miércoles 18  de  marzo 2026
ANÁLISIS

Las mujeres de Irán

A quienes no han vivido de cerca una dictadura a veces les cuesta imaginar la ausencia de derechos y libertades

Por María Alejandra Aristeguieta

Durante décadas he asistido a víctimas de violaciones de derechos humanos, o a sus familiares, en foros internacionales. Sus testimonios son variados y, ciertamente, la forma de relatarlos a veces sorprende. Desde escuchar a una parlamentaria presentarse como una heroína frente a sus captores, hasta quien se burla de sí mismo y hace chistes mientras describe las condiciones en las que fue torturado; pasando por la madre que ha quedado entumecida por haber dejado a su hijo atrás para poder salvarse.

He estado allí como testigo, como acompañante, pero también como hija que un día pensó que no volvería a oír la voz de su padre. Nada describe realmente esa vivencia.

Sin embargo, siempre encuentro razones para volver a sorprenderme.

La más reciente fue cuando compartí el llanto de una joven mujer cuyo padre, un pastor evangélico encarcelado en una China totalitaria, no ha visto en más de siete años.

O cuando escuché de nuevo el testimonio de Masih Alinejad, quien, mientras rompía fotografías del ayatolá Jamenei y de sus colaboradores más cercanos, nos aseguraba que se siente culpable de vivir en libertad mientras en su país asesinan a sangre fría a miles de manifestantes ante el silencio de muchos políticos occidentales.

También cuando escuché a la joven atleta afgana-iraní Marzieh Hamidi. De ella aprendí sobre la fuerza interior de una deportista amenazada de muerte a la que quisieron obligar a recibir su medalla con el cabello cubierto y a entrenar con burka. Como había nacido en Irán, entendía perfectamente lo que los talibanes harían en su país natal: borrar a las mujeres arrebatándoles sus derechos.

A quienes no han vivido de cerca una dictadura a veces les cuesta imaginar la ausencia de derechos y libertades. Es como quien pierde un ojo y deja de ver el mundo en tres dimensiones. Pero quien decide ponerse gríngolas y relativizar un sistema de apartheid de género no solo se engaña a sí mismo: también contribuye a condenar a millones de mujeres a una vida sin ciudadanía.

Bajo la teocracia iraní, por ejemplo, una mujer es considerada legalmente “la mitad de un hombre” en cuanto a razón y derechos: su testimonio vale la mitad y no tiene igualdad de condiciones en el divorcio. Las mujeres requieren el consentimiento de un tutor varón —padre, esposo o hermano— para viajar o matricularse en la universidad y, para acceder a la educación, deben someterse incluso a estrictos códigos de vestimenta. Quien no use el hijab o lo critique puede ser expulsada de las aulas.

A partir de 2024 se inició una nueva etapa de control extremo sobre el cuerpo femenino en los espacios públicos. A través del llamado Plan Noor, el régimen intensificó la vigilancia y los castigos ejemplarizantes, que incluyen violencia física y humillación pública. Las mujeres son arrastradas por la calle y forzadas a subir a camiones policiales para ser posteriormente torturadas.

La tecnología también ha sofisticado la represión. El régimen utiliza reconocimiento facial y sistemas de vigilancia digital para identificar a las mujeres que no llevan velo. Incluso pueden detectar, mediante aplicaciones, los vehículos en los que viajan mujeres que infringen las leyes morales. Esto ha llevado a la confiscación de miles de automóviles. Además, como los agentes de la llamada “policía de la moral” son considerados funcionarios judiciales, pueden detener, interrogar o trasladar a las mujeres “infractoras” a centros de reeducación.

Las mujeres en Irán son criminalizadas desde la infancia. Desde los nueve años pueden ser acusadas y juzgadas penalmente, incluso por la vestimenta que utilizan para ir a la escuela. Los castigos previstos por el código penal incluyen hasta dos meses de prisión y setenta y cuatro latigazos por ser vistas sin velo en público.

Cuesta imaginar el horror cotidiano que vive la mitad de la población de un país. Pero aún hay más: la violación marital y el matrimonio infantil son considerados normales y están legalmente permitidos, por lo que nunca serán castigados penalmente. Las mujeres, en cambio, además de enfrentar persecución y castigos como prisión o latigazos, corren el riesgo de sanciones económicas: despidos, bloqueo de cuentas bancarias —ya de por sí tuteladas por los maridos— o deducciones salariales.

Vivo en una sociedad europea bastante tradicional y, con frecuencia, los noticieros cubren movilizaciones feministas en las calles, donde se reclaman reivindicaciones para las mujeres de este país cuyos salarios son inferiores a los de los hombres con igual posición y calificación. Desde jóvenes, la escala salarial masculina es aproximadamente 20% superior incluso en las pasantías de formación profesional. También se reclama que la violencia de género sea combatida con leyes más estrictas.

Todas son reivindicaciones legítimas y necesarias. Incluso diría que aún hay mucho espacio para avanzar hacia una igualdad plena.

Pero todo ello resulta casi accesorio ante la atrocidad que se comete a diario en Irán y ante la falta de solidaridad —de auténtica sororidad— de muchas mujeres europeas con sus iguales iraníes. Me resulta profundamente chocante. Hace apenas veinte años era una bandera del progresismo; hoy muchas han decidido ignorarlas.

Cuando ocurren cosas tan incomprensibles, solo queda pensar con cierto cinismo y asumir que los intereses están en otra parte: en los beneficios que se obtienen al mirar hacia otro lado.

Por suerte, las Naciones Unidas han concluido que el Estado iraní comete crímenes de persecución por motivos de género, tal como establece el artículo 7 del Estatuto de Roma. En Europa, el Parlamento Europeo ha pedido formalmente que la guardia revolucionaria iraní sea incluida en la lista de organizaciones terroristas de la Unión Europea, mientras que organizaciones de la sociedad civil como Amnistía Internacional exigen la disolución de la policía moral, la derogación de las leyes que imponen el velo obligatorio y el fin de la impunidad por las muertes bajo custodia.

Desde 2022, cuando Mahsa Jina Amini murió tras ser torturada bajo custodia, las mujeres de Irán no han cesado en su reivindicación de un derecho tan fundamental como el derecho a la vida y a ser consideradas ciudadanas. La joven se ha convertido en símbolo de la resistencia actual y el movimiento continúa vivo a través de actos de desobediencia, a pesar de los enormes riesgos.

Por todo ello, en estos momentos que podría definirse el destino de Irán no debemos olvidar que más allá de los titulares mediáticos sobre los precios del petróleo o el cierre del estrecho de Ormuz y la incursión militar de Estados Unidos e Israel, existe una realidad devastadora: que hoy las mujeres de Irán siguen luchando por el más básico de los derechos.

Mientras ellas luchan por su vida, el foco de la noticia es otro, y el silencio de quienes vivimos y gozamos de derechos y libertades también es una forma de abandono.

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