En este tercer milenio de la era moderna vivimos bajo el látigo de una belleza que tiene hasta medidas exactas… Increíble, pero cierto.

Las muertes aumentan bajo un bisturí condicionado porque están perdidas en el llano, si no poseen el trío fantástico de busto-trasero-labios voluminosos encajados en cuerpos tan delgados que parece que no soportarán tales volúmenes.

Puede que parezca que se necesita urgente la atención de un doctor y hasta de una ambulancia para el bello o la bellísima, sexy y arrebatadora persona en cuestión por la delgadez extrema –en muchos casos– que indica a toda voz que llamen a urgencias.

Los varones pasan por regímenes de ejercicios, dietas, tratamientos hormonales nocivos y hasta cirugías para que el escarpelo corte donde sobra y aumente donde falta.

El abdomen debe estar dividido en seis, las pompis redondeadas, bien definidas y duras como mármol… y los pectorales, de Adonis.

Hasta hace unos años se vivía orgullosamente si nunca habías sido sometido a cirugía alguna. Era entonces un símbolo indiscutible de una salud de hierro.

Hoy se ostenta, como trofeos olímpicos, la cantidad de operaciones quirúrgicas. Mientras más visitas al quirófano tengas acumuladas, se supone que estás casi en la “perfección humana”.

Esta obsesión la inventaron otros como diseñadores de moda, certámenes, revistas, y una locura que no tiene fin.

Hasta la vida se da por unas prominentes bubis o pompis. Cuántas mujeres, principalmente, han quedado en el intento de lograr estos cánones de una belleza, según el criterio de quién.

Muchas son más bellas con lo que la naturaleza les dio. Pero no, hay que parecerse todas y todos. Hay que ser más que semejantes.

A la hora de describir a una de estas “chicas” sería algo como: una muchacha –con el mismo diseño corporal– y cuya edad no se puede delimitar entre los 30 y 60. Dentro de este rango, rubias, de gruesos labios, con DDD de talla de brasier después de hasta cuatro aumentos de senos, y unas prominentes nalgas al estilo de la Tongolele.

Entras a un gimnasio y esta descripción encaja en casi todas. Y para los chicos: musculosos, rasurados, con tatuajes, cejas arregladas y unas pompissss… casi todos parecidos.

Y se sigue está imposición como corderos al matadero. No hay rebelión. Se acepta, se paga y hasta te endeudas o mueres por parecerte a la especie inventada para hombres y mujeres con la que alguien famoso deliró y luego implantó.

Viendo el ejemplo de Oprah Winfrey, nadie más alejada de este látigo del ser de una manera inventada. Ella se impuso como llegó a este mundo, y es una triunfadora como pocos… y con lo que mayorías sueñan.

Winfrey respeta sobre todo a todo su ser. Nadie pudo bajarle la autoestima por no pertenecer a la comparsa con imágenes calcadas que pueblan cada vez más a esta parte del mundo.

Si continuamos aceptando poner en peligro hasta la vida y no defendemos el maravilloso ser humano que somos, las oficinas de documentos de identificación tendrían sólo dos fotos: una para las rubias y otra para los fuertes. Idénticas para cualquiera con aspecto femenino o masculino.

Respetemos nuestro yo, físico y psicológico. Esos que nos obligan a distorsionar quienes somos, casi nunca saben ni quiénes son.

Amarnos más y mandar al diablo a los tiranos de la perfección humana sería una solución fácil. Está en nuestras manos.

@idaysicapote

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