Hasta ahora los periódicos se defendían con sus armas: información y opinión. Hoy tres centenares de periódicos han publicado un editorial conjunto para decir que el poder se mete con ellos. ¿En Venezuela? No. En Estados Unidos. ¡En Estados Unidos! Moraleja de uso periodístico y deportivo: si exageras la caída, parece que te estás tirando. En el F. C. Barcelona saben de qué hablo.

De un tiempo a esta parte, hacen fortuna los grandes aspavientos de los medios de comunicación: las oleadas de sentimentalismo, la corrección política, los editoriales desde el púlpito del paganismo, y un tufillo puritano que llevaría a Hunter S. Thompson a volver a apretar el gatillo varias veces al día en Woody Creek, pero no necesariamente para disparar hacia dentro.

El periodismo que yo he conocido es una vocación solitaria. Ignoro si ahora pretende convertirse en una ONG y, además, me trae sin cuidado. Nada ha producido más estragos en las redacciones que el corporativismo ferviente de los últimos años. Un periodista no debería atarse las manos con nada y eso quiere decir que tampoco debería atárselas con otro periodista. El periodismo entendido como una inmensa cooperativa de la información y la opinión se llama propaganda, en el más intelectual de los casos, y hamburguesería, en el más escatológico.

He tenido la suerte de conocer a algunos de los periodistas españoles más importantes y también a algunas figuras de la prensa europea y americana. Muchos han firmado noticias exclusivas y han vertido opiniones que comprometían seriamente al poder. Será casualidad pero a ninguno lo he conocido en misa de doce o repartiendo caramelos entre los huérfanos en Navidad. Muchos, de hecho, resultaron ser realmente deleznables en lo personal e increíblemente volubles en sus principios cuando los ventilan en privado. Sufrí en mis carnes las traiciones y manipulaciones de aquellos que, a pesar de todo, habían sido mis maestros. Hice por perdonárselo y alguno, especialmente soberbio, no me ha perdonado todavía aquel perdón. Pero tengo mis propias normas y nunca renuncio a la Regla de los Seis Meses: el periodismo es un cosmos tan pequeño que lo más práctico es hacer borrón y cuenta nueva de afrentas y enemigos cada seis meses. Guardar rencor durante más tiempo es tan agotador como infructuoso. Los idiotas, tarde o temprano, siempre terminamos encontrándonos con la obligación de remar en la misma canoa.

Ciertamente –lamento engrosar el tópico- a muchos de estos genios sabuesos los he conocido bajo los efectos del alcohol, en algún tugurio extraño y mostrando un alejado desinterés por el futuro de la profesión. Habían logrado su prestigio personal, sus bombazos de primera plana, con mucho trabajo en solitario o en pareja, con talento, con afilado olfato periodístico, y con un gran golpe de suerte. Esto último lo negarán hasta la tumba. Yo también lo hago.

A menudo coreamos que la prensa es el contrapeso del poder, garantía de libertades. Es verdad. No obstante, hay quien interpreta erróneamente ese papel: el periodista puede equilibrar pero también desequilibrar, puede dar luz pero también sembrar tiniebla, puede defender la democracia pero también puede ser altavoz de un tirano. Malas noticias: no se es mejor persona por ser periodista. Al recordar sus éxitos periodísticos, jamás nadie me ha dicho “y así es como contribuí heroicamente a hacer un país más libre”. Y si lo hiciera, pensaría que ha bebido demasiado.

Tiemblo cuando algún recién licenciado me confiesa que su vocación periodística es contribuir a convertir el mundo en un lugar más justo. ¿Por qué entonces no han estudiado para jueces? Son los mismos que exigen mejores condiciones laborales y económicas. No es que me oponga a sus demandas, pero intuyo que no han entendido aún que el periodismo es un maravilloso oficio de mierda.

No recuerdo excepciones a esto: los grandes periodistas, los que más beneficios han aportado a la sociedad, han sido –virtudes al margen- solitarios, egoístas, cínicos, manirrotos, lunáticos, traidorzuelos, maníacos, ególatras y, en general, bastante hijos de puta. Y no sé cómo lo ven ustedes pero sospecho que nadie podría tomarse en serio un editorial conjunto firmado por una legión de hijos de puta con el noble objetivo de salvarnos de otro hijo de puta.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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