Como vivo instalado en la paranoia de la corrección, cada vez tengo más miedo a decir abiertamente “gracias o muchas gracias” en los comercios, en los hoteles o en las cafeterías. Asumo el riesgo de que en cualquier momento el receptor de mi agradecimiento se revolverá preso de la ira y la conversación será un callejón sin salida.

—Que tenga buen día y muchas gracias.
—¿Gracias? ¿Está usted siendo condescendiente?
—En absoluto.
—¿Sexista?
—Que no.
—¿Homófobo?
—Que no, coño.
—Ajá, ¡Así que misógino!

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Pero mientras avanzamos lentamente hacia este letargo de la inteligencia, me recreo con cierto ánimo suicida en el asunto del agradecimiento. Y hoy especialmente.

Hará un par de noches presenté mi último libro en Madrid. Huelga decir que, lejos de ser el primero, es el noveno, con sus correspondientes presentaciones. La del pasado jueves, sin embargo, fue especial, por la cantidad de amigos que vinieron casi por sorpresa. A algunos hacía muchos años que no los veía. A otros, simplemente, no los esperaba.

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Itxu Díaz, durante la intervención del editor Kiko Méndez-Monasterio en la presentación del libro
Itxu Díaz, durante la intervención del editor Kiko Méndez-Monasterio en la presentación del libro "Nos vimos en los bares", el 4 de abril de 2019, en Madrid.

Hay ciertos momentos de soledad en los que parece que no queda nadie al otro lado. Es un espejismo. De pronto, qué se yo, presentas un libro, actúas en el Madison Square o sencillamente te mueres y alguien monta tu funeral con cierto estilo y sentido del humor, y aquello se llena de buena gente a la que casi ni recordabas.

Todo esto me llevó a pensar en el agradecimiento. Obviamente es una norma de educación. Pero voy más lejos de la pura cortesía. Hablo de un agradecimiento sincero y espontáneo. El que surge mientras hablas sobre un libro cualquiera, al tiempo que contemplas las miradas de complicidad de tantas personas que, en uno u otro momento de la vida, han estado ahí, ayudándote a sostener el rumbo de la embarcación en los días fríos del invierno de la buena suerte.

No hablo solo de los grandes amigos, de los mejores. Tal vez ellos están siempre, incluso cuando no están. Sino de esos otros que te han ido acompañando en el camino de forma intermitente, han tenido ocasión de mostrarte cariño, y los entresijos de la vida los han ido diluyendo en otras latitudes. En un acto furtivo, en una fiesta literaria más, asoman en bloque y te golpean la conciencia del agradecimiento.

Muchas de las caras que vi el jueves no han estado en otros momentos más dulces que el presente, no los he visto en los grandes éxitos de mi propia biografía literaria. Y sin embargo, el jueves, en la presentación de una historia del pop español que es ante todo emocional y muy personal, asomaron como las primeras flores de marzo: salteados, alegrándose sinceramente por mis cosas y con esa extraña sensación de que nunca han dejado de estar ahí.

En el acto de agradecimiento se va un trozo de lo que eres. Se lo das a la otra persona. En el acto de agradecimiento te vacías de ti y eso es gran cosa, porque a menudo somos casi nadie y solo un idiota se dedica a envasar la nada al vacío. Pero al tiempo, cuando agradeces también te llenas de la bondad que desprende lo que te rodea. Dar es la manera más inteligente de recibir. Tal vez la única.

Hay, en definitiva, mil formas de esbozar una sonrisa. Y tal vez la más bella de todas sea la silueta difusa de unos labios que acaban de dar las gracias directamente desde el corazón. Esa es la sonrisa agradecida con la que me despedí el jueves ante tan distinguida audiencia.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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