Por la cantidad de electores, Estados Unidos es la segunda democracia más poblada del mundo, solo superada por India.

El alma del país está compuesta por sus instituciones jurídicas, legislativas y ejecutivas o conjunto de reglas formales e informales, que sirven para organizar las relaciones sociales, políticas y económicas, y proporcionan confianza a sus ciudadanos que suelen ser permanentes, dando forma al comportamiento y fuerza al desarrollo.

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La experiencia histórica ha sido determinante en su formación y el sistema político bipartidista fue desde el comienzo, un elemento importante dentro del entramado democrático.

La primera agrupación política estadounidense oficializada fue el Partido Federalista (1797-1801), formado por Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de la nación.

Los federalistas favorecían un gobierno fuerte, que promoviera el crecimiento económico, mientras que el entonces Partido Demócrata-Republicano, dirigido por Thomas Jefferson y James Madison, surgió para oponerse a las políticas centralizadoras del Partido Federalista.

Aunque ambos partidos fueron sucedidos por otros, todavía persisten visiones políticas diferentes: los que desean un gobierno central activista y aquellos que quieren limitar el poder del gobierno central, ahora representados por el Partido Demócrata y el Partido Republicano respectivamente.

Las divisiones sobre ciertos asuntos, como el aborto, la pena capital, las relaciones entre personas del mismo sexo y la investigación con células madre, siguen líneas partidistas pero siempre tendiendo al centro, lo que facilita la conciliación entre amas fuerzas.

Desde hace algunos años, la evolución política ha devuelto el debate más áspero, más partidista, y por ende polarizado, para favorecer las demandas de la base política, en vez de buscar la vía del consenso nacional.

Por ahora, nada parece haber ido bien con las elecciones presidenciales de 2020. Han pasado dos semanas y aún quedan muchas incertidumbres.

Es cierto que el resultado estuvo muy reñido en ciertos estados, por eso los recuentos de votos y los múltiples desafíos legales lanzados por el presidente Donald Trump. Esta situación era de esperar en una elección tan disputada con una participación récord.

Bajo condiciones diferentes, un presidente en funciones actuaría como puente de la administración entrante, pero el tira y encoge entre el presidente Trump y el demócrata Joe Biden, a quien las proyecciones generales dan como ganador de los comicios, están poniendo a prueba la institucionalidad del país.

¿Cuál es la salida, cuando cada contendor reclama la validez de su verdad?

Políticos clave como los senadores republicanos Mitch McConnell y Lindsey Graham brinda un apoyo cauteloso al señalar que Trump está en su derecho de exigir claridad jurídica en torno a los resultados electorales.

Otros, en cambio, como el gobernador republicano de Ohio, Mike DeWine, han afirmado que "está claro, basado en lo que sabemos ahora, que Joe Biden es el presidente electo y esa transición, por el bien del país, es importante que comience", lo que ofrece apoyo a los procesos legales para dar paz a quienes dudan de la transparencia de los resultados.

El gobernador republicano de Arkansas, Asa Hutchinson, coincidió con DeWine. “El equipo de Biden debería tener acceso a información de seguridad nacional pero los procesos legales deben continuar,” por la tranquilidad y confianza en las instituciones.

Hasta el momento, no se han presentado pruebas de que se haya producido un fraude electoral en el país.

Mientras tanto, Biden sigue planificando su futura administración en un proceso que parece ser todo menos normal.

Todo esto es sintomático de una nación dividida. En el centro de la confusión se encuentra el Pentágono. Trump despidió al secretario de Defensa, Mark Esper e hizo varios nombramientos de última hora que recayeron en funcionarios leales al Presidente.

Al parecer el mandatario quiere retirar todas las tropas estadounidenses de Afganistán antes de enero. Se trata de una ambición que fue minimizada por Esper y otros altos funcionarios militares.

Si Trump tiene éxito en ese asunto, se interpondría a Biden, que desea mantener al menos 2.000 soldados en Afganistán mientras continúen las conversaciones de paz con los talibanes.

Esta situación incluso podría forzar la dimisión del general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto. El temor es que los talibanes se beneficien de las batallas políticas en Washington y un retiro de tropas prematuro beneficiaria a los insurgentes y perturbaría a los aliados que aún tienen tropas en Afganistán.

Las instituciones del país tendrán la última palabra.

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