Cada minuto de Nicolás Maduro en el poder significa un nuevo pacto, un lazo más estrecho del dictador con la actividad criminal. En Miraflores hay seres oscuros vinculados a las mafias que compran oro para financiar el terrorismo, potentados que acumulan masas de dinero destinadas a sostener las actividades delictivas más peligrosas en el mundo, con capos que mantienen en Venezuela su paraíso, que lejos de debilitarse, se afianzan en occidente sin que la región logre ejecutar medidas eficientes para defenderse.

Los venezolanos, agotados, aceptan un incremento de 50.000 millones por ciento del precio del combustible. Agobiados por la escasez, vencidos frente al maltrato, celebran la aparición del producto. Lo hacen sin entender cuál será el proceso que se deberá cumplir para abastecerse, presintiendo un sistema de discriminación en el que serán condenados a pagar 20 veces más por no tener el carnet de la patria. Suponen que vendrá, porque suele suceder en el régimen de Maduro, un proceso de especulación que aumentará el contrabando de gasolina y que los militares engordarán más aún sus cuerpos y sus arcas para seguir sosteniendo al dictador en el poder.

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Los venezolanos sienten que el cielo se sigue cayendo a pedazos sobre sus cabezas sin tener instrumentos para defenderse. Decepcionados, dan palos de ciegos, acaban con quien les lanza una mano, reproducen lo que más detestan convirtiéndose en réplica de la vergüenza, de la marca de odio, resentimiento, ignorancia, en la trampa de la perversidad que significa el chavismo. Es el dolor ante la certeza de vivir en el infierno que alguna vez fue un paraíso.

Uno de los hechos más dolorosos, significativo de lo que ha ocurrido en nuestro país, es la reciente quema de la biblioteca de la Universidad de Oriente en Cumaná. Miles de libros convertidos en cenizas ante el silencio complaciente de las autoridades regionales. Asusta el tufo de resignación.

Y no es que no se haya intentado expulsar al tirano. Nuestro país ha sacudido todos los escenarios posibles para tratar de sacar al dictador. Los formales en la política, como el diálogo, la negociación, la protesta pacífica, las elecciones… y los, digamos, caminos alternos, drones, acciones suicidas individuales, guarimbas, en fin. El liderazgo también ha rotado. El más reciente encabezado por Juan Guaidó ha sido reconocido por casi 60 países en el mundo. Pero la frustración, la desesperación y también los errores, han llevado al presidente encargado a ser objeto de ataques –algunos con el fin ulterior de despedazarlo– en lo que para muchos es un autoatentado en la lucha democrática.

En lo que queda de año se definirá lo que posiblemente culmine en una nueva estrategia opositora. Lo que escribo pretende estar muy lejos de ser una sentencia porque por fortuna uno se equivoca. Pero las señales indican que las rodillas se flexionarán ante Maduro para acudir a las elecciones parlamentarias. Se integrarán partidos que tendrán que volver a ser legalizados, que agradecerán volver a hacer campaña simulando estar en democracia y que tendrán que acatar los resultados que la dictadura decidirá otorgarle según su conveniencia. Ojalá a Juan Guaidó y a Leopoldo López no los entreguen a los leones.

De cumplirse este escenario, será un mundo paralelo al creciente deterioro de la vida del venezolano porque en nuestro país nada podrá funcionar, ninguna buena noticia es posible mientras Maduro esté en el poder. Solo las mafias crecen en Venezuela. La nueva privatización del combustible es violatoria de la Ley Orgánica de Reordenamiento del Mercado Interno de los Combustibles Líquidos. Pero a Maduro, ¿eso qué le importa?

Lo relevante para el dictador es garantizar más ingresos a sus aliados que a su vez lo soportan en el poder, como los iraníes, por ejemplo. También debe cumplir con sus socios que lo han ayudado a evadir las sanciones, triangulando despachos de combustible hacia el país. El premio gordo es otorgado a los empresarios Alex Saab y Willmer Ruperti.

El escenario de corrupción se complementa con el llamado esquema mixto para la venta de gasolina. Es el destinado a complacer a las mafias internas, a los jefes militares, a los grupos guerrilleros que hacen vida en el país, al soporte corrupto al que hay que aceitarle la mano para que siga permitiendo que transite la droga, que reprimirá cuando sea necesario, que multiplicará a los delatores para que nada ponga en riesgo al régimen. Serán los que traficarán con el combustible, asunto inevitable porque algo es seguro: la gasolina seguirá siendo un producto apetecible por escaso.

Los venezolanos, lo único que tienen asegurado es el sufrimiento.

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