La década del 2000 marca el inicio de la temporada populista en América Latina. Hugo Chávez accede al poder a comienzos de 1999. Néstor Kichner y Lula da Silva en el 2003. Evo Morales en el 2006. Rafael Correa en el 2007. También, en el 2007, se produce el regreso al poder de Daniel Ortega. Tal como los analistas lo han explicado, el vendaval populista no solo incluyó a otros países, sino que también estimuló el surgimiento de organizaciones afines, así como el auge de numerosos demagogos: algunos alcanzaron la presidencia como el hondureño José Manuel Zelaya en el 2006, otros se beneficiaron con las cantidades ingentes de dinero que, principalmente desde Venezuela, fueron destinados a crear inestabilidad y caos en el resto de los países, así como para promover líderes y movimientos aliados.

Todo este auge, que tuvo su punto de ignición en el Foro de Sao Paulo (1990) resultó en la más potente y extendida epidemia de corrupción que haya conocido el continente, y creó un pervertido vínculo entre la política, la guerrilla y el narcotráfico. Está en la historia de los escándalos morales del siglo XXI, el discurso de Chávez de enero de 2008, en el que pidió que se reconociera la supuesta legitimidad de las narco-guerrillas de Colombia. Dijo Chávez: “Las FARC y el ELN no son ningunos cuerpos terroristas, son ejércitos, verdaderos ejércitos que ocupan espacio en Colombia (…) hay que darle reconocimiento a la Fuerza Armada Revolucionaria de Colombia y al Ejército de Liberación Nacional de Colombia”. Álvaro Uribe Vélez, entonces presidente de Colombia, respondió de forma tajante: a los delincuentes no se les puede conceder legitimidad ninguna.

Comentar, aunque sea de forma somera, la destrucción causada en cada uno de los países, requeriría varias entregas de estos artículos. Bastará con que recuerde aquí lo que ha sido reconocido por gobiernos, parlamentos, oenegés y academias en distintas partes del planeta: la corrupción impulsada por el populismo, especialmente en los casos de Venezuela, Brasil, Argentina y Nicaragua, no solo rebasa los antecedentes en los respectivos países, sino que establece marcas mundiales que difícilmente podrían ser igualadas.

Pero a las distintas vertientes del populismo (la egopatía monumentalista de Evo Morales; la nepopatía acumulativa de los Kichner; la megalomanía negociante de Lula; las sicopatías asesinas y violadoras de los derechos humanos, que son la marca de las dictaduras de Maduro y Ortega-), hay que añadir otra destrucción: la del rompimiento del diálogo y las formas de convivencia política, cuya inevitable consecuencia ha sido la de instalar la polarización en buena parte del continente.

En el núcleo de la estrategia de Hugo Chávez, incluso antes de acceder al poder en 1999, estaba la de establecer la lógica del amigo-enemigo, como el motor de su proyecto autoritario. Y, hay que reconocerlo, propugnar una sociedad de dos bandos, con la expectativa de que ellas fuesen irreconciliables, le funcionó en Venezuela. Y así, la fórmula de la polarización se fue extendiendo por toda una región que, entre los ochenta y los noventa, había dado pasos, no definitivos, pero sí significativos, para construir regímenes democráticos que pudiesen encaminar a los países hacia condiciones de creciente bienestar y progreso.

La anunciada debacle del populismo en América Latina no ha cerrado todos sus capítulos: los regímenes de Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Evo Morales, aunque exhaustos, siguen vivos. El Foro de Sao Paulo, seriamente debilitado, intenta oxigenarse: justo la pasada semana tuvo lugar en Buenos Aires el Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico, que tuvo entre sus protagonistas a Dilma Rousseff, Cristina Fernández de Kichner, Ernesto Samper, Juan Carlos Monedero, Piedad Córdova, Gustavo Petro, Baltasar Garzón, Ignacio Ramonet y a Marta Harnecker, entre muchos otros. Este foro podría ser la más importante congregación de corruptos, cómplices y de beneficiarios del financiamiento de la cleptocracia ladrona que gobierna a Venezuela, que se haya producido en los últimos cinco años.

Pero la polarización se mantiene y hasta es probable que se esté profundizando. El ambiente en que transcurrieron los procesos electorales en Brasil, donde resultó electo Jair Bolsonaro, luego de una campaña verdaderamente feroz, que llegó al extremo de usar la violencia en su contra y en contra de sus seguidores; o el maledicente debate promovido por los seguidores de Chávez, Maduro y Petro en Colombia, para impedir el triunfo de Iván Duque, son demostraciones de que las probabilidades de lograr consensos a favor de ciudadanos y sus familias, no se vislumbra en el corto plazo.

Quien se pregunte por los impactos de la polarización en la vida cotidiana de las personas, debería atender a las advertencias del Banco Interamericano de Desarrollo -BID- al respecto. “Resulta difícil acabar con el extremismo y la polarización política, puesto que se alimentan a sí mismas, nutridas por sentimientos de miedo, vulnerabilidad y pérdida de control”. A las problemáticas inmensas y estructurales de la pobreza y la violencia constante, se suma el mal de la polarización, cuyo resultado es cada vez más doloroso y evidente: la imposibilidad, para los países y sus dirigentes, de concretar acuerdos alrededor de proyectos que permitan a casi 650 millones de habitantes dar pasos firmes hacia una vida mejor.

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