 1809). El “Día de la Independencia” se convirtió en feriado oficial en 1870, durante la presidencia de Ulysses S. Grant, y en feriado pagado por el gobierno federal en 1941, siendo presidente Franklin Delano Roosevelt.

El 4 de julio no sólo rinde homenaje al “Día de la Independencia”, sino a un documento monumental de la historia; al establecer el triunfo de la evasión propugnada por Martín Lutero, del derecho natural y de la duda cartesiana como único camino para el encuentro con la verdad.

Apropiándome de una idea de Thomas Jefferson: "En un universo gobernado por monarcas, autócratas, un triunfo de la democracia y el republicanismo en un país, sirvió como ejemplo para los hombres que luchaban por la libertad en cualquier lugar".

El 4 de julio de 1826, en medio de una gran celebración por el Día de la Independencia, coincidiendo con su medio siglo, mueren Thomas Jefferson (pluma de la independencia) y John Adams (voz de la independencia), artífices de la “Declaración de Independencia”; amigos, rivales políticos, ambos presidentes de EE. UU.

Instantes antes de morir, Adams aseguró: “Thomas Jefferson sobrevive”; sin conocer que el hombre que cambió el curso de la historia había muerto horas antes, siendo enterrado al siguiente día, miércoles a las 5:00 pm de un día lluvioso, en el cementerio de Monticello.

*Textos tomados de las cartas de Abigail Adams a su esposo John Adams

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