Busco a un tipo al que tal vez haya dejado sin descendencia. Ocurrió hace unas semanas. Fue en uno de esos vuelos de Madrid a Galicia a los que les he cogido afición de un tiempo a esta parte. Llegábamos al aeropuerto coruñés, allá por donde María Pita hizo picadillo de pirata inglés con los gorrones de Francis Drake. De eso hace unos 500 años pero todavía nos dura el enfado. La ciudad se veía bonita, como siempre, aunque zascandileaban ya sobre su península las nubes negras de los malos vientos y las tormentas. Llevaba un buen rato intentando hacerme con un café y al fin, una amable azafata tuvo a bien servírmelo.

El café, el mar bajo los pies, y unos veinte minutos para el aterrizaje. Todo en orden, mascullé. Maldito el momento. Humeaba el vasito de plástico, recién entregado, entre las manos, y andaba absorto pensando en cosas de escritores. No sé. Artículos pendientes, capítulos atascados, víctimas para una columna o cómo llegar a fin de mes. Lo típico. Acerqué entonces el morro a la infusión y sentí el latigazo del infierno en la punta de la lengua. No sabía aún que desde aquel momento tendría que pegar los sellos de las cartas con pegamento, y llevaría durante semanas la lengua en carne viva. Con la temperatura de aquel café con leche, calculé, se podría derretir Groenlandia en un par de minutos, y aún me sobraría medio vaso para tratar de emular el efecto depredador de los bostezos del Popocatépetl.

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Andaba inmerso en estas pesadillas cuando comenzamos la maniobra de aproximación al aeropuerto, atravesando esas negras nubes algodonadas que te dejan entre la incertidumbre y el estremecimiento. Y así, en el temblor creciente, comenzó a bailar el café dentro del vasito, de un modo tal que escapaba a mis manos contener sus sacudidas. Fue creciendo el turbulento instante y comencé a cambiar de mano el vaso una y otra vez, tratando de buscar el modo de evitar un derrame de impredecibles consecuencias.

Asumiendo que la vibración iba a más, y demostrando que mi estupidez puede ser infinita, intenté engullir el café de un solo sorbo, valiente incauto, provocando que las quemaduras de la lengua alcanzaran también la garganta y dejándome las amígdalas libres de bacterias por los próximos diez lustros, mediante la esterilizadora técnica medicinal de la incineración.

Como sea, no logré evitar que el café siguiera danzando al borde del vasito, fracasé en nuevos intentos de bebérmelo de un trago, y mis manos, con los brazos estirados hacia el cielo y el vasito sostenido con la punta de los dedos, se alzaban ahora hacia el infinito tratando de contrarrestar la vibración del aparato. Vanos esfuerzos que concluyeron con un primer derrame, a modo de aspersión celestial, regando con el brazo a mi vecino de asiento, que emitió un alarido que bien pudo escucharse con precisión en la Estación Espacial Internacional, y en el que, según la versión de los astronautas, salía a colación a mi madre.

Enrarecido el ambiente y persistente el temblequeo, proseguí en el cambio compulsivo de manos del café, como si al hacerlo a gran velocidad pudiera engañar a las leyes de la física -¿dónde está la bolita?-. Mi compañero de asiento, con el brazo chorreando, en vez de darme un cabezazo, me dio un kleenex, consciente de que el líquido también había manchado mi traje, y demostrando la solvencia de su candidatura al Nobel de la Paz. No tuve tiempo de cogerlo porque un nuevo y más intenso sismo volvió a desatar la locura en mi vasito de café que, esta vez sí, cayó a raudales sobre su estoica persona, regándole en el más delicado de los flancos, ante el estupor de los presentes. Le miré a la cara y supe que iba a asesinarme. Mala hora, pensé. Morir en un avión justo ahora que los entierros están por las nubes.

Después, todo ocurrió rápido. Yo logré pasarle el vaso a una azafata que contemplaba la escena aterrorizada; el chico, humeante, comenzó a removerse en el asiento mostrando cierta incomodidad con la temperatura alcanzada en las centrales extremidades, y el resto de los pasajeros comenzaron a entonar teorías sobre lo sencillo que habría sido manejar con éxito la situación si el café hirviente hubiera estado en sus malditas manos y no en las mías. Que ya saben ustedes que el pasaje de un avión se concentra el 99% de la inteligencia humana mundial y nunca pierden ocasión de demostrarlo inmediatamente después de un riego de café hirviendo a bordo. Así, en la confusión, aterrizamos, mi acompañante, el de los huevos fritos, se echó a reír –desconozco a qué corriente ascética pertenece- y se perdió entre la gente con su maleta, mientras yo, ojeroso y pálido, me hundía en las profundidades de mi asiento ajeno a la primavera que despertaba al otro lado de la ventana.

Consigno hoy estas letras para tratar de encontrar a ese héroe anónimo, presentarle mis disculpas, y agradecerle su paciencia convidándolo a un café.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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