El tema de Venezuela dejó de sernos propio en 1999. Se hace ajeno cuando un soldado felón opta por reescribir la memoria bolivariana y acaba con nuestro talante independiente.

Sufrimos invasiones europeas a comienzos del siglo XX, cuando nacen los parteros de nuestra república civil, miembros de las generaciones de 1928 y 1936. Argentina nos acompaña solidariamente. Forja su doctrina Drago mientras Estados Unidos nos defiende y salva nuestro decoro nacional. De nada nos sirve entonces el nominalismo discursivo: “la planta insolente del extranjero que horada el sagrado suelo de la patria”.

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No detentan el poder “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”. Es la réplica del que aspiran nuestros gendarmes locales y se hace hegemónico con El Cabito, bajo el ideario constitucional de Simón Bolívar. No aceptan estos el dibujo de una república de civiles como se plantea en 1811 y 1830. Los padres de la nacionalidad eran otros, estaban muertos salvo para la página amarillenta del Manual del Forastero, escrito por don Andrés Bello en 1810.

Los ideales civiles y de libertad cristalizan un siglo más tarde, como fatal intersticio, con la generación de Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera. Estos nacen a comienzos del siglo anterior y le tuercen la mano al “cesarismo democrático” de Laureano Vallenilla Lanz.

Sin ánimo pionero, pues como lo repito nada es nuevo bajo los techos de Venezuela, recién nos juntamos varios cronistas y actores de tiempos distintos que transcurren desde la forja de la república de partidos, que concluye treinta años más tarde, en 1989, hasta el presente. Obligados por la desmemoria y la incertidumbre que anega el ánimo de nuestros compatriotas suscribimos un manifiesto ante el mundo, con la verdad de Venezuela. Tiene destino cierto, a saber, quienes nos miran con lastimera prepotencia y desde la abulia diplomática.

¡Y es que la hora es oportuna! Nos encuentra a todos dentro de una pavorosa y amenazadora parálisis global y un mal que no discrimina entre vidas, el coronavirus. En nuestro caso, desde antes ya se han hecho escombros los valores de nuestra nacionalidad – sólo laten como expresión de un dolor colectivo que amalgama, a la vez que se disuelve entre las miserias – y nuestras instituciones son remedo y ejercicio de viudez.

De esa disolución y en procura de salidas que forje el optimismo de la voluntad dejamos registro, así, dos miembros de una generación parteada durante la tercera década del siglo XX. Ella padece la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y tiene como voceros a Enrique Aristeguieta Gramcko, de la Junta Patriótica de 1958, y a Diego Arria, representante de nuestras libertades históricas sobre los pasillos extranjeros.

Concurrimos otros tres venezolanos que al haber nacido entre los años de la Revolución de Octubre y el asesinato del general presidente Carlos Delgado Chalbaud, nos enteramos de nuestro mal decimonónico resurrecto por los comentarios de nuestros padres. Conocen las mazmorras de la “década militar” y sus torturas, que para nosotros son leyenda.

Carlos Ortega, artesano del sindicalismo, Humberto Calderón Berti, administrador de nuestra riqueza material hasta antes de que la expolie el siglo XXI, y quien esto escribe, breve conserje del Palacio de Miraflores, e integrantes de las generaciones de los ’60 apreciamos el proceso de modernización del país: el promedio de vida sube de 53 años hasta 74 años y la educación se cosecha en toda la extensión de nuestra geografía. Pero padecemos en carne propia la declinación de la experiencia democrática.

Advertimos las falencias. Recordamos la amnesia que hace presa del colectivo desde la hora en que la bonanza saudita banaliza los atentados y muertes que inundan de sangre nuestro suelo sagrado hasta el día anterior. Es la época en que los sicarios al mando de Fidel Castro derrotados con las armas, más tarde son invitados de honor en el ágape de los intelectuales que se nutren del “excremento del diablo”, las riquezas del petróleo.

De la agonía de la república civil son testigos, en las antípodas, Antonio Ledezma y Hugo Chávez Frías, nacidos a mediados de los años 1950. Ambos son actores de la generación de los años ’70. Enfrentados desde el primer día, uno brega en la trinchera civil y partidaria, mientras el otro, al amparo del fuero castrense, miembro de la primera generación de soldados universitarios pero acomplejado ante el desafío le da las espaldas a su Casa de los Sueños Azules. Le entrega nuestro tricolor a la abyección castro-marxista confrontada por esta 30 años antes.

Resta quien primera firma el manifiesto, María Corina Machado, hija de un tiempo de refriega, de persecuciones sin límites, de difícil hacer fundacional. Nacida a finales de los ’60 cuando amaga la lucha guerrillera, hace parte de la generación impactada por el “fin de las ideologías” y el derrumbe comunista. Trilla sobre la inédita Era de la Inteligencia Artificial y maneja sus códigos con experticia.

Desde distintas percepciones generacionales, formantes de una misma familia, la venezolana y atados por el luto que nos obliga a concordar estas para ayudar a nuestros compatriotas, decidimos elevar nuestras voces y afirmar que “solos no podemos”. Que al entender y ver que estos tiempos traen sus propias tormentas y cambian las miradas de todos sobre el puente de una pandemia compartida, juzgamos de inevitable alertar a nuestros interlocutores en el mundo. El “coronavirus” de la destrucción conocida por los venezolanos comienza a golpear sobre sus puertas y ¡solos no podemos!

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