No es un secreto que el hecho de que Estados Unidos haya conseguido su primer título en un Clásico Mundial de Béisbol es un aspecto positivo para el futuro del evento. Tampoco debe pasarse por alto que Puerto Rico volvió a alcanzar la final, con sus miles de fanáticos apoyándolos desde Guadalajara a Los Ángeles, pero la verdad es que la Major League Baseball –organizadores del torneo—consiguieron el objetivo mucho antes de siquiera definir a los finalistas.

Hay dos objetivos por el cual se decidió organizar un torneo de este calibre. Primero, y el más inmediato, son las ganancias monetarias que se obtienen. Pero la meta principal es otra, una un poco más complicada o incluso utópica; la de globalizar el deporte a niveles alcanzados por el fútbol.

Algunos dirán que es tarde ya para hacerlo, pero probablemente muchos dijeron lo mismo cuando la FIFA decidió hacer lo mismo hace unos cuantos años atrás. Esa es la intención principal, que obviamente al conseguirlo ayudaría a incrementar el primer objetivo mencionado.

El foco no estuvo en la República Dominicana, ni en Venezuela, en los boricuas o en los estadounidenses; ya esas potencias están establecidas. Los verdaderos protagonistas de este Clásico fueron Colombia, Holanda, Israel e Italia, que consiguieron con sus actuaciones que varios organizadores sonrieran a lo lejos, al ver cómo poco a poco puede lograrse ese complicado objetivo.

Muchos aficionados de la pelota no han estado de acuerdo con varias de las libertades que este torneo ofrece. Como por ejemplo el hecho de que un jugador con doble nacionalidad pueda elegir a qué país representar, sin necesidad de comprometerse con ellos para próximas ediciones, o tal vez el hecho de comenzar a partir de la 11va entrada con hombres en primera y segunda.

Pero hay que entender que este evento al ser tan joven –sólo tres ediciones realizadas-- no pueden darse el lujo de aplicar ciertas restricciones y atentar contra el propósito principal. No es un secreto que el béisbol necesita reinventarse para poder atrapar a las generaciones jóvenes –en especial en Estados Unidos--, algo que puede llegar a concretarse con varias reglas nuevas que ha implementado el comisionado Rob Manfred, quien ha sido ampliamente criticado por los conservadores apegados a la esencia original de la pelota.

Estas nuevas reglas tienen como propósito atraer nuevo público a los parques, al añadirle ese dinamismo por el cual carece el deporte ante otras disciplinas, como el baloncesto o fútbol, y el cual ha estado buscando Manfred desde su llegada a la comisaría de las Mayores; al querer agilizar el juego desde el día uno.

Tal vez el proceso sea lento, pero no me cabe la menor duda de que, a pesar de contar con una mayoría de jugadores nacionalizados, algún lugar en las noticias de Israel, Colombia, Italia u Holanda salió el desempeño de sus selecciones en el Clásico Mundial; mismas actuaciones que probablemente hayan inspirado a unos pocos niños a decantarse por la práctica a la pelota, dejando atrás la cultura por otros de los deportes que predominan dentro de sus fronteras.

Si en definitiva eso ocurrió –aunque no exista una forma tangible para medirlo en exactitud--, el Clásico Mundial del 2017 puede llamarse un éxito total. Esos niños que ahora verán y jugarán béisbol tienen en un futuro más importancia que todos los récords de ventas que rompió el torneo, porque al final del cuento, la globalización es el punto angular para el futuro del béisbol.

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