martes 13  de  octubre 2026
OPINIÓN

Entre El Taita y El Libertador [II]

Conversando con la historia sobre la mesa del tiempo, cuando los muertos de carne y hueso todavía tienen algo que decirnos...

Diario las Américas | ORLANDO VIERA-BLANCO
Por ORLANDO VIERA-BLANCO

La noche había vuelto a poner a Caracas en esa penumbra donde la historia parece caminar sin pedir permiso.

Sobre la mesa había tres copas, algunos libros y un silencio antiguo. Frente a mí estaba José Antonio Páez, vestido de oscuro, con aquella mirada que debía haber visto demasiadas veces el horizonte de los Llanos como para sentirse cómodo dentro de una habitación.

A su lado, discretamente, seguía Simón Bolívar.

—General—le dije a Páez—Ud. tiene fama de haber sido muchas cosas: llanero, guerrero, caudillo, presidente, exiliado, músico aficionado, lector, amante incorregible, aficionado a la ópera y hasta hombre de letras. ¿Cuál de todos esos Páez es el verdadero? Páez soltó una carcajada.

—¡Todos, amigo mío! Lo que pasa es que ustedes los escritores quieren meter a un hombre en una sola caja. Y yo nunca fui bueno para permanecer encerrado.

Bolívar sonrió. —Ni encerrado, ni quieto.

—Eso sí es cierto, convino José Antonio.

—¡No me venga Ud. con sus sermones, Libertador!—respondió Páez— Ud. tampoco fue un santico. Los tres reímos.

Páez había nacido en Curpa [Estado Portuguesa-1790], en una familia humilde. Su educación formal fue escasa. Fueron los llanos, el trabajo, los caballos, el ganado y la necesidad los que terminaron formando al hombre.

—¿Cuándo ocurrió la transformación de joven llanero y rural a guerra e intelectual? Páez bajó la mirada.

—Después de la guerra. Uno puede pasar años creyendo que la fuerza está en el brazo y descubrir-con los años—que la fuerza verdadera está en la cabeza. A caballo viejo le dan sabana, decía un coplero de sus tiempos…

—¿Simón Díaz?— ¿Cómo y de dónde sabe Ud de él?.

—¿Ud. piensa que la historia está dotada sólo de guerreros o presidentes?. Bolívar intervino: —Siempre sostuve que la educación, el arte, la música, bailar y la buena composición, consolidarían la república. El resto es arar en el mar.

Páez lo miró de lado. [Había pasado de las llanuras de Apure a los grandes salones republicanos]. Y en ese tránsito ocurrió algo que suele perderse detrás del Centauro: el hombre que salió de los llanos terminó convirtiéndose en un apasionado de la cultura europea.

Barbarita Nieves tuvo mucho que ver con ello. Después de Carabobo, Páez se separó de su esposa, Dominga Ortiz y estableció una relación con Barbarita. Con ella llegaron la música, la pintura, el teatro, los libros y los idiomas.

—Entonces —le dije—¿es verdad que Barbarita lo convirtió en músico? Páez se acomodó en la silla.

—No exageremos. Yo no me convertí en Beethoven.

—Pero sí se aficionó al piano.

—¡Eso sí! Aunque le confieso que mi primera relación con el piano fue parecida a la de un caballo con una serenata: había entusiasmo, pero no necesariamente armonía. Bolívar soltó una carcajada.

—Yo habría pagado por escuchar aquello. Páez levantó la copa.

—Pero aprendí. Y aprendí francés también. Y empecé a leer. Descubrí que un hombre puede haber pasado media vida con una lanza en la mano y aun así terminar enamorado de un libro.

—¿Y Napoleón?

—¡Ah! Napoleón. Páez sonrió con cierto orgullo.

—Lo estudié con particular interés. Hice una biografía de él.

Me quedé mirándolo.

—¿El león de Payara escribiendo sobre Napoleón?

—¿Y por qué no? ¿Acaso un llanero no puede admirar a un corso?

—No digo eso. Digo que resulta curioso que Ud. que terminó estudiando a Napoleón, haya librado una guerra tan diferente.

Páez se inclinó hacia adelante. —Ahí está precisamente la diferencia, Orlando. Napoleón tenía grandes ejércitos. Nosotros teníamos los Llanos. Él podía mover columnas, divisiones, artillería y caballería de 100.000 hombres como piezas sobre un tablero. Nosotros éramos el tablero. [Bolívar permaneció en silencio].

—Napoleón podía aparecer con un ejército entero detrás de una colina. Un llanero aparecía de los caños como un caimán: salía del agua, mordía al enemigo y volvía a desaparecer.

—¿Esa era la verdadera ventaja?

