Para entender lo que ocurrió en Venezuela, primero hay que mirar un mapa y después, paradójicamente, hay que olvidarse de él. Durante dos décadas, se nos vendió una historia fascinante, casi cinematográfica, sobre la nación caribeña. Se nos dijo que ese país tropical, ubicado en la parte superior de Sudamérica y flotando sobre un mar de petróleo, se había convertido en la cabeza de playa de una nueva resistencia global. Se nos aseguró que allí, bajo las palmeras y el calor húmedo, se había fraguado una alianza de acero entre el socialismo local y las grandes potencias emergentes del Este: China, Rusia, Irán y sus brazos armados como Hezbolá. Nos hicieron creer que estábamos ante el nacimiento de un mundo multipolar, donde el poder de Washington ya no era absoluto y donde un pequeño país podía, con amigos determinados, mirar a los ojos al imperio del norte y sobrevivir.
Pero la realidad, como suele suceder, tiene la mala costumbre de arruinar los buenos relatos románticos. Lo que vimos, con la extracción quirúrgica de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas estadounidenses, no fue una batalla épica de civilizaciones. Fue un trámite policial. Fue el equivalente geopolítico de dos cachetazos bien dados que terminaron con veinte años de retórica inflamada. Y lo que quedó desnudo tras esa operación no fue solo la debilidad del régimen venezolano, sino una verdad mucho más incómoda para los analistas de salón, y es que los supuestos "aliados" que iban a defender a Venezuela, es decir, esos gigantes que desafiaban a Occidente, resultaron ser enanos políticos, incapaces de proyectar poder real lejos de sus propias fronteras.
Para el lector que no está familiarizado con los actores de este drama, vale la pena detenerse un momento en quiénes son realmente. Empecemos por Hezbolá. En el imaginario popular y en las noticias de Medio Oriente, Hezbolá es una milicia chiita libanesa, disciplinada y temible. Pero este grupo que llegó a Venezuela nunca fue esa fuerza militar estratégica. Al cruzar el Atlántico, la Organización de Dios se transformó en algo mucho más prosaico y vulgar, una red de comerciantes de electrodomésticos, lavadores de dinero y falsificadores de pasaportes.
La amenaza terrorista que tanto preocupaba a los teóricos no era una base de misiles apuntando a Miami, sino un esquema de crimen organizado de baja estofa, gente aprovechando el desorden administrativo venezolano para mover efectivo y cocaína. Cuando llegó el momento de la verdad, cuando los estadounidenses pisaron Caracas, esos supuestos combatientes de élite se disolvieron en la nada, porque su interés allí nunca fue la revolución, sino el lucro marginal.
Lo mismo ocurrió con Irán. Teherán intentó vender su relación con Caracas como una alianza estratégica transatlántica. Enviaron barcos con gasolina, firmaron acuerdos y se tomaron fotos abrazados. Pero Irán, ahogado por sus propios problemas internos y sanciones, cometió el pecado de la sobre extensión, esa enfermedad que mata a las potencias aspirantes. Querer jugar al imperio en el patio trasero de Estados Unidos, a miles de kilómetros de distancia, sin una flota real y sin capacidad logística, fue un acto de amateurismo geopolítico. Irán ya ni siquiera controla su propio vecindario, habiendo perdido su influencia en un Irak que hoy se despega y pelea con Teherán; pensar que podía ser un escudo protector en el Caribe fue una alucinación.
Y aquí es donde entra el gran malentendido histórico que confundió a generaciones, y es el mito de Vietnam. Desde los años 1970, existe la idea romántica de que un país pequeño, si tiene la voluntad suficiente, puede derrotar militarmente a Estados Unidos. Es una lectura errada de la historia. Lo que Vietnam demostró no fue la debilidad militar estadounidense, sino la falta de voluntad política de Washington para usar todo su poder. Estados Unidos podía haber borrado a Vietnam del Norte del mapa; tenía el arsenal nuclear y la capacidad de fuego convencional para convertir Hanoi en un estacionamiento de cenizas. No lo hizo por una decisión política, por contención, no por incapacidad. Esa contención, ese miedo a usar la fuerza bruta, es lo que parece haberse evaporado en el escenario actual.
Rusia y China, por su parte, leyeron a Venezuela como una oportunidad de bajo costo para molestar a Estados Unidos, pero se encontraron con un pantano. Moscú, nostálgica de la Guerra Fría, pensó que había encontrado una nueva Cuba. Pero cometieron un error de cálculo fundamental. Porque las diferencias entre Venezuela y Cuba son abismales y van mucho más allá de la geografía. Cuba, antes de la revolución y a pesar de ella, es una isla con una identidad cultural granítica, una nación que dio al mundo al mejor ajedrecista de la historia, José Raúl Capablanca, y a plumas inmortales como José Martí. Hay un sustrato, una estructura social, una historia compartida.
Venezuela, en cambio, demostró ser un terreno resbaladizo para los rusos ya que es un país de fronteras porosas, dominado por bandas criminales anárquicas y con una disolución social profunda. No había allí una estructura firme sobre la cual construir una base soviética satelital, solo había corrupción y desidia. El "hombre nuevo" no apareció, sólo encontraron una sociedad donde la ética del trabajo y la cohesión brillaron por su ausencia, haciendo imposible cualquier proyecto de largo plazo.
China, siempre pragmática, se dio cuenta antes que nadie. Intentaron la diplomacia de la deuda, intentaron construir infraestructuras, pero al final entendieron que su poder, tan temido en Asia, se diluye al cruzar el Pacífico. China no pudo proteger sus inversiones ni a sus socios. Sus amenazas sobre Taiwán suenan ahora mucho más huecas cuando se ve su incapacidad para sostener a un aliado clave en América Latina. Lo único que Beijing sacó de Venezuela fue petróleo barato mientras pudo; en el momento en que Estados Unidos decidió actuar, China no tuvo ni la voz ni la fuerza para impedirlo.
La operación en Caracas fue un baño de realidad fría. Quedó claro que no vivimos en un mundo multipolar. Esa fue una ilusión óptica provocada por la pasividad temporal de Estados Unidos. El mundo sigue siendo fundamentalmente bipolar, pero de una manera muy particular porque en un polo está Estados Unidos, con su capacidad inigualable de proyectar fuerza, tecnología y logística en cualquier rincón del planeta; y en el otro polo están todos los demás, una colección de "enanitos", algunos un poco más altos como China, otros diminutos como Irán, que juegan a ser potencias hasta que el gigante decide moverse.
Lo que viene ahora es un reordenamiento brutal. Estados Unidos, habiendo redescubierto su capacidad de acción directa y sin culpas, parece dispuesto a "limpiar la casa". El mensaje enviado desde Caracas resuena en Moscú, en Teherán y en Beijing, la época de la tolerancia estratégica se terminó. Si Washington decide mañana que Groenlandia es estratégica o que una ruta comercial debe asegurarse, lo hará, y las protestas en la ONU serán irrelevantes. Venezuela es la prueba de concepto. Los supuestos imperios alternativos no eran más que tigres de papel, o peor aún, simples prestamistas y contrabandistas con pretensiones de Estado. A la hora de la verdad, no pudieron hacer más que mirar cómo se llevaban a su socio esposado hacia un avión con destino a Nueva York.
Las cosas como son
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