El video ha caído como un jarro de agua fría en el Pentágono. Dos hombres. Dos héroes de la revolución. Uno, Cabello. El otro, no sé. Qué más da. Son dos valerosos prohombres del régimen de Maduro exhibiendo al mundo su músculo militar, arrastrándose por la tierra, arrojándose al vacío al otro lado de elevadas trincheras, efectuando increíbles contorsiones en el campo de entrenamiento. Tras estas aterradoras imágenes, los militares norteamericanos están perdidos y lo saben. Cualquier enfrentamiento con los chavistas está llamado a naufragar, ante el peligro de encontrarse con estos dos hombretones, entrar en combate y fallecer asfixiados bajo una lorza dorsal de Cabello, o perecer de un ataque de risa viéndolos fracasar en su intento por encaramarse a un árbol con ayuda de una cuerda; una cuerda que, a juzgar por las imágenes, es bastante fascista, como se deduce de su empeño por impedir el ascenso imparable del espíritu de la Revolución hecho carne y -tal vez pueda intuirse- hueso.

El video, que incluye un estremecedor salto de pantera de Cabello sobre una hacina de paja, con el consiguiente desahucio y expulsión de cientos de pulgas a la estratosfera, resulta una colosal exhibición del verdadero poder del usurpador ante la amenaza exterior. Recuerda a ese otro momento cumbre del chavismo, cuando un minúsculo dron irrumpió en los cielos durante una homilía de Maduro, y en cuestión de segundos no quedó un solo fiel de la Revolución a su alrededor, demostrando que su guardia pretoriana es temida en el mundo entero por su habilidad para alcanzar velocidad de crucero en combate con la única ayuda de sus piernas. Temida y desconcertante, por cuanto nadie sabe si corren para defender a Maduro o para escaparse de él.

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Otro momento estelar del video militar de Cabello es la carrera entre neumáticos. Con los pies tersos como los de una bailarina, el revolucionario corretea por una doble hilera de ruedas pudiendo pisar solo en su agujero interior. Cabello hace el recorrido con gesto tan severo, con tanta emergencia en los ojos, que el telespectador llega a sospechar que alguien haya podido soltarle un toro bravo a sus espaldas. Pero no hay toro. Es solo el rugido del ardor revolucionario. Y tal vez, las ganas de seguir siendo millonario, que no obligan pero ayudan.

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Me cuentan mis adiestradores de focas de cabecera, que tal colección de brincos entre ruedas fortalece brutalmente las ya de por sí sólidas pantorrillas de cualquier militar chavista. Y esto hay que tomarlo en consideración. Porque ante la presencia de un vulgar marine norteamericano armado hasta los dientes, el valeroso Cabello podría ponerse a hacer la danza de los neumáticos, dejando atónito al enemigo ante su destreza para pisar con la puntita nada más, y provocando un brecha de distracción letal en las filas del enemigo.

Con todo, mi momento favorito de esta brutal amenaza de los próceres de Maduro a los Estados Unidos, es la durísima prueba del lodazal. Allí, el hombre cuyo nombre no recuerdo parece moverse con dificultad, arrastrándose cual lagarto y rozando con sus orejas la peligrosísima alambrada que les hace de bóveda. Va lento, con gesto contrariado, da la impresión de estar pensando que el mundo sería un lugar maravilloso si en lugar de hacer el ridículo allí uno pudiera estar echándose un roncito venezolano a la salud de los muertos de la familia Castro. En cambio Cabello, se mueve con alegría, decisión y cierta familiaridad en el ecosistema propio de los gorrinos, lo que no debe llevarnos a conclusiones precipitadas. Si bien se advierte también en ese punto del recorrido la presencia de curiosos grabando la estampa con su móvil, y mordiéndose los labios para evitar que suenen en alto las carcajadas. Les delata el bailecito en sus hombros callados, mientras filman a sus esforzados correligionarios haciendo el indio cherokee ante todo el planeta.

Muchas veces hemos dicho que el comunismo destruye la dignidad de las personas. Muchas pruebas hemos presentado. Y sin embargo, ninguna tan concluyente como el video de Diosdado Cabello con el que Maduro pretende disuadir posibles ataques militares. Dudo mucho que Estados Unidos se atreva a intervenir en Venezuela después de estas amenazantes imágenes que demuestran que, en efecto, están dispuestos a todo para mantenerse en el poder. Pero entretanto, mi sincera gratitud al régimen de Maduro por regalarnos este rato de solaz. Hay algo impagable, una maravillosa justicia poética, en esa imagen solemne del orondo Cabello arrastrándose por el lodo bajo la alambrada. Tal vez la porcina seguridad de que San Martín llegará este año con adelanto.

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