—Era nuestra manera de combatir. Conocíamos el agua, el barro, los esteros, los pasos, las sabanas. Sabíamos cuándo avanzar y cuándo desaparecer. Hacíamos creer al enemigo que nos retirábamos cuando en realidad lo llevábamos hacia donde queríamos. Páez hizo una pausa. —Y cuando llegaba el momento, volvíamos caras.

—¿Como en Las Queseras del Medio?

—Como el Banco de Chire [mi primera gran Victoria 1815], Las Queseras, Yagual y Mata de la Miel. A veces arrancaba una tembladera [Paez sufría de epilepsia] que me alborota la ira, pero se resolvía con un baldazo de agua

—Pero también incendiaban las sabanas.

—En Las Mucuritas, le cuento, el fuego podía convertir el terreno en una trampa. Nosotros no peleábamos únicamente contra hombres. Peleábamos con el sol, el polvo, el agua, el hambre, el miedo y la llanura…Se levantó y caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Imagínese un ejército europeo entrando en una sabana que no conoce. Ud. lo deja avanzar. Lo observa. Lo cansa. Lo hace perseguir sombras. Y cuando cree que está cerca de Ud. ya no sabe dónde está.

—¿Y entonces?

—Entonces se enciende la pradera…Hizo un gesto con la mano y sus gruesos dedos; distintos a los de Bolivar—delgados y pequeños como de mujer—.

—Como quien caza tigres y va cerrando el monte. No los persigue: los encierra. Los obliga a concentrarse, les corta el espacio. Y cuando el enemigo cree que finalmente lo tiene cercado…[Páez golpeó la mesa]. —¡Uno vuelve! Bolívar sonrió.

—Eso ocurrió en más de una ocasión.

—¡Y Ud lo vio Libertador!

—Lo viví en Las Queseras y lo celebré en Carabobo, donde le ascendí a Comandante en Jefe de nuestras tropas.

—Por eso digo que nuestras victorias podían compararse, guardando las proporciones con las grandes victorias de Napoleón: Austerlitz, Marengo, Jena, Wagram. Pero el instrumento era otro.

—¿Cuál?

—La sorpresa. La velocidad. El engaño. El terreno. Y sobre todo, el hombre. Con esas mañas a Napoleón no lo vencen ni en Waterloo, amigo del futuro-sic-.

—¿Y Guasdualito mi General? ¿Qué recuerda de aquella campaña? Páez endureció el semblante.

—Guasdualito [1815] fue una de esas jornadas en las que el valor se mide no solamente por los enemigos que uno vence, sino por lo que está dispuesto a impedir que se haga después de la victoria.

—¿Se refiere a la orden de pasar por las armas a los prisioneros?¿Se refiere Ud. al Coronel Francisco Olmedilla y al oficial subordinado Fernando Figueredo.?

—Si. Yo era un joven oficial con apenas de 25 años. Después de aquella batalla ordenaron la guillotina a los prisioneros. Yo me opuse. La guerra ya era suficientemente cruel como para convertir la victoria en una licencia para matar indefensos…Bolívar lo miró con atención.

—La independencia nos obligó a tomar decisiones terribles, José Antonio…aclara Bolívar con voz tenue.

—Y precisamente por eso Libertador, había que saber dónde detenerse. Una cosa es combatir al enemigo armado y otra asesinar al vencido.

—¿Y Yagual?

—En El Yagual [1816] se templó una parte importante de mi mando. La sabana no era solamente nuestro hogar: era nuestra escuela militar.

—¿Y Las Queseras del Medio? Esa parece haber quedado grabada en la memoria de todos. [Páez sonrió].

—Fue una locura que salió bien. En 1819, frente a las fuerzas de Morillo, nos arriesgamos con un grupo reducido de jinetes. Fingimos retirarnos, atrajimos a la caballería enemiga y volvimos sobre ella, quedando Narciso Lopez—ese criollo de copete Vasco subordinado a Morillo—atrapado en el río. Fui ahí cuando grité «¡Vuelvan caras!».

—¿Vuelvan caras o vuelvan carajo?-sic-

Bolívar intervino:—Da igual Viera-Blanco. No incomode Ud. Lo importante es aquella acción contribuyó a consolidar la reputación militar de Páez. 150 lanceros contra más de 1500 realistas fundaron la prosa inspiradora de la nueva república unida. Gallardía de hombres que sabían montar, resistir, obedecer y arriesgar la vida, como Dioses espartanos, sin preguntar cuántas medallas recibirían después

—¿Y Mayurupí?

—Mayurupí cerca de Sabana de Parra fue otra página. Allí conocí el asalto pero también aprendí que la vida se va en un soplo. Dispuse de la vida de un pobre lugareño. Jamás me he visto librado de esa carga. Una cosa es matar en batalla, otra cuerpo a cuerpo, donde nadie merece morir.

