Celebran los cristianos una festividad singular: la exaltación de la Santa Cruz. No es necesario ser doctor -nota para el público español: sin ánimo de ofender- en Teología para comprender que la cruz a la que hoy vuelven sus ojos los fieles es el madero en el que Cristo fue crucificado. Ciertamente resulta poco alentador militar con alegría en una religión a cuyo líder lo han crucificado precisamente en el contexto de la predicación del amor y el perdón. Pero por suerte los cristianos creemos que al tercer día resucitó, lo que desde tiempo inmemorial nos ha dado una natural propensión a la alegría, la esperanza y, no se lo negaré, a la fiesta.

Si Cristo no hubiera resucitado, la decepción habría sido mayúscula y los cristianos, de haber sobrevivido a los diferentes escarnios y genocidios, estaríamos en una situación bastante incómoda. Y no celebraríamos la exaltación de la Santa Cruz porque, a fin de cuentas, aquello no nos traería muy buenos recuerdos.

Con la resurrección, la cruz se ha vuelto el gran símbolo y la figura en la que el mundo puede encontrar respuesta a la gran mayoría de las preguntas interesantes que puede hacerse sobre la vida. Nosotros, que tenemos a la cruz -léase el dolor, la injusticia, el odio, la maldad- como referente, contamos con una cierta ventaja al comprender el verdadero sentido del dolor. En las vidas ejemplares del pasado, nos asombramos al leer que los santos se abrazaban a la cruz con alegría y eso puede dar lugar a equívocos. Que el cristiano sepa que la cruz es su destino y su pasaporte hacia la felicidad eterna no convierte a los santos en una suerte de enajenados que disfrutan con el dolor. Pero en cambio, sí los predispone a comprender mejor la razón de que los hombres tengamos que convivir con tantos dolores.

En su magistral 'Una pena en observación', C. S. Lewis afronta el luto y el dolor por la pérdida de su esposa como una lucha entre lo que le sugiere en teoría su fe y lo horrible y dolorosa que puede resultar la vida a quien oculta en su corazón el mayor de los desconsuelos. Termina haciendo, sin quererlo, un tratado sobre el dolor y su sentido en el mundo, desde su propia experiencia. A fin de cuentas se dedicó a escribirlo, no para publicarlo, sino como un medio de superar su duelo.

Se equivoca quien cree que la cruz está mal repartida en el mundo. Que hay muchas cruces en los países pobres y las guerras y pocas o ninguno en nuestras relajadas democracias occidentales. Nadie sabe en realidad el tamaño del dolor que puede portar alguien en el alma, más aún en este tiempo tan sobreexpuesto en el que la apariencia de felicidad es norma social obligada en las redes y en las calles.

El ruido, el plástico de lo digital y las sonrisas de los bares logran a veces desviar la atención sobre el gran problema de la infelicidad. Vivimos tiempos de sufrimiento silente. De sonrisa oficial. Y sin embargo, resulta pavoroso y pernicioso ese esfuerzo por pintar un mundo de colores que no existe: de sonrisas sin lágrimas.

Es esta una fiesta consoladora para todos. Para los cristianos, el recordatorio de que esto es tan solo un valle de lágrimas, y para todos los demás, un poco de aliento: el de saber que nadie está solo en su sufrimiento en el mundo. Millones de personas lo comparten. Incluso quienes menos lo aparentan. No en vano, uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es que se llora demasiado en los baños, a escondidas, y se llora poco en el hombro de un amigo.

El consuelo, eso sí, es para los de la fe: porque la cruz que exaltamos no fue el final. Aquel drama acabó con una gran juerga. Y los dramas de hoy, también terminarán un día entre copas de champán y música de baile. Exaltamos la cruz de la redención y de la salvación. Nos revolvemos contra el dolor, de otro modo no seríamos humanos, pero al tiempo, exaltamos una cruz que es esperanza.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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