—¿Y Santander?—pregunté, cambiando de tema. Páez soltó una sonrisa.—. ¿No tuvo él también dificultades para entenderlo a Ud?

—Santander nunca pudo entender al llanero. Desde que fue desconocido al mando del gobierno de Apure, por allá en 1816, su actitud me marcó. Aprendí que hay momentos en los que tenemos relevar el mando para volver por él. Es la diferencia entre ser soldado y el estadista. El soldado siempre avanza. El estadista-responsable de la república, cede.

—Qué piensa Ud. Libertador. Bolívar se inclinó hacia él.

—Yo no niego la importancia de ambos. Pero el orden escrito desde un despacho no siempre entiende la guerra que se libra en una sabana. Ahí comenzaron nuestras distancias pero también nuestros respetos.

—¿Se arrepiente Ud. Páez?—pregunté. Por primera vez aquella noche Páez perdió la sonrisa.

—¿Ahora me apellida sin protocolo?. —¿De qué me arrepiento Viera-Blanco?

—De haber permitido que su agravio personal pudiera confundirse con el destino de una República, de dejarse arrastrar por el movimiento separatista…Páez se quedó mirando a Bolívar y me respondió sujetando su cinta y su espada: —Yo llamé a Bolívar porque comprendí que no podía permitir que una disputa política terminara en una guerra entre venezolanos.

—Es verdad, asienta Bolívar. Y yo le respondí con un texto amenazante donde le sugería, que quienes han ido contra mí se han perdido, por lo que no debía ser el próximo.

—¿Por qué entonces no abrir un Consejo de guerra a Páez y sus rebeldes, como lo hizo con Piar?

—No compare Ud. las circunstancias ni los hombres en momentos muy desiguales señor de la noche, responde Bolivar señalándome con su diminuto pero firme dedo índice.

—Sin el fusilamiento de Piar no había obediencia y sin las hazañas de Páez no nace Venezuela. Punto final sentencia Bolívar.

—¿Algún rencor Libertador?

—No. La política tiene memoria y los hombres no deberían vivir prisioneros de ella.

—¿Y Sucre? Páez cambió el tono. —Sucre era otra cosa.

—¿Por qué?

—Porque tenía algo que escaseaba entre nosotros: era militar sin dejar de ser republicano. Podía ganar una batalla y sentarse después a escribir una constitución y redimir. Pocos hombres de armas tienen esa combinación. Como él, quizás Don Juan Crisóstomo Falcón. Con él me tocó firmar el Tratado de Paz de Coche. [1863/Triunfo de la Federación]. Fue capaz de comprender -a pesar de tener ellos la batalla ganada-que teníamos que evitar más desgracias al país. Hubo silencio.

—¿Y Mariño? Páez rió. —¡Mariño! Santiago [cuyo nombre viene de Jacobo] era un general formidable y un hombre de enorme voluntad. Pero Venezuela tenía demasiados generales que pensaban que la República debía seguir el mapa de sus propias ambiciones.

—¿Le tuvo miedo?

—A Mariño no se le tenía miedo. Se le vigilaba...Bolívar soltó una carcajada. —Eso es exactamente lo que yo habría dicho.

—¿Monagas?

Los Monagas fueron gente muy rancia e indómita. Me hace Ud. traer a mi memoria aquel intercambio de palabras entre José Tadeo, El Libertador y yo, cuando pregunté a Bolívar: —General, Ud. que ya nos conoce bien: ¿Puede decirme quién es la primera lanza de los Llanos?

—Monagas—respondió Bolívar.

—¿Y quién es la primera lanza de Venezuela?

—Monagas —repitió el Libertador. Páez, algo molesto, insistió:

—¡Caramba, mi general! ¿Y entonces yo qué soy? Bolívar respondió: —Ud. general Páez, es la primera lanza del mundo.

—¿Y Vargas?. Páez se puso serio.

—Vargas fue una prueba.

—¿De qué?

—De si Venezuela podía aceptar que un civil gobernara a los militares.

—Ud. había apoyado a Soublette.

—Sí. Yo prefería a Soublette [primo del Libertador]. Era militar, pero obediente a las leyes civiles. Sin embargo, Vargas ganó legítimamente. Y cuando lo derribaron [1831] yo entendí que mi obligación no era defender al candidato que yo había preferido, sino al presidente que la Constitución había elegido.

—¿Entonces Vargas le enseñó algo?

—Sí. Que un militar no puede perder una elección y querer recuperar el poder con las armas. Bolívar miró hacia el suelo. El silencio fue breve, pero profundo […]

Después de Carabobo, Páez ya no era simplemente el caudillo de Apure. Era uno de los hombres más poderosos de la nueva República. Pero había otra materia en la que Páez parecía haber tenido una especialización mucho más natura: su corazón.

*—General, hablemos de su vida sentimental. Páez rió.

—Mire, Orlando: yo tuve mi GTA

—¿GTA?

—Gran Trayectoria Amorosa. Bolívar casi se atragantó con la copa. —¡José Antonio!

—¿Qué? ¡Hay generales que coleccionaron batallas; yo tuve mis campañas! Pero Dominga y Barbarita fueron mis grandes mujeres. Las quise a rabiar.

—General, ¿Ud. cree que la República de Colombia debió sobrevivir? Páez miró a Bolívar. El Libertador permaneció en silencio.

—Yo creo que aquella República unida no debió terminar—dije—. Las tensiones con Santander, con Soublette, las diferencias debieron cesar. Páez levantó la mano.

—No eran tensiones. Hizo una pausa. —Eran distancias.

—¿Distancias? —Si. Distancias políticas. Distancias republicanas. Distancias entre Bogotá y Caracas. Ud. está mirando aquello desde el mapa. Yo lo viví desde el territorio.

—Cálmese que se le va a caer pesado el ron con chocolate negro, me atreví a sugerir.

Elevando su copa y tragando grueso, me espetó un sermón:

—Sepa Ud. que Bogotá tenía una idea de la República. Caracas otra. No se trataba solamente de Santander. Ni de Soublette. Ni de Bolívar. Había una distancia entre el centro y la periferia, entre la administración y la realidad…Bolívar asintió lentamente.

—¿Entonces La Cosiata fue inevitable? Páez negó con la cabeza.

—Nada en política es inevitable. Lo miré fijamente: —General, hay una pregunta que todavía divide a los venezolanos:—¿Traicionó Ud. a Bolívar? Páez guardó silencio. Bolívar levantó la mirada.

—Traición es una palabra muy fuerte. Cuide su vocabulario amigo nuestro salido de las tinieblas. Pero es una pregunta que merece una respuesta sin adornos—dijo el Centauro

—Yo me enfrenté a decisiones políticas de Bolívar, participé en La Cosiata y contribuí a la separación de Venezuela de Colombia. No voy a negar los hechos ni a pedir que se borren mis contradicciones. Pero una cosa es disentir, otra romper una unión política y otra muy distinta traicionar la causa por la que se ha combatido.

—¿Entonces usted no se considera un traidor?

Páez sostuvo mi mirada. —La historia hoy identifica con soltura y evidencia quiénes fueron los traidores y quiénes fuimos los más leales servidores del libertador, de la independencia y de la república: El tiempo Viera-Blanco—y le ruego lo haga saber a sus colegas escritores y nuestros paisanos en general—permite superar y sanar, las diferencias políticas, los errores y las ambiciones personales de la lealtad a la independencia. Que cada cual responda por sus actos. Yo respondo por los míos.

Bolívar intervino con voz serena:

—La historia no debe ser un tribunal de lealtades ciegas, José Antonio. Pero tampoco puede absolver a nadie sólo porque haya sido útil en una hora gloriosa.

—En eso estamos de acuerdo, Libertador. Los servicios prestados no borran los errores, pero los errores tampoco borran todos los servicios prestados…

—Entonces, la Guerra Federal, ¿no fue un error?, pregunto

—Sí. Volví en 1858 creyendo que podía ayudar a pacificar Venezuela. Terminé entrando otra vez en la política—exiliado—cuando debí quedarme en la tierra de Washington. A Julián Castro lo ponía muy nervioso la ovaciones que recibí a mi regreso. Si pudiese volver en el tiempo como Ud. habría preferido borrar esa etapa final de mi vida.

—Me arrepiento de haber entrado a una guerra civil a mi nuevo regreso en 1861. Y después mi dictadura [1861-1863]. Ahí está la diferencia entre fundar una República y aprender a vivir en ella. Una lección aprendida, tarde, pero aprendida.

—General, una ultima pregunta ¿Qué necesita Venezuela?

—¡Muchacho, yo ya he sido bastante sincero con Ud.! Pero sí desea mi opinión le contesto:

—Es hora que todos dejen de esperar al Taita a caballo para resolverles la vida, es momento que cesen los partidos y se consolide la unión. Bolívar sonrió.

—Wow José Antonio, me suena familiar, a alguien le oído eso decir[!]. Pues nada hora de irnos. Bajemos tranquilos al sepulcro

-sic-. Nos reímos los tres.

Bolívar y Páez me dieron un abrazo: -Cuide a la patria-me dijo Bolivar. -Volveremos lancero, sentenció Páez. Y desaparecieron lentamente…De pronto dormido en una butaca escucho una voz:

—Nano levántate que vamos tarde. Mi Gral. Miranda nos espera. Ya sabéis que denosta de la impuntualidad….¿Quién me habla? ¿Sigo soñando? Nuestra conversación con la historia, continuará…

Abogado. Ex Embajador en Canadá

@ovierablanco [email protected]